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Opinión |
María Jamardo
Sábado, 25 de Abril de 2026
María Jamardo

Sánchez no vale, ni nos vale

Echando diez años la vista atrás, la sede federal del PSOE en la calle Ferraz se convirtió en un estercolero. Más de doce horas de gritos, lágrimas, insultos y urnas escondidas en cuartuchos traseros que se convirtieron en el fin del principio de un Pedro Sánchez que anunciaba su dimisión, como secretario general, pero juraba volver para vengarse. 

 

Varios de los barones –Susana Díaz como portavoz, Javier Lambán al frente de los presidentes autonómicos críticos– respiraron aliviados. Creían haber descabezado a un líder torpe, inexperto y, sobre todo, prescindible. Fe lo que no eran conscientes, todavía, es de cómo en aquel mismo momento, no estaban enterrando a Sánchez, sino pariendo al ‘sanchismo’, gestado en la sombres desde 2014 cuando, según todas las crónicas, Susana Díaz bendijo la candidatura de aquel desconocido diputado madrileño, para frenar al prometedor Eduardo Madina, con un lapidario: “Este chico no vale, pero nos vale”.

 

Aquella frase era la síntesis perfecta de un cálculo cínico de la vieja guardia socialista. Sánchez parecía manejable: joven, con buena planta, ambicioso, sin excesivo bagaje ideológico y, sobre todo, sin el carisma ni la red de Madina que amenazaba con romper el monopolio de la territorial andaluza sobre el aparato. Lo utilizaron como tapón, lo subestimaron y, tras darse cuente cuenta del peligro de un ego desbocado (evidente cuando se negó a abstenerse para permitir la investidura de Mariano Rajoy y evitar las terceras elecciones generales), recurrieron a una gestora y un puñado de históricos socialistas para devolver al PSOE al redil de la sensatez.Se equivocaron.

 

Aquel Comité Federal de 2016 que ha vuelto a ver la luz, desde el pasado, engendró un monstruo, Su Sanchidad, como fenómeno político. Un ser imprevisible, malicioso y sin escrúpulos que reconstruyó su relato desde abajo, rodeado de los más mediocres y desalmados, para arrasar a su archienemiga, un año más tarde, y defenestrar a la vieja guardia. Desde entonces, el PSOE dejó de ser un partido para convertirse en una máquina fango al servicio de intereses personales.

 

Lealtad a Sánchez por encima de las ideas, de la propia historia o de los más mínimos principios. Críticos purgados, barones domesticados o marginados, militancia convertida en mero relleno.

 

El “este chico no vale” se convirtió en “este chico nos vale a nosotros… y punto”. El resto sobraba y las consecuencias para el PSOE -y por extensión para todo un país- han sido devastadoras y, lo peor, cuasi irreversibles. Aquel partido que Sánchez presentaba como socialdemócrata moderado, con vocación de Estado y raíces en la Transición, envuelto en la bandera de España, se ha convertido en un galimatías ideológico. De criticar a Podemos como populismo irresponsable a gobernar con él y con su sucedáneo de Sumar. De condenar a Bildu como herederos de ETA a blanquear sus votos para aprobar presupuestos. De defender la igualdad de todos los españoles a pactar una amnistía exprés con los mismos que declararon unilateralmente la independencia de Cataluña.

 

El coste electoral ha sido visible: pérdida de feudos históricos, erosión de su electorado moderado y una dependencia absoluta de un líder que ya no tolera ni la más mínima discrepancia interna. Hoy el PSOE no debate. Obedece. Y pocos que de atreve a criticar la deriva, acaban silenciados. El partido que sobrevivió a Felipe González y a José Luis Rodríguez Zapatero se ha rendido al personalismo más descarnado. Sánchez no es el secretario general sino el propietario desalmado y usurero que siempre quiere más.

 

Sánchez respira por su gangrena a costa de asfixiar a España. Desde la moción de censura de 2018, que presentó con los votos de independentistas, radicales, bilduetrras y minorías populistas, el país se ha sumido en una permanente subasta de su soberanía. Ni reconstrucción, ni reconciliación, ni democracia. El precio que todo un país paga porque un presidente siga en un palacio pasa por la erosión sistemática de las instituciones -colonizadas por los más adeptos- y la polarización como estrategia, no como efecto. Cuanta más división social, más rédito para quien la fomenta. Por no hablar de un balance económico que tampoco invita al optimismo. 

 

El Gobierno de Sánchez sobrevive a costa de unos Presupuestos Generales prorrogados durante cuatro años y sostenidos con presupuestos expansivos, gasto público desbocado, una deuda pública incuantificable y una inflación que ha castigado, con especial dureza, a las clases medias y a las familias.

 

Diez años después de aquel Comité Federal caótico, España sigue pagando la factura del error de cálculo de unos barones que creyeron que podían usar a Sánchez como comodín y luego tirarlo. Hoy el comodín es presidente del Gobierno y el partido que lo aupó es un ente irreconocible. El sanchismo no es ya, ni siquiera, una forma de entender la política, sino un método para mantener el poder, cueste lo que cueste, en el que el fin justifica cualquier medio, cualquier aliado, cualquier traición, cualquier discurso. 

 

Y lo más preocupante es que, a fuerza de repetirse, lo inadmisible se ha normalizado. Como en aquel esperpento que el PSOE pagó con su alma; España, con su estabilidad; y, la izquierda con su desaparición progresiva. Lo que pasó, en realidad, aquel fatídico octubre de 2016, en Ferraz fue que este chico que ya entonces no valía, sigue sin valer para nada. Nunca una verdad fue tan cara.

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