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Opinión |
Beatriz Talegón
Jueves, 14 de Mayo de 2026
Beatriz Talegón

Europa, entre dos gigantes

La relación entre China y Estados Unidos vuelve a entrar en una fase decisiva, si es que alguna vez dejó de estar en ella. Washington y Pekín han entendido que la confrontación permanente tiene un coste demasiado alto para todos: para ellos, para los mercados, para las cadenas de suministro, para la seguridad internacional y también para Europa.

 

La reunión de este 14 de mayo en Pekín entre Donald Trump y Xi Jinping ha dejado una idea central: ambos gobiernos hablan de “estabilidad estratégica”, de competencia medida y de la necesidad de evitar que las diferencias deriven en una ruptura mayor. Xi ha insistido en que Estados Unidos y China deberían ser “socios, no rivales”, aunque al mismo tiempo ha advertido de que Taiwán sigue siendo la cuestión más sensible y peligrosa de la relación bilateral. Los conflictos siguen ahí, pero vuelve a abrirse una ventana para gestionarlos políticamente.

 

Este giro es importante. El mundo necesita reglas, interlocución y equilibrios. China y Estados Unidos compiten por la inteligencia artificial, los semiconductores, las rutas comerciales, la influencia en Asia, África y América Latina. Pero también se necesitan. Las empresas estadounidenses siguen mirando al mercado chino y Pekín sabe que una ruptura con Occidente dañaría su propia economía. La reunión de Xi con directivos de Tesla, Nvidia y Apple va precisamente en esa dirección: China quiere transmitir que sigue abierta a la inversión extranjera, aunque lo haga desde una posición de fuerza y en medio de tensiones tecnológicas muy profundas.

 

Y en ese tablero, Europa debe dejar de mirar desde la grada. Ese ha sido, probablemente, uno de sus mayores errores de los últimos años: actuar demasiadas veces como acompañante, no como sujeto político. La Unión Europea tiene peso económico, capacidad regulatoria, mercado, industria, diplomacia y una historia que la obliga a algo más que a repetir consignas ajenas. Para ejercer ese papel necesita repensarse a sí misma.

 

La propia Unión Europea define su relación con China de una manera compleja: Pekín es al mismo tiempo socio, competidor y rival sistémico. Esa fórmula, aprobada en la estrategia europea de 2019 y reafirmada por los Estados miembros en 2023, sigue siendo útil precisamente porque evita los simplismos. Con China hay que hablar de comercio, de inversiones, de transición energética, de dependencia industrial, de derechos humanos, de seguridad y de tecnología. Hablar implica tener una estrategia. Dialogar exige saber qué se defiende. Cooperar obliga a mirar de frente los intereses propios.

 

Europa necesita recuperar una política exterior propia. Con voz propia frente a Estados Unidos. Capaz de negociar con China. Y preparada para pensar cómo se reconstruirá la seguridad europea cuando llegue el momento de una salida política a la guerra de Ucrania. Hoy la posición oficial de la UE sigue siendo de apoyo a Ucrania y presión sobre Moscú: en abril de 2026, el Consejo aprobó el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, dirigido a sectores energéticos, financieros, comerciales y militares.

 

Incluso desde esa posición, Europa debe hacerse una pregunta fundamental: ¿qué arquitectura de seguridad quiere para los próximos veinte años? Rusia seguirá estando ahí. China seguirá estando ahí. Estados Unidos seguirá defendiendo sus intereses, que muchas veces coinciden con los europeos y otras veces responden a prioridades distintas. Europa debe evitar convertirse en un territorio de paso, un mercado regulado o un socio menor en las decisiones que marcarán su propia seguridad.

 

El momento político europeo, además, es especialmente delicado. Alemania ha entrado en una nueva etapa con Friedrich Merz, que reclama una revisión profunda del presupuesto comunitario y más gasto en defensa, aunque rechaza nuevas emisiones de deuda común europea. Francia llega a este ciclo con Emmanuel Macron debilitado por la fragmentación parlamentaria y con la vista puesta en 2027. España vive una legislatura tensionada y con el bloque conservador recomponiendo pactos territoriales con Vox, como se ha visto recientemente en Extremadura. Y en varios países europeos se percibe un cansancio social ante la inflación, la inseguridad, la guerra y la sensación de pérdida de control.

 

En Reino Unido también se mueve algo relevante. El Gobierno de Keir Starmer ha situado el “reset” con la Unión Europea como una de sus prioridades tras el Brexit. La apuesta pasa por reconstruir vínculos en defensa, energía, comercio, movilidad y cooperación institucional. Londres ha comprendido que alejarse de Europa le restó margen en un mundo más inestable. Bruselas también debería entender que recuperar una relación madura con Reino Unido refuerza al conjunto del continente.

 

Justo cuando Europa atraviesa una etapa de gobiernos frágiles, polarización interna y desgaste social, el mundo le exige más madurez estratégica que nunca. Hablar de valores europeos exige traducirlos en autonomía energética, capacidad industrial, defensa propia, diplomacia activa y una política económica que proteja a ciudadanos y empresas.

 

Europa debe decidir si quiere ser un actor o un escenario. Si quiere sentarse a la mesa o aparecer en el menú. Si quiere limitarse a aplicar sanciones, comprar armamento y seguir instrucciones, o si quiere construir una posición propia que combine firmeza, inteligencia y realismo.

 

Eso exige restablecer puentes. Con Estados Unidos, porque la relación transatlántica sigue siendo fundamental. Con China, porque el siglo XXI se entiende necesariamente con Pekín. Con Reino Unido, porque Europa sale reforzada cuando recompone vínculos estratégicos. Y, llegado el momento y bajo condiciones compatibles con el derecho internacional y la seguridad de Ucrania, también con Rusia, porque la estabilidad continental necesitará algo más que una frontera militarizada y una economía de guerra.

 

El nuevo clima entre China y Estados Unidos deja una advertencia para Europa: las grandes potencias se mueven. Redefinen sus intereses. Se reúnen, negocian, compiten, pactan cuando les conviene y corrigen el rumbo cuando el coste de la ruptura es excesivo.

 

Europa debe hacer lo mismo. Pensarse menos como dependencia y más como potencia civil, económica, diplomática e industrial. Recuperar liderazgo significa tener proyecto propio. Saber qué se quiere defender. Saber con quién se puede hablar. Saber dónde están los límites. Y, sobre todo, saber que en el nuevo orden internacional nadie va a regalarle a Europa el lugar que no sea capaz de ocupar por sí misma.

 

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