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POLÍTICA

Cartagena y la moción imposible: el riesgo de cambiarlo todo para que nada cambie

La alianza de MC, PSOE y Sí Cartagena abre una oportunidad para aprovechar el desgaste del PP o una maniobra que puede acabar reforzando a Arroyo

José Antonio Muñoz Martes, 19 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:
Imagen de archivo.Imagen de archivo.

La política en Cartagena tiene algo de puerto antiguo, es decir, nunca termina de estar en calma. Bajo la superficie, incluso en los días de aparente estabilidad, siempre hay corrientes cruzadas, viejas rivalidades y cuentas pendientes. Una tormenta que parece haber llegado ahora en forma de moción de censura contra la alcaldesa Noelia Arroyo.

 

Movimiento Ciudadano, PSOE y Sí Cartagena han decidido unir fuerzas para desalojar al PP del Palacio Consistorial en el último tramo de legislatura. Sobre el papel, los números salen. Sobre el terreno político, en cambio, nadie puede asegurar todavía si esta operación representa un auténtico cambio de ciclo o uno de esos movimientos tácticos que terminan fortaleciendo precisamente al adversario.

 

Porque la moción nace de una paradoja. Todos los partidos que la impulsan necesitan que salga bien, pero todos tienen motivos para temer sus consecuencias.

 

Durante meses, el Gobierno de Arroyo ha transmitido desgaste. La ruptura del bloque conservador, la sensación de minoría permanente y la impresión de que el Ejecutivo había entrado más en una dinámica de supervivencia que de impulso político habían ido erosionando la imagen de estabilidad con la que el PP ganó las elecciones. Cartagena llevaba tiempo instalada en una especie de administración en pausa: proyectos ralentizados, debates enquistados y una oposición que detectó que existía una grieta real en el poder municipal.

 

En esa grieta han terminado siendo decisivos dos nombres que hace apenas unos meses parecían periféricos en el gran tablero político local: Diego Salinas y Beatriz Sánchez del Álamo. Ambos concejales no adscritos se han convertido en las piezas que permiten articular la mayoría alternativa y, con ello, en símbolo de una legislatura marcada por las fracturas internas y las lealtades cambiantes. 

 

MC entendió antes que nadie que el momento había llegado. El partido cartagenerista lleva años construyendo un discurso basado en la idea de que la ciudad necesita sacudirse un modelo agotado, demasiado dependiente de inercias administrativas y de decisiones tomadas lejos del municipio. La moción encaja perfectamente en ese relato.

 

MC ha cimentado buena parte de su identidad en presentarse como una fuerza distinta, incómoda tanto para el PP como para el PSOE. Gobernar ahora junto a los socialistas implica abandonar parcialmente esa posición de outsider para entrar en la complejidad de la gestión compartida. Y la gestión, sobre todo cuando queda apenas un año de mandato, desgasta mucho más rápido que la oposición.

 

El partido de Jesús Giménez Gallo se enfrenta a un dilema clásico: alcanzar por fin la alcaldía puede ser la culminación de años de crecimiento político o el inicio de su desgaste definitivo. Porque un año apenas permite transformar una ciudad, pero sí ofrece tiempo suficiente para decepcionar expectativas.

 

El PSOE tampoco llega a esta moción desde una posición cómoda. Los socialistas asumen un papel decisivo, aunque subordinado, en una operación que previsiblemente entregará el bastón de mando a MC. Y eso tiene un coste político evidente. Si el nuevo gobierno funciona, buena parte del mérito podría capitalizarlo el cartagenerismo. Si fracasa, el PSOE compartirá el desgaste igualmente.

 

Hay algo especialmente delicado para los socialistas en Cartagena: competir contra una fuerza que convierte la identidad local en eje político principal. Históricamente, el PSOE ha sufrido cuando ha aparecido demasiado vinculado a dinámicas regionales o nacionales frente a partidos capaces de apropiarse emocionalmente del discurso “de ciudad”. Por eso esta moción es también un examen de identidad política para los socialistas: necesitan demostrar que no son simplemente acompañantes necesarios, sino actores con proyecto propio.

 

En el caso de Sí Cartagena, la jugada tiene incluso un componente existencial. Las formaciones pequeñas rara vez sobreviven a la irrelevancia. Entrar en la ecuación de gobierno les garantiza visibilidad y capacidad de influencia, aunque también los expone al riesgo de quedar absorbidos por socios mucho más grandes.

 

Y mientras tanto, el PP observa una situación paradójica: puede perder la alcaldía y, aun así, salir fortalecido electoralmente.

 

La estrategia popular será clara. Intentarán presentar la moción como una alianza construida más por el deseo de expulsar al PP que por un proyecto coherente de ciudad. El argumento de “nos echaron sin haber ganado” sigue teniendo recorrido en buena parte del electorado moderado, especialmente si el futuro gobierno transmite improvisación o conflictos internos.

 

El tiempo dictaminará sentencia 

 

Queda apenas un año de legislatura. Demasiado poco para ejecutar grandes transformaciones estructurales, pero suficiente para construir un clima político nuevo si se toman decisiones rápidas, visibles y simbólicamente potentes.

 

El nuevo bloque tendría que gobernar casi como quien dirige una campaña electoral desde el poder. Más que prometer grandes revoluciones, necesitaría generar sensación de movimiento. La vivienda podría convertirse en uno de los campos prioritarios. El PP llega debilitado en ese debate y la oposición ha insistido durante meses en la falta de vivienda pública y en el bloqueo de determinadas actuaciones urbanísticas. Aunque ningún edificio se levantase antes de 2027, bastaría con activar suelo, desbloquear expedientes y exhibir proyectos concretos para instalar la idea de que algo ha empezado a cambiar.

 

También aparecería con fuerza el viejo nervio cartagenerista. MC intentará recuperar el relato del agravio histórico, de las inversiones pendientes y de una Cartagena que siente que siempre recibe menos de lo que aporta. Ese discurso sigue teniendo capacidad emocional en amplios sectores de la ciudad y podría convertirse en el cemento ideológico del nuevo gobierno.

 

Pero quizá donde más se juegue la partida sea en lo cotidiano. La limpieza, el asfaltado, el mantenimiento de barrios, las pequeñas obras visibles, la iluminación o los servicios públicos. La política municipal suele decidirse mucho más en las aceras que en los grandes discursos. Y un año bien gestionado en ese terreno puede alterar percepciones con enorme rapidez.

 

La cuestión de fondo, sin embargo, es mucho más profunda que una simple alternancia de gobierno. Lo que Cartagena decidirá en los próximos meses es si esta moción representa una nueva mayoría política o simplemente una coincidencia táctica entre partidos con intereses distintos.

 

Si el nuevo Ejecutivo logra transmitir estabilidad, iniciativa y cierta ilusión colectiva, la ciudad podría entrar realmente en un nuevo ciclo político. Pero si predominan las tensiones internas, el reparto de cuotas o la sensación de provisionalidad, el PP tendrá en 2027 un argumento casi perfecto: convertir la moción en prueba de que el cambio no era una necesidad, sino un error.

 

En política municipal, como en los puertos, las mareas cambian despacio… hasta que de repente cambian de golpe. 

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