Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Opinión |
Beatriz Talegón
Viernes, 05 de Junio de 2026
Beatriz Talegón

No lo entiendo

Llevo días perdiéndome entre autos judiciales, sumarios, agendas manuscritas, declaraciones, audios supuestamente secretos y conversaciones grabadas que aparecen como si fueran piezas de un puzle infectado. Leo, escucho, subrayo, vuelvo atrás. Intento ordenar los hechos, separar lo probado de lo insinuado, lo judicialmente relevante del ruido. Pero hay algo que, por más que lo intento, no consigo entender.

 

No entiendo que la gente grabe conversaciones como quien guarda pólizas de seguro contra el futuro. No entiendo esa necesidad de dejar constancia de todo, de conservar audios, mensajes, notas, frases comprometedoras, como si la vida pública se hubiera convertido en un mercado negro de chantajes diferidos. No entiendo determinadas anotaciones manuscritas, nombres, cifras, reuniones, iniciales, recordatorios escritos en agendas que parecen más propias de una novela sobre bajos fondos que de la administración de un país.

 

No entiendo las dobles vidas. Las triples. Las vidas paralelas sostenidas a base de mentiras, favores, sobresaltos, silencios comprados y teléfonos que arden. No entiendo las supuestas orgías con prostitutas, con seis, con tres, en viajes oficiales o alrededor de quienes manejan poder público. No entiendo esa mezcla obscena de cargo, privilegio, dinero, impunidad y miseria moral. Y digo supuestas porque todavía habrá que probar cada cosa donde corresponde: en los juzgados. Pero lo que ya asoma, lo que se escucha, lo que se lee, lo que aparece en los sumarios, basta para provocar una profunda náusea democrática.

 

No entiendo cómo la política ha terminado convertida en una guerra abierta entre cloacas. Cloacas contra cloacas. Grabaciones contra grabaciones. Dossieres contra dossieres. Filtraciones interesadas, amenazas veladas, policías, empresarios, asesores, comisionistas, confidentes, intermediarios, fontaneros de partido y personajes que entran y salen del escenario como si todos hubieran tenido siempre una llave trasera del Estado.

 

Y mientras tanto, los ciudadanos miramos atónitos. Miramos cómo este sinsentido aberrante, inmoral, y está por ver hasta qué punto ilegal (aunque muchas cosas apuntan muy seriamente en esa dirección) se ha construido a costa de todos. A costa de nuestros impuestos. De esa parte de nuestro esfuerzo diario que entregamos a las arcas públicas con la idea, quizá ingenua pero necesaria, de contribuir al bienestar común.

 

Porque ese dinero no cae del cielo. Ese dinero sale de quien madruga, de quien trabaja enfermo, de quien paga autónomos, de quien llega justo a fin de mes, de quien sostiene una pequeña empresa, de quien encadena turnos, de quien cuida sin cobrar, de quien no puede permitirse fallar. Sale de una sociedad que acepta contribuir porque cree que con ese esfuerzo se sostienen hospitales, colegios, juzgados, carreteras, trenes, presas, servicios sociales, seguridad, dependencia, investigación, cultura. Todo eso que hace que un país merezca ser llamado país.

 

Y por eso me resulta insoportable escuchar a mis amigos médicos de urgencias contarme que están al límite de su propia salud para atender a los pacientes. Que faltan manos, camas, tiempo, medios. Me resulta insoportable escuchar a mis amigos jueces explicar que están desbordados, que la Administración de Justicia necesita una inversión seria, urgente, estructural, no parches ni discursos. Me duele escuchar a profesores que no dan más de sí en aulas saturadas, intentando educar, contener, acompañar y enseñar al mismo tiempo, muchas veces sin recursos suficientes.

 

Miro colegios que deberían estar mejor. Hospitales que no deberían estar así. Carreteras abandonadas. Vías de tren que parecen de otro siglo. Presas, infraestructuras, servicios públicos que reclaman inversión y cuidado. Y, al mismo tiempo, veo cómo la corrupción sale a borbotones por cada rincón. Como si al levantar una alfombra apareciera otra debajo. Como si cada sumario abriera una habitación nueva de una casa podrida.

 

No consigo entender cómo hemos llegado a este nivel de descomposición. Y me hago una pregunta que me inquieta profundamente: ¿siempre fue así y antes no lo sabíamos? ¿O estamos viendo algo nuevo, algo peor, el estallido final de una forma de poder antes de que todo se desmorone?

 

Quizá antes también ocurría, pero no teníamos esta tecnología, esta inmediatez, esta capacidad de ver, escuchar, reenviar, archivar y contrastar. Quizá antes muchas cosas quedaban enterradas en despachos, comidas, hoteles, libretas y llamadas que nadie grababa. Quizá ahora no hay más corrupción, sino más luz. Pero también cabe otra posibilidad: que el sistema haya perdido ya cualquier pudor. Que quienes manejan poder no teman ser descubiertos porque han aprendido que casi todo se puede envolver en relato, en siglas, en trincheras, en “y tú más”, en victimismo o en propaganda.

 

Eso es lo que más me cuesta aceptar: la falta absoluta de respeto. Respeto al dinero público. Respeto a las instituciones. Respeto a los ciudadanos. Respeto a la verdad. Respeto a quienes cumplen la ley, pagan sus impuestos, esperan una cita médica, aguardan una sentencia, llevan a sus hijos a un colegio público, circulan por una carretera mal conservada o viajan en un tren que no debería fallar.

 

No hablo desde la superioridad moral. Hablo desde el cansancio. Desde la perplejidad. Desde la sensación de estar asistiendo a una degradación que ya no se puede maquillar con ruedas de prensa ni consignas. Hablo como ciudadana que no quiere acostumbrarse a esto. Como periodista que intenta ordenar papeles sin perder de vista lo esencial. Como jurista que sabe que hay que respetar la presunción de inocencia, sí, siempre; pero que también sabe que una sociedad no puede esperar a la sentencia firme para reconocer la gravedad política, ética e institucional de lo que está viendo.

 

Porque la legalidad es una cosa. La decencia, otra. Y un país no se sostiene solo con códigos penales. Se sostiene con límites. Con vergüenza. Con responsabilidad. Con la convicción compartida de que no todo vale, de que el poder público no es un botín, de que las instituciones no son una finca, de que los impuestos no son combustible para redes de favores, fiestas privadas, comisiones, silencios y guerras internas.

 

No entiendo muchas cosas de las que estoy leyendo estos días. Y quizá eso sea lo único sano que nos queda: no entenderlo. No normalizarlo. No encogernos de hombros. No convertir la podredumbre en paisaje.

 

Y prefiero no entenderlo, porque entonces, será que me he rendido. 

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.