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Opinión |
Alejandro Izquierdo Monterde
Lunes, 20 de Abril de 2026
Alejandro Izquierdo Monterde

La mesa de los grandes

Fuertemente dependiente. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ese ha sido el rol que ha ocupado la vieja Europa con respecto a EE.UU: el Plan Marshall, material militar y tecnológico, el dólar, internet, patentes, acuerdos financieros, aranceles… Un mundo suyo, que, por razones históricas y culturales nos tocó abrazar. Hoy ese abrazo se empieza a sentir pesado, y con ciertas palmaditas en la espalda.


Desde el inicio de la segunda administración Trump, estamos viendo a un Estados Unidos diferente al de las últimas décadas. Un país líder y con ambición de cambios para el dominio de lo internacional, pero no es eso lo que llama la atención. Lo que verdaderamente nos está sorprendiendo de Washington es cómo está llevando a cabo todos estos “actos de liderazgo”.


Desde aquel 2 de septiembre de 1945 la mentalidad norteamericana se ha acostumbrado a que Europa sea su sombra y no se queje demasiado de las ideas atrevidas que se tuviesen desde el Pentágono. Sin embargo esta forma de pensar está cambiando, no todo vale. ¿Qué hay detrás de ello?


La respuesta a esta pregunta es solo una: la Trampa de Tucídides. Cuando las circunstancias del tiempo determinan que a un país le toca ser el hegemón del mundo y dominar durante muchos años, siempre hay un momento en el que otro país más pequeño que él comienza a desafiar el orden que ese hegemón ha establecido durante el tiempo de dominio. Pasó ya con Atenas y Esparta, no es nuevo. El abusón de clase tiene miedo de que esta vez ese otro compañero pueda quitarle el bocadillo a él.


En nuestro caso, ser amigo del abusón nos ha traído paz y seguridad durante bastantes años y hemos comido en numerosas ocasiones de los almuerzos que quitaba, pero indudablemente, robar no está bien. No obstante, la mente del europeo promedio se ha ido escorando durante los últimos años en una dirección más europeísta y menos atlántica. Las guerras, las crisis, las capturas, las subidas y bajadas de precios; todo esto ha ido forjando esta mentalidad. Queremos paz, pero es cierto que agachar la cabeza es el precio que tenemos que pagar si queremos seguir estando bajo el paraguas americano.


Es por ello, que a pocos sorprende las cercanías de la Unión Europea en los últimos cinco años con China. Si analizamos solo a los líderes españoles, estos han realizado al menos 4 visitas a Pekín en el último año. Otros líderes Europeos como Macron, Von der Layen, Merz, Starmer… también fueron allí en el último año ¿Por qué?

 

En este juego, los europeos no quieren decidir rotundamente con quien ir, es inteligente. Es mejor tener la capacidad de poder elegir de qué mano comer según el momento. Con ello, nuestro viejo guardián se enfada, y con razón. Sin embargo, ¿ese enfado es justificado?


¿Acaso no somos libres de decidir con quién nos queremos sentar a la mesa? Da que pensar.


Al ver estas noticias sobre nuestra simpatía con China, hay una parte de nuestro pensamiento occidental que se siente traidora; una especie de sugestión que, a mi parecer, nos han hecho aprender. Es innegable que la tranquilidad de la que hemos disfrutado en los últimos casi cien años ha sido espléndida. Pero los otros quinientos años anteriores Europa fue líder, revolucionaría y siempre con ansia de cambio y brillantez.


Quedar relegados a un segundo plano de decisión puede que sea una mera circunstancia temporal de la caprichosa historia de nuestro mundo, pero desde luego siempre hemos de saber que esa nunca fue nuestra actitud. Nosotros elegíamos quien se sentaba a nuestra mesa.

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