Ni modo

Lo que hace unos días empezaba como una visita institucional de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, para estrechar lazos económicos y culturales con uno de los países hermanos de Iberoamérica, México, ha terminado creando un conflicto diplomático sin precedentes, orquestado desde el Palacio Nacional donde Claudia Sheinbaum, la mandataria mexicana, no ha dudado en alimentar un clima de boicot, amenazas veladas y ataques diarios hacia Ayuso, hacia lo que defiende y representa, que han hecho imposible la continuidad del viaje. Y todo, para defender una narrativa rancia, manipulada y falsa sobre la leyenda negra contra España. Una fábula que Sheinbaum y su gobierno de ultraizquierda reviven, con saña, para generar odio a todo lo español. A sabiendas de que el relato es falso. Rotundamente falso.
Para el neoindigenismo, que impone su versión retocada de la historia, la presencia de Ayuso en México era la ocasión perfecta para vengarse por el acto de homenaje a Hernán Cortés en el que había participado la mandataria madrileña conmemorando los cinco siglos de mestizaje, que enlazan el destino de ambos países y su desarrollo, más allá de cualquier propaganda. No era ninguna provocación, era un reconocimiento histórico. Sin embargo, para Sheinbaum -que ha calificado a Cortés como un criminal- cualquier defensa del legado hispano es un sacrilegio. Desde su púlpito de la manipulación, la presidenta mexicana arremetía sin piedad contra una española, que representa a miles de españoles, alentando todo tipo de protestas organizadas, boicots permanentes y amenazas directas a los organizadores de los Premios Platino. Si Ayuso acudía a la gala, el recinto podría cerrar. Un hecho sin precedentes en la deriva autoritaria del Ejecutivo del país azteca.
Ante semejante escenario de despropósitos e intolerancia y para no perjudicar a los empresarios mexicanos que la habían invitado, Ayuso optaba por un regreso anticipado, hace unas horas. Su pecado, su único pecado, defender la verdad.
Le faltaba tiempo a la izquierda política y mediática, cómo no, para jalear a los acosadores, a los intolerantes y a los radicales por su éxito en la misión de violentar a la presidenta de Madrid. Haciendo gala de su ignorancia y, lo que es peor, de su profundo sectarismo, los palmeros de Sheinbaum en tierra patria aplaudían el continuismo de la retórica de AMLO (López Obrador) que fabrica enemigos externos para cohesionar a su base electoral. Y España, con su historia imperial, es el chivo expiatorio perfecto. Revivir la leyenda negra –esa construcción propagandística del siglo XVI urdida por los rivales protestantes del catolicismo español, como Inglaterra y Holanda– les sirve para pintar la conquista como un genocidio único y salvaje.
Olvidan a conciencia que, gracias a Cortés, y a los aliados autóctonos y oprimidos que decidieron ayudarle, se puso fin a los sacrificios humanos a gran escala que practicaban pueblos prehispánicos asilvestrados como los mexicas o aztecas. Olvidan cómo la Corona española exportó la fe católica, el derecho romano, la imprenta y la ciencia, regulando el trato a los indígenas con leyes como las de Burgos o las Nuevas que, para su época, eran muy avanzadas. Olvidan que los españoles no exterminaron a la población como sí hicieron otras potencias coloniales -ingleses y holandeses, para más señas- sino que se mezclaron con ellos, yacieron y procrearon juntos, sin imposiciones, fruto de la fusión entre iguales. Olvidan que nuestros antepasados crearon universidades como la de México, la primera de América; construyeron hospitales, levantaron catedrales y les regalaron un idioma común que, todavía hoy, une a más de 500 millones de personasen todo el mundo.
¿Acaso no fueron mucho peores las atrocidades cometidas por el imperio otomano, el mongol o los propios aztecascontra los suyos? La historiografía seria, alejada de la propaganda ideológica, lo confirma. Basta leer los trabajos pormenorizados y rigurosos de autores expertos en la materia como Marcelo Gullo o María Elvira Roca Barea para desmontar la falacia ideológica, con datos y documentos. Lo cierto es que México no existiría como nación sin el encuentro hispano. Sheinbaum, sin embargo, prefiere la versión simplista y políticamente rentable entre los suyos: España mala, indígenas buenos y cualquier español que se atreva a discrepar es, como Ayuso, automáticamente, proclamado como un invasor moderno.
Es preciso alimentar la obsesión de muchos miles de mexicanos para colmar las necesidades políticas. No en vano, mientras el pueblo está entretenido con las historias de vencedores y vencidos, no se habla de cómo el Gobierno, en manos del Morena (el antiguo Movimiento de Regeneración Nacional) enfrenta un México azotado por la violencia de los cárteles, las violaciones, desapariciones y asesinatos de mujeres a diario, la violencia contra los niños, la corrupción endémica y una economía que se enfría por la subida de la inflación y la tendencia negativa de la inversión fija bruta. Ante semejante escenario de descrédito, mejor señalar a Madridy a su presidenta que asumir responsabilidades.
Al fin y al cabo, el embuste cuela hasta el punto de que Sheinbaum que no es indígena de origen -su familia hunde sus raíces judías en Europa del Este, por doble vía- ha abrazado el mantra radical como única bandera. El mismo viejo truco de la izquierda al que a diferencia de muchos otros, Ayuso no juega. Por eso molesta porque representa lo opuesto. Una España orgullosa, sin complejos, que no pide perdón por existir, ni se arrodilla ante demandas absurdas. Ayuso planta cara, es frontal. Y eso, duele.
Ahora bien, más allá del caso concreto, y del signo político al que represente la presidenta madrileña, España no puede callar ante semejante esperpento. La hispanidad no es un museo de agravios; es un patrimonio compartido. Millones de mexicanos de ascendencia española –y viceversa– viven esa hermandad a diario en los negocios, en la cultura, en las familias, en la práctica religiosa, en la lengua, en los negocios o en la gastronomía. Renegar de ello por conveniencia ideológica es un disparate que no resiste el más mínimo escrutinio. España no fue el imperio más cruel, a una distancia memorable del apartheidbritánico en Sudáfrica o el genocidio de indígenas en Norteamérica cometido por los colonos ingleses o los holandeses. Ninguno de ambos merece el interés de la narrativa woke. Será por algo.
Frente a la sinrazón Isabel Díaz Ayuso ha demostrado, una vez más, coraje. No ha ido a México a pedir disculpas, ni a renegar de nuestro pasado. Ha ido a ponerlo en valor y a celebrar el resultado y, por eso, la han boicoteado. Sheinbaum, en cambio, alimenta un odio artificial que solo beneficia a quienes viven de la división que son pocos y cobardes. México y España están condenados a entenderse sobre la base de la honestidad y de la verdad que hace tiempo ha superado, con evidencias y datos que la leyenda negra es sólo eso, una leyenda falsa, rencorosa y caduca. Alimentarla solo envenena el presente. Y España debería combatir la división impostada, sin fisuras. Se acabaron los mensajes melifluos, ni modo, orgullo español de un trago. Sin complejos.




















