Emilio Gómez, miembro de la Asociación Cultural Rítmika y artista bajo el nombre de Resonant, impulsa El Parque Mágico en AbaránEl Parque Mágico nació con una intuición y, en su segunda edición, empieza a confirmarse como algo más que un festival. La propuesta impulsada por la Asociación Cultural Rítmika vuelve al Parque Municipal de Abarán con el lema “Artes junto al río”, una declaración de intenciones que resume su manera de entender la cultura: música, naturaleza, convivencia y escena alternativa en un mismo espacio.
Para Emilio Gómez, miembro de Rítmika y también parte de la programación artística bajo el nombre de Resonant, la primera edición sirvió para medir el verdadero alcance del proyecto. No solo por la respuesta del público, sino por todo lo que supone levantar un festival con personalidad propia. “La primera edición nos enseñó que es un proyecto que conlleva una gran logística y que necesitábamos un equipo sólido, organizado por áreas de trabajo, para poder crecer con orden y coherencia”, explica.
El público respondió, y eso confirmó que existía interés por propuestas alejadas de los circuitos más comerciales. “Vimos que había mucha gente sedienta de música alternativa en una zona donde predominan propuestas más comerciales”, señala. Esa respuesta les hizo entender que existía un espacio real para un festival distinto, capaz de reunir a quienes buscan algo fuera del circuito habitual.
El espacio elegido forma parte esencial del sentido del festival. El Parque Mágico sucede en el Parque Municipal de Abarán porque, según Gómez, solo allí el lema adquiere todo su sentido. “Para nosotros es clave que el festival ocurra en este entorno, porque ‘Artes junto al río’ cobra aquí todo su sentido: cultura integrada en la naturaleza”. La presencia del río, los árboles y el paisaje del Valle de Ricote aporta al festival una atmósfera propia, alejada del formato convencional.
Gómez habla del parque como un espacio con una atmósfera única, “aislada del ruido” y perfecta para disfrutar de la música con calma. Un lugar pensado para pasar horas con amigos, en familia o con niños, con zonas de picnic, descanso y una acústica especial entre la naturalez. Esa relación con el entorno exige también una responsabilidad. El festival quiere que la comunidad actúe de forma consciente, cuidando el espacio y apostando por materiales reciclables para mantener el parque en las mejores condiciones.
En un momento en el que muchos festivales parecen cortados por el mismo patrón, El Parque Mágico busca construirse desde otra identidad. Gómez lo define como “una mezcla viva de culturas alternativas”, donde conviven músicas modernas, artistas emergentes y una escena de club global. Una propuesta donde lo urbano, lo electrónico y lo experimental conviven de forma natural.
Esa libertad no implica improvisación. La programación busca acompañar al público durante toda la jornada, con una evolución pensada para distintos momentos y públicos. “Nos gusta plantearla de forma progresiva, para que todo fluya con sentido durante el día y la experiencia sea coherente para todos los públicos: familias, adolescentes y adultos”, apunta.
Musicalmente, ese recorrido atraviesa distintas escenas: músicas del mundo, reggae, urbano, hip hop y electrónica. Todo está concebido para generar una sensación de convivencia colectiva, de buen ambiente y de apertura. No se trata solo de escuchar conciertos o sesiones, sino de habitar un espacio durante unas horas y dejar que cada propuesta encuentre su momento.
Abarán, en ese sentido, no es únicamente el municipio que acoge el festival. Es parte de su carácter. “En cuanto entras al pueblo y ves la sierra al fondo y el río bajo el Valle de Ricote, ya percibes que es un lugar especial, casi un pequeño paraíso para la música en directo”, afirma Gómez. El escenario entre árboles, añade, crea una experiencia más envolvente y natural. Una forma de desconectar del ritmo habitual y sumergirse en una cita donde el paisaje también participa.
