Foto: FC CartagenaHubo un tiempo, no muy lejano, en el que la palabra play-offparecía una utopía inalcanzable en la ciudad portuaria. Sin embargo, la llegada de Íñigo Vélez insufló un optimismo antológico al cartagenerismo, enderezando un rumbo torcido y firmando una etapa soberbia donde el equipo se acostumbró a competir con el corazón en un puño. Pero el destino, caprichoso y terrenal, dictó su sentencia definitiva en una tarde de transistores, suspiros y el amargo sabor de la intrascendencia.
La moneda voló en el aire del Cartagonova durante noventa minutos frenéticos, pero el destino ya se estaba cocinando muy lejos de la trimilenaria, en el césped de Can Dragó. El triunfo definitivo del CE Europa convirtió las cábalas albinegras en un doloroso ejercicio de nostalgia, el milagro ya era matemáticamente imposible. Y para colmo de males, en el césped propio, el Efesé tampoco pudo cumplir su parte al firmar un empate 2-2 ante un herido Betis Deportivo que terminó por sepultar las ilusiones de ambos bandos.
El peso de las cicatrices
El fútbol suele ser idílico en el recuerdo, pero implacable en el plano físico. A la hora de pasar balance a esta campaña, resulta imposible obviar el reguero de cicatrices que arrastró el bloque en el peor momento posible. Las ausencias no fueron meras líneas en el parte médico; fueron mordiscos directos al alma del equipo:
El muro agrietado: La baja obligada del mariscal Aridane Hernández en esta última jornada dejó la zaga huérfana de su jerarquía natural en los partidos donde el oficio se pagaba a precio de oro. Sin contar también los varapalos e infinitos problemas que ha sufrido el eje central de la zaga albinegra durante toda la temporada. El varapalo de la fractura de tibia y peroné de Carrascal a final de pretemporada, las continuas lesiones musculares de Fran Vélez, la fractura en el pómulo de Rubén Serrano en Torremolinos y la poca continuidad que ha tenido Eneko Ebro, también lastrado por lesiones musculares.
El regreso maldito: Seis semanas esperó la parroquia albinegra la vuelta de Jean Jules Mvondo. Seis semanas de baja tras su lesión en Torremolinos que se tradujeron en una evidente falta de ritmo. El mediocampista regresó con el cartel de salvador, pero la fatalidad quiso que se autoexpulsara en el minuto 50 por una doble amarilla evitable, que dejó al equipo en inferioridad durante cuarenta minutos agónicos.
El gol ausente: Las últimas finales ligueras se disputaron sin el colmillo de Chiki, una ausencia en vanguardia que diluyó la pegada en los metros finales.
La intermitencia de la magia: Los problemas musculares de Benito Ramírez provocaron que el talentoso extremo pasara más tiempo en el dique seco que sobre el verde, privando al Cartagena de esa pieza diferencial que rompe los partidos por el carril izquierdo.
A pesar de todo esto, y de un ruido institucional que amenazaba con tumbar la estructura (con el runrún de las nóminas atrasadas merodeando el vestuario), el plantel demostró una dignidad incorruptible. Los jugadores se aislaron de los despachos y lo dejaron absolutamente todo en el verde. No hubo reproches de esfuerzo, hubo un bloque solidario que se vació hasta la última gota de sudor por el escudo.
La montaña rusa y el gol que hirió a ambos
El choque ante el filial bético fue un fiel reflejo de la temporada: un mal inicio con el gol tempranero de Pablo García, una reacción de orgullo con el penalti provocado por Nacho y transformado por Yanis Rahmani y la crueldad de remar contracorriente tras la expulsión de Jean Jules.
Con diez hombres, el Cartagena encajó el 1-2 de Rodrigo Marina en el 71. El banquillo bético saboreaba la permanencia heroica. Pero el epílogo de este curso tenía que ser dramático. En el minuto 94, en un saque de esquina magistral, Imanol Baz conectó un testarazo inapelable para establecer el 2-2. Un gol estéril para los locales que ya no aspiraban a nada, pero letal para los visitantes, a los que mandó directamente al pozo de la Segunda RFEF. El llanto andaluz se mezcló con el vacío albinegro mientras brotaba una fea y evitable tangana final en la bocana de vestuarios.
El FC Cartagena finaliza en la sexta plaza, a las puertas de una promoción que se esfumó entre lesiones y carambolas ajenas. Queda el consuelo de la Copa del Rey y el recuerdo de una etapa, la de Vélez, que demostró que esta afición está lista para grandes cosas. El invierno futbolístico regresó en primavera, pero que nadie le quite al cartagenerismo lo bailado, fue jodidamente bonito mientras duró.











