Imagen de la proyección del ciclo "La memoria filmada" - Filmoteca Regional de MurciaMurcia volverá a echarse a la calle este martes para celebrar el 175 aniversario del Bando de la Huerta, una fiesta que no solo ocupa el centro de las Fiestas de Primavera, sino también un lugar muy concreto en la memoria de la ciudad. Antes de ser el gran desfile que hoy reúne a miles de personas entre carrozas, peñas, música y trajes tradicionales, el Bando fue una mezcla de sátira, costumbrismo y celebración popular que nació en el siglo XIX y acabó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de Murcia.
El Bando surgió más como un entretenimiento promovido por sectores acomodados que como una celebración popular en el sentido actual, y lo hizo a menudo a costa de caricaturizar el habla, los gestos y las costumbres de la gente humilde de la huerta. Su origen se sitúa en 1851, cuando un grupo de amigos que se reunía en una botica de la calle Vidrieros, en el barrio de San Antolín, decidió dar nueva vida al carnaval murciano organizando dos festejos que acabarían marcando la historia festiva de la ciudad: el Entierro de la Sardina y el propio Bando. Entre ellos estaban Miguel Rubio Arróniz, Miguel Ortega, Juan Antonio Soriano Hernández y Joaquín López.
Aquel primer Bando no se parecía todavía del todo al que hoy llena de color el centro de Murcia. En sus primeros años salía en la mañana de carnaval desde la antigua plaza de toros, sobre una carreta de vacas adornada con follaje verde, desde la que se leían textos en habla huertana con humory picardía. El expediente regional abierto para declarar Bien de Interés Cultural el Bando panocho recuerda que aquellas lecturas “describían y reflejaban fielmente las costumbres huertanas” y que en ellas ya latía una mezcla de crítica social, retrato popular y celebración del mundo de la huerta.
El primer arranque conocido de uno de aquellos bandos ha llegado hasta hoy con toda su fuerza oral: “Ollan tuiscas las presonas…”. Ahí aparece ya una Murcia que se pone en escena a sí misma, que convierte su habla en literatura festiva y que empieza a levantar, entre la burla y el orgullo, una identidad propia. Con el tiempo, aquella caricatura inicial del huertano fue dejando paso a otra mirada más consciente, más afectiva y también más patrimonial.
La fiesta tuvo interrupciones, transformaciones y regresos. Tras la riada de Santa Teresa de 1879 dejó de celebrarse durante dos décadas, hasta su recuperación en 1900, ya dentro de una nueva etapa que buscaba resaltar las costumbres de la huerta y limar las exageraciones más burlescas de los primeros tiempos. Años después, en 1927, ya se defendía que el Bando debía incorporarse de forma permanente a las Fiestas de Primavera para que las generaciones futuras pudieran conocer el habla, la indumentaria y las costumbres huertanas. Ahí está, probablemente, una de las claves de su supervivencia: el Bando dejó de ser solo una ocurrencia festiva para convertirse en una forma de conservación cultural.
Desde esa recuperación de 1900 y hasta el estallido de la Guerra Civil, el Bando dejó de ser una rareza para ganar prestigio y convertirse en una cita capaz de atraer a gentes de Cieza, Lorca o Cartagena. En esos años se desvinculó del Entierro de la Sardina y encontró algunas de sus voces más reconocibles en Díaz Cassou y en José Frutos Baeza, Pepiquio, que defendió el habla de la huerta como algo “dulce como el panal de la miel”. No era una frase cualquiera. Resumía un cambio, y es que la huerta empezaba a dejar de ser caricatura para convertirse también en memoria, literatura popular y orgullo. La confitería de Sanz fue entonces uno de los centros de preparación del festejo, mientras la plaza de San Agustín seguía marcando el arranque de un desfile que otras localidades comenzaron pronto a imitar.
La Guerra Civil volvió a romper ese hilo. El Bando se interrumpió en 1937 y 1938, reapareció en 1939 con salida desde el jardín de Santa Isabel y no recuperó continuidad hasta 1942, cuando José Alegría impulsó una nueva etapa empeñada en apartar los excesos más chabacanos y devolver al desfile una imagen más limpia de la huerta. De aquel esfuerzo salieron también símbolos duraderos: en 1944 desfiló por primera vez la Reina de la Huerta con carroza propia, Carmen Nicolás, de Javalí Viejo. Y ya en el giro que comienza en 1967, con Francisco Galera del Cerro entre sus impulsores, el Bando encontró una estructura más sólida, la revista Bando y, poco después, la Federación de Peñas, decisivas para que la tradición no dependiera solo del entusiasmo de unos pocos, sino de una ciudad entera empeñada en sostenerla.
Ese poso histórico explica que el aniversario de este año no sea una cifra decorativa. Murcia celebraese 2026 una fiesta que ha sabido pasar de la sátira popular al símbolo colectivo sin perder del todo su raíz. El programa arrancará a las 10.00 horas con la misa huertana ante la Virgen de la Fuensanta en la plaza del Cardenal Belluga y continuará por la tarde, desde las 17.00 horas, con el desfile del 175 aniversario, que reunirá a más de 80 carrozas y recorrerá el centro de la ciudad desde González Conde hasta Plaza Circular.
La edición de este año incorporará además varias novedades, entre ellas una carroza histórica municipal de estilo clásico tirada por caballos, la presencia de los MurciInsectos en plataforma autoportante y la participación por primera vez del Museo de la Huerta de Alcantarilla. También desfilarán razas autóctonas de la Región y grupos folclóricos en una puesta en escena que refuerza la dimensión patrimonial de una fiesta que, 175 años después, sigue haciendo algo poco frecuente: convertir la tradición en algo vivo.
Con el paso del tiempo, el Bando dejó de ser solo una representación festiva para convertirse en una de las expresiones más reconocibles de la identidad murciana. Más allá del traje, la música o el desfile, la jornada mantiene vivo el vínculo entre la ciudad y la huerta, entre la memoria popular y una forma de entender Murcia que todavía hoy sigue muy presente.