El cartel de esta segunda edición reúne nombres como Julia Cry, Bosco, Pretty May, Chica, NitrovS o Dammy MC, además de distintas propuestas vinculadas a la música electrónica. La selección responde a la voluntad de dar visibilidad a artistas con talento que no siempre encuentran espacio en los festivales o circuitos más comerciales. “No buscamos números de seguidores, sino artistas con criterio, flow, alma y un espíritu que no se vende”, resume Gómez.
Esa frase contiene buena parte del espíritu del Parque Mágico. Frente a la lógica de las cifras, las métricas y el escaparate permanente, el festival apuesta por propuestas con identidad propia, capaces de conectar desde lo auténtico. Artistas que quizá no encajan en los moldes más previsibles, pero que aportan frescura real a la escena. Aquí no manda tanto el algoritmo, sino la intuición de quien escucha y reconoce algo verdadero.
Detrás del festival está la Asociación Cultural Rítmika, formada por Emilio, Ayoze y José Miguel, que nace con el objetivo de promover y compartir “un arte más profundo, auténtico y real”. Gómez explica que muchas de esas propuestas ya existen, pero no siempre tienen la visibilidad que merecen. Por eso la asociación quiere generar espacios donde más personas puedan descubrir esas “joyas musicales ocultas” y conectar con la cultura de una forma más cercana y verdadera.
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Su papel como organizador convive con su faceta artística como Resonant. Para él, ambas dimensiones no chocan, porque el festival funciona como un trabajo colectivo. “Somos un colectivo y nos organizamos para repartir funciones, lo que nos permite tanto trabajar en la construcción del festival como disfrutar también de nuestra propia fiesta”, explica.
Además, el diseño del festival parte del propio colectivo desde el inicio. Gómez y Ayoze, como residentes, dirigen "el aura musical del evento", aunque siempre abiertos a propuestas que encajen con la filosofía del proyecto.
El Parque Mágico también lanza una pregunta interesante: ¿se pueden construir propuestas actuales sin imitar a las grandes ciudades? Gómez lo tiene claro. “Totalmente”. Reconoce influencias de lugares como Berlín, Detroit, París o Ámsterdam, ciudades donde diferentes generaciones conviven en torno al ocio cultural, pero insiste en que la clave está en reinterpretar esas referencias desde el propio entorno. No se trata de copiar modelos, sino de romper patrones y construir algo propio, auténtico y contemporáneo desde los municipios.
Ese equilibrio entre lo global y lo local es una de las grandes aspiraciones del festival. Mirar fuera, pero plantar los pies en el valle. Tomar ideas de otras escenas, pero hacerlas pasar por el río, por la naturaleza, por la manera de estar juntos en un pueblo. Ahí reside parte de su fuerza: el festival no busca parecerse a otro lugar, sino crecer desde el territorio que lo acoge.
Quienes acudan por primera vez al Parque Mágico, dice Gómez, deberían llevarse lo mismo que muchas personas sintieron el año pasado: “un día lleno de buen rollo y convivencia”. Recuerda especialmente el impacto en los más pequeños, con niños que llegaron a decir que había sido uno de los mejores días que habían vivido. Para la organización, esa es la mayor recompensa: que el festival permanezca en la memoria no solo por la música, sino por la experiencia en sí.
La mirada de futuro va más allá de una cita anual. A Rítmika le gustaría que El Parque Mágico contribuyera a impulsar un nuevo modelo de turismo cultural y sostenible en Abarán y el Valle de Ricote. Un modelo vinculado al territorio, a la naturaleza, a la economía circular y a nuevas formas de convivencia cultural. Gómez habla incluso de la posibilidad de generar residencias artísticas y proyectos creativos que se desarrollen en el entorno.
La idea, en definitiva, es que el festival no sea solo un evento puntual, sino una semilla. Una forma de activar cultura, economía y creatividad desde una perspectiva consciente y contemporánea. Algo pequeño quizá en escala, pero grande en intención. Porque también desde un pueblo, junto al río y entre árboles, se pueden levantar proyectos capaces de abrir nuevos caminos culturales.
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