Los paseos marítimos urbanos de Cartagena: el mar que nos pertenece (prólogo)
Velada Marítima de Cartagena«En Cartagena soñé que caminaba por las profundidades del mar. El mar rodaba por encima de mí con la sonoridad de un órgano. Añoré la vida de arriba, de la superficie y la luz del sol»
Hans Christian Andersen, Cartagena, 1862.
Hay ciudades que tienen mar y no lo saben. No porque el agua no esté ahí, sino porque nunca han terminado de incorporarlo a su vida cotidiana. El mar existe, la bahía existe, el puerto existe. Pero la ciudad le da la espalda, o lo utiliza como decorado, o lo reserva para los días de fiesta y para los visitantes de paso. El resto del tiempo, el frente marítimo es simplemente el lugar por el que se pasa de camino a otro sitio.
Cartagena ha vivido así durante demasiado tiempo. Y está a punto de tener una tercera oportunidad concreta para cambiar esa relación de una vez.
El mar que fue y que se fue
Cartagena no nació dándole la espalda al mar. Durante siglos sus habitantes vivieron de él y con él: echaron sus redes, cruzaron sus aguas, lo miraron cada mañana. Fueron los siglos XIX y XX los que, sin contar con los cartageneros de entonces, fueron transformando progresivamente las playas de la bahía en infraestructura portuaria. Lo que está en juego ahora no es solo un paseo: es si los ciudadanos recuperan por fin lo que nunca se les pidió permiso para quitarles.
Los ícues —los niños del puerto, los que recogían el pescado de los marineros y se bañaban en la bahía en calzoncillos— fueron durante generaciones la imagen más viva de esa relación. Cartagena les dedicó incluso una escultura. Lo que no ha recuperado todavía es el espacio que ellos habitaban.
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El puerto era también el salón de la ciudad. Desde 1893, la Velada Marítima convocaba cada verano a los cartageneros al frente portuario: un desfile nocturno de embarcaciones decoradas e iluminadas que recorrían la dársena hasta Santa Lucía, colofón festivo que la ciudad esperaba cada año. Los balnearios de la bahía —el de San Pedro del Mar y el de San Bernardo, conocido como el Chalet— ofrecían baños en sus aguas. El antiguo Club de Regatas, joya modernista inaugurada en 1912, tenía también sus propios baños de mar. El abandono, primero, y un incendio en 2001, después, lo llevaron a la demolición. El edificio que lo sustituyó nunca ha recuperado el esplendor de aquel.
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La paradoja tiene además una dimensión que pocas veces se nombra. Las playas del municipio —Los Nietos, Los Urrutias en el Mar Menor; Cabo de Palos, Isla Plana, La Azohía en el Mediterráneo abierto— están a más de veinte kilómetros del centro de la ciudad. Para la mayoría de los cartageneros, el mar de cada día no es la playa del fin de semana: es la bahía. Es el puerto. Privarles del acceso cotidiano a ese espacio no fue un inconveniente urbanístico: fue quitarles su única orilla real.
«Tuve una infancia feliz porque era un niño libre; Cartagena era un puerto de mar con marinos de todo el mundo»
Arturo Pérez-Reverte
El escritor cartagenero más universal de nuestro tiempo lo recuerda así. El puerto que él conoció —vivo, abierto, lleno de presencias y de ruido de mar— es el mismo que décadas de decisiones sucesivas han ido convirtiendo en una gran explanada que se recorre deprisa y se abandona antes de que el sol apriete.
Lo que un paseo le hace a una ciudad
Hace apenas treinta años, la única atracción lúdica garantizada para las familias en el frente portuario era la Feria: los carruseles, los coches de choque, las sillas voladoras que los cartageneros siempre llamaron los caballitos. Las familias bajaban al puerto porque había algo esperándoles. Cuando aquello desapareció, el frente perdió su único gancho de vida cotidiana.
Existe en la literatura especializada sobre espacios urbanos un concepto que define exactamente lo que Cartagena tiene hoy en su frente marítimo: el paseo escaparate. Un espacio que se visita y se fotografía pero que no se habita. Que tiene afluencia en momentos puntuales —un crucero, un evento, una tarde de domingo— pero que el resto del tiempo permanece vacío de vida real. No es un paseo: es una postal.
