Los violonchelistas Miguel Torres y Miguel Baró, integrantes del Dúo Millos.Cartagena se prepara para recibir Da Capo, el proyecto musical del violonchelista Miguel Baró, una propuesta que no solo busca escucharse, sino también sentirse y comprenderse. Su llegada a la ciudad se presenta como algo más que una programación de conciertos: es una invitación a mirar la música clásica desde otro lugar, lejos de los tópicos que durante años la han encasillado.
En conversación con este medio, Baró se muestra claro al abordar uno de los grandes lastres del género: los prejuicios. “La música clásica no es elitista, es emoción sin etiquetas”, afirma, desmontando la idea de que este repertorio pertenece únicamente a auditorios solemnes o a públicos especializados. Para él, la distancia no está en la música, sino en la forma en que se ha presentado tradicionalmente.
Da Capo nace precisamente de esa necesidad de reconectar. Sobre el escenario, la música dialoga con la palabra, el contexto y la cercanía. Cada pieza se convierte en un relato compartido, en una experiencia que trasciende lo técnico para situarse en el terreno de lo humano. Hay espacio para lo clásico, pero también para los cruces inesperados: ecos de jazz, guiños contemporáneos y una narrativa que acompaña al oyente sin imponerle un conocimiento previo.
El estado de la música clásica en la Región de Murcia, explica Baró, es el de un territorio con raíces firmes pero con retos por delante. Existe talento, formación y estructuras que sostienen el género, pero también una urgencia: abrir puertas. “No basta con mantener lo que hay; hay que preguntarse a quién estamos llegando y cómo”, sugiere, consciente de que el futuro pasa por ensanchar el público sin diluir la esencia.
En ese camino, el papel de la administración resulta decisivo. El respaldo institucional, como el que hace posible la llegada de Da Capo a Cartagena, no solo garantiza la viabilidad de los proyectos, sino que democratiza el acceso a la cultura. Permite que la música abandone sus márgenes y se instale en el pulso cotidiano de la ciudad.
Así, entre cuerdas y silencios, Da Capo aterriza en Cartagena con una promesa sencilla pero ambiciosa: devolver la música clásica a su origen más puro, ese en el que no hay barreras, solo escucha.








