Los candidatos al rectorado de la Universidad de Murcia, Alicia Rubio y Samuel Baixauli.La Universidad de Murcia amanece hoy con ese pulso contenido de los días importantes. En sus pasillos, en las facultades, en las cafeterías donde se cruzan apuntes y conversaciones, hay algo más que rutina académica: hay decisión. La comunidad universitaria está llamada a resolver, en segunda vuelta, quién ocupará el Rectorado durante los próximos seis años.
No es una jornada cualquiera. Es el desenlace de un proceso que ha ido creciendo en intensidad, como esas historias que empiezan en voz baja y terminan reclamando toda la atención.
Dos proyectos frente a frente
Tras una primera votación fragmentada, el escenario se ha reducido a dos nombres: Alicia Rubio y Samuel Baixauli. Dos trayectorias académicas, dos maneras de entender la universidad, dos propuestas que han ido perfilándose con mayor nitidez a medida que avanzaban los días.
Ella, con un discurso centrado en la gestión eficiente y la mejora de las condiciones laborales. Él, apostando por una universidad más participativa, con mayor peso de la comunidad en la toma de decisiones. Entre ambos, no solo hay diferencias programáticas, sino también formas distintas de imaginar el futuro de la institución.
Entre la primera y la segunda vuelta, la universidad ha sido un espacio de debate constante. Carteles, encuentros, mensajes cruzados y conversaciones interminables han ido tejiendo una campaña que, por momentos, ha dejado de ser estrictamente académica para entrar en terrenos más personales.
Ha habido tensión. También prudencia. Y, sobre todo, una sensación compartida de que el resultado está abierto. Porque en estas elecciones no solo cuentan los apoyos visibles, sino también esos votos silenciosos que se deciden en el último momento: en un pasillo, en una biblioteca, en la pausa entre clases.
Más de 32.000 personas —entre profesorado, estudiantes y personal de administración— están llamadas a votar en una jornada que se extiende por todos los campus. Pero no todos los votos pesan igual. El sistema ponderado convierte al profesorado permanente en el grupo más influyente, seguido por el estudiantado y el resto de sectores.
Esa arquitectura del voto añade otra capa de complejidad a una elección que ya de por sí es incierta. No basta con ganar en número: hay que equilibrar apoyos en todos los ámbitos de la vida universitaria.
El peso de lo que no se ve
Quizá la clave de esta segunda vuelta esté en quienes ya no están en la papeleta. Los votantes de las candidaturas eliminadas se han convertido, sin proponérselo, en árbitros del proceso. Sus decisiones —o su abstención— inclinarán el resultado hacia uno u otro lado. Y en esa transferencia de apoyos hay tanto cálculo como intuición, tanto afinidad como distancia.
Elegir rector o rectora nunca es un gesto menor, pero esta vez parece tener un significado más profundo. La universidad se encuentra en un momento de cambio, obligada a adaptarse a nuevas normativas, a tensiones presupuestarias y a un contexto social cada vez más exigente. Lo que hoy se decide no es solo un nombre, sino una dirección. Una manera de afrontar los próximos años.




