De limosnas y tiranos

Hace unos días un buen amigo me contó que su hijo de 7 años le había dicho que se iba a dejar el colegio y que iba trabajar para comprarse la consola que no querían comprarle sus padres. Después del necesario reconocimiento al ingenio del niño, no tuvimos más remedio que abrir el debate.
A fecha de hoy aún existe la explotación infantil. Tenemos 54 millones de niños que trabajan en condiciones altamente peligrosas. Hay más niños explotados en minas de cobalto y mercurio y trabajando en condiciones infrahumanas que población tiene España. Eso es una vergüenza.
Esta vergüenza debe ser erradicada por completo de cualquier país del mundo. No hay razón que la justifique y estoy seguro de que todos estamos de acuerdo en eso. Como están también de acuerdo en que el problema de la explotación laboral de niños es un problema que exige un esfuerzo importante.
Estamos acostumbrándonos demasiado a ejercer la solidaridad desde el sofá de casa. Bien con una aportación económica simbólica que se realiza a través del teléfono o bien difundiendo imágenes o relatos determinados, en esta sociedad tan líquida e instantánea que tenemos hoy en día, nuestra conciencia queda satisfecha. Pero esa no es la solución.
Como no es solución que los gobiernos, sean del color que sean, envíen millones y millones de euros en concepto de ayuda internacional a los países donde se producen esas injusticias. Normalmente esos países suelen estar gobernados por dictaduras o bien existen redes de corrupción que derivan el dinero hacia la compra de armamento o enriquecimiento ilegal de algunos pocos. Por esta razón, no es suficiente con ejercer la caridad enviando dinero, sino que debe garantizarse, de alguna forma, que se ponen en marcha los mecanismos adecuados para solucionar ese problema. La realidad social que lleva a un niño a tener que trabajar en una mina no se soluciona con dinero, se soluciona poniendo soluciones allá donde está la raíz del problema.
La caridad debe aplicarse con justicia. Todos tienen y tenemos derecho a un plato de comida y un techo bajo el que dormir, pero la solución no está en entregar unos alimentos, cada día y durante toda la vida a aquel que pasa hambre. Tenemos que atacar las causas verdaderas del problema y poner solución a través de la implementación de políticas adecuadas que permitan a esas personas salir de su situación.
No hay caridad sin justicia y no hay justicia sin verdad. Las tres son inseparables. Y de la misma forma que podemos entender que hay que atender los problemas desde la raíz, todos sabemos que es necesario realizar análisis adecuados de la realidad para dimensionar adecuadamente el problema y ponerle solución.
Por esta razón resulta incomprensible que hoy se implementen políticas que rompen la necesaria perspectiva que debe primar en toda política pública.
Cuando no atendemos a criterios de justicia y se practica la caridad sin la aplicación de criterios objetivos de asignación o sin que vaya acompañado de otras acciones que procuren erradicar el problema ya no hablamos de caridad sino de mero asistencialismo superficial para limpiar conciencias. De esta forma, lejos de solucionar el problema, lo estamos cronificando. Flaco favor haríamos.
Como tampoco ayudaríamos nada si en vez de estudiar de forma adecuada cuales son las causas originarias y la realidad social, con datos, de la pobreza o la migración ilegal, por ejemplo, atendiéramos meramente a preceptos y eslóganes lanzados, precisamente, por aquellos que de una u otra forma obtienen un beneficio de la práctica asistencial. En este caso ya no podríamos hablar de justicia ni de verdad sino de mera ideología y práctica interesada consistente en la distribución de limosnas.
Por esa razón, para poner en marcha grandes políticas sociales lo primero que tenemos que hacer es un adecuado análisis de la realidad, conociendo cuales son los orígenes de la situación de vulnerabilidad y estableciendo planes y políticas para que las causas que han llevado a la situación de pobreza se solucionen. Garantizando que todo el mundo pueda tener un plato caliente, se deben establecer políticas que no perjudiquen a la mayoría de las personas y que sirvan para que todos puedan convivir bajo las mismas reglas en libertad y justicia.
Desde este punto de vista, peor que mandar un euro al Congo para acabar con la esclavitud infantil, es tener que presenciar las imágenes de largas colas de ilegales para acreditar la situación de vulnerabilidad que les va a permitir la regularización producidas en muchas ciudades de España.
Es una vergüenza que no se analicen las verdaderas causas y problemas que han llevado a que millones de personas estén en España de forma irregular. Con este descontrol demográfico no podemos decir que somos un país avanzado ya que no llegaríamos ni a república bananera. Es necesario poner en marcha mecanismos adecuados de control migratorio y establecer criterios que sirvan para garantizar el acceso a los servicios públicos fundamentales en caso de necesitarlos.
Sólo estableciendo criterios de prioridad nacional se puede garantizar que la verdad, la justicia y la caridad permanecen inseparables y pueden resultar efectivas.
Estamos siendo víctimas de un plan trazado por un tirano. Que el árbol no te impida ver el bosque.




















