El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c), el presidente de Brasil, Luiz Inázio Lula da Silva (i), y el jefe de Estado de Colombia, Gustavo Petro (d), al inicio de la IV Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada este sábado en Pedro Sánchez ha aprovechado la apertura de la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada este sábado en Barcelona, para lanzar un mensaje de movilización política a los líderes progresistas reunidos en la capital catalana. El presidente del Gobierno pidió no resignarse ante el deterioro democrático y reclamó pasar de la mera resistencia a una acción coordinada capaz de responder al avance del autoritarismo, a la erosión del derecho internacional y a la creciente normalización del uso de la fuerza en la escena global.
El encuentro, que se celebra en la Fira de Barcelona, reúne a varios de los principales referentes del espacio progresista internacional. Entre los asistentes figuran el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; la presidenta de México, Claudia Sheinbaum; el presidente de Colombia, Gustavo Petro; el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa; y el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, entre otros dirigentes. La cita forma parte de una secuencia política más amplia impulsada por Sánchez y Lula, que ya venían trabajando en esta plataforma desde foros anteriores.
En su intervención, Sánchez sostuvo que el principal peligro para las democracias no está solo en los ataques externos, sino en el riesgo de que se vacíen por dentro. Así, defendió que la respuesta no puede limitarse a una actitud defensiva, sino que debe traducirse en propuestas, liderazgo y capacidad de ofrecer resultados.
El presidente español articuló ese planteamiento en torno a tres grandes prioridades. La primera, la defensa del multilateralismo, aunque con reformas profundas. En ese punto volvió a insistir en su idea de que la ONU debería adaptarse mejor al siglo XXI y defendió de nuevo que una mujer releve a António Guterres al frente de la organización. La segunda, una gobernanza digital más exigente frente a la desinformación, el odio y los incentivos algorítmicos que premian los mensajes violentos. Y la tercera, el combate contra la desigualdad, que Sánchez situó como una amenaza directa a la legitimidad democrática cuando el progreso no llega a amplias capas de la población.
La cumbre de Barcelona se inserta además en un contexto político internacional muy marcado por la inquietud ante el avance de la ultraderecha, la presión de los populismos autoritarios y las tensiones geopolíticas abiertas en varios frentes.
Sánchez quiso convertir la cita en un punto de inflexión político. Reclamó “pasar del compromiso a la acción concertada”, reforzar la alianza entre gobiernos y actores progresistas y volver a ofrecer esperanza a sociedades que observan con desconfianza la capacidad de las instituciones para protegerlas. En ese marco encajó también una de las frases más reconocibles de su discurso: la idea de dejar de mirar “desde la ventana” para bajar “a la calle” y actuar.
La reunión de Barcelona aspira así a consolidarse como algo más que una foto de familia. El objetivo es ir dando forma a una red estable de cooperación entre gobiernos progresistas en torno a la defensa de la democracia, la justicia social y el refuerzo del sistema multilateral. Quedará por ver cuánto recorrido práctico tiene esa ambición, pero Sánchez quiso que la apertura sonara a una llamada a organizarse, coordinarse y disputar políticamente el terreno a quienes han hecho del miedo, la fuerza y el deterioro institucional una estrategia de poder.