Lo que distingue a los mejores frentes marítimos del mundo no es la magnitud de su inversión ni los metros cuadrados de pavimento. Es la claridad de su modelo. Un paseo que funciona de verdad no cambia solo la experiencia del turista: cambia la relación que los propios ciudadanos tienen con su ciudad. Les devuelve un espacio que sienten como suyo. Les da una razón concreta para volver mañana.
«Comparado con el paseo marítimo de cualquier ciudad, lo que tenemos en Cartagena no es un paseo: es un espacio por el que se pasa de camino a otro sitio. No hay un lugar donde ir con la familia, los amigos y las mascotas simplemente a estar»
May, directora de agencia de viajes, Cartagena.
El paseo como alivio del centro histórico
Quien vive en el casco histórico de Cartagena sabe lo que significa que la ciudad se le eche encima de golpe. El Carnaval, La Mar de Músicas, Cartagineses y Romanos, los conciertos de verano: la Plaza del Ayuntamiento acumula en pocos meses más ruido, más gente y más intensidad de la que cualquier vecino puede absorber sin coste. Son fiestas que la ciudad necesita y celebra. Pero el que las vive desde dentro de su casa tiene motivos para no siempre compartir el entusiasmo.
A doscientos metros de esa plaza, el paseo marítimo espera. Casi siempre vacío. Casi siempre silencioso. Lo que le falta al centro le sobra al frente. Y lo que le falta al frente es exactamente lo que el centro necesita ceder: vida, actividad, razones para que la gente se mueva hacia el mar.
La sartén de cemento
«Cuando vamos al ARQUA, al auditorio y a cualquiera de los restaurantes que hay actualmente en el puerto, lo hacemos por las aceras del Paseo de Alfonso XII: son como más nuestras»
Joaquín, cartagenero del sector de la cultura.
Lo que hay hoy en el frente portuario de Cartagena tiene un nombre poco oficial pero muy preciso: una sartén de cemento. Una superficie dura, sin sombra, sin vida y sin nada que invite a quedarse. Un espacio que expulsa al ciudadano en lugar de acogerle. Que en los meses de verano —que en Cartagena son muchos y muy intensos— resulta sencillamente inhabitable a plena luz del día.
Tan evidente resulta el problema que el propio Ayuntamiento acaba de licitar una plataforma digital de 160.000 euros para cartografiar las islas de calor y las zonas de sombra de la ciudad. El diagnóstico lo comparte quien decide. La pregunta es si el proyecto De Faro a Faro lo habrá tenido en cuenta antes de que las obras terminen.
No es un juicio estético: es una consecuencia funcional. Un paseo sin sombra real, sin oferta hostelera diversa, sin elementos que inviten a la estancia se convierte inevitablemente en un paseo de tránsito. La gente pasa, no se queda. Mira el mar un momento y sigue andando. Y al día siguiente no vuelve, porque no hay nada que la llame a volver.
El proyecto De Faro a Faro tiene las condiciones para cambiar esa realidad. Tiene presupuesto, tiene voluntad institucional declarada y tiene por delante un frente con un potencial que durante demasiados años ha permanecido desaprovechado.
Un paseo mal pensado no se corrige en la siguiente legislatura. Se hereda durante treinta o cuarenta años. No sería la primera vez que Cartagena paga ese precio. Ni la segunda. A la tercera ya no hay excusa posible.
Pero la clave no está en los metros cuadrados ni en el presupuesto. Está en la pregunta que debería hacerse antes de que las obras terminen y que todavía nadie ha respondido en público: ¿es lo que se está construyendo lo que Cartagena necesita para volver a mirar al mar como suyo?
No como decorado. No como infraestructura de paso. Como el espacio que durante siglos fue parte de la vida de cada día, y que alguien, sin pedir permiso, fue convirtiendo en otra cosa.
La respuesta no está en los planos. Está en los cartageneros.
Prólogo de la serie sobre el proyecto De Faro a Faro y el futuro de los paseos marítimos urbanos de Cartagena, publicada en Murcia Economía.


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