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Opinión |
María Jamardo
Miércoles, 17 de Junio de 2026
María Jamardo

Las joyas de Zapatero

En un despacho de Ferraz, pagado por el PSOE para el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional encontró, sin querer, un botín digno de Alí Babá y los 40 ladrones. Una caja fuerte que nadie esperaba con 103 piezas de alta joyería conformada por collares con diamantes, esmeraldas, rubíes y zafiros, pulseras de oro blanco, pendientes, sortijas, brazaletes y relojes de marcas exclusivas valoradas, por lo bajo, en 1,3 millones de euros. Ni facturas, ni herencias documentadas, ni explicaciones convincentes, por el momento, sobre las alhajas. Solo silencio y una frase que, ahora, resuena como una bofetada en boca de su autor.


“Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”, decía en público José Luis Rodríguez Zapatero, en 2021, con la solemnidad propia de quien se cree faro moral de una época. El mismo hombre que, desde su salida de La Moncloa diez años antes, se convertía en el valedor internacional del chavismo, el auto proclamado mediador entre la dictadura de Caracas con los presos políticos, mientras se fotografiaba con Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez en una Venezuela hundida por la hambruna, la represión y la diáspora. Hoy, tras la caída del régimen del horror, los documentos de los testaferros y las joyas árabes ocultas en un bunker metálico cuentan otra historia: la de un presunto entramado donde el dolor y las violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos se convirtieron en moneda de cambio para contratos falsos, comercialización de petróleo embargado, oro del Arco Minero y blanqueo de dinero opaco.

 

La Memoria Democrática de Zapatero se ha desintegrado como un azucarillo en un vaso de agua. El ‘apóstol’ de la paz y del diálogo ha aflorado como lo que es, con independencia del alcance penal de sus andanzas, un lobbista a sueldo del poder totalitario. Ni sus procesos de mediación, ni su papel como observador internacional, ni sus proclamas, fueron gratis. El socialista mercadeaba con sus contactos fruto de los años en el Ejecutivo de España, presuntamente, a cambio de accesos a PDVSA (la petrolera estatal venezolana), licencias para comercializar oro, intercambio de divisas y explotación de codiciados recursos naturales, como el níquel.

 

Zapatero fraguó durante décadas alianzas estratégicas muy rentables, al amparo un pacto antinatura para cualquier socialista real: la penuria de millones de personas. Los informes policiales hablan de hasta 8 toneladas de lingotes de oro traslados a Dubái y operaciones con empresas mixtas del Estado chavista. La hipocresía con su discurso resulta obscena. Durante su mandato y después, Zapatero encarnó la izquierda austera, la que criticaba los excesos del Partido Popular y predicaba la redistribución de la riqueza. “Tener poco y compartir mucho”, resuena el mantra en la hemeroteca. En la España de las hipotecas sub prime y el paro juvenil del 50%, sonaba coherente. Pero bajo las alfombras vestidas de justicia social y rescates obscenos de empresas quebradas, más de ocho millones de venezolanos huían de la miseria creada por el socialismo del siglo XXI -hiperinflación, colas del pan, hospitales sin medicinas-, al mismo tiempo que un expresidente español se quedaba las piedras preciosas de Zambia y Tailandia donde la explotación infantil está a la orden del día.

 

Las joyas son una anécdota en el catálogo de delitos que el juez José Luis Calama ha imputado a Zapatero. Sin embargo, son todo un símbolo de la maldad y lo mezquino que puede llegar a ser el relato político. No es la primera vez que el nombre de Zapatero aparece ligado a oscuros intereses latinoamericanos y ahora se sabe que sus vínculos con el régimen de Maduro van más allá de la pura defensa de una ideología a ultranza.

 

La trama salpica a Alex Saab, el testaferro de Maduro sancionado por EE.UU., y a empresas españolas como Duro Felguera en contratos energéticos de la época chavista. Zapatero, según las pesquisas, no era ningún mediador humanitario, ni un hombre “de honor”, como han dicho de él las exministras Magdalena Álvarez y María Jesús Montero. El socialista era un mercantilista con agenda propia. 

 

El PSOE y la izquierda patria -que hoy gobierna para conservar sus escaños, mientras consiente que la Mesa del Parlamento hurte votaciones a una mayoría para evitar reveses a Sánchez- son los mismos que encumbraron a Zapatero como referente ético a cargo de una Alianza de Civilizaciones que ha resultado ser terroríficamente rentable. Un fake dialogante que se sentó a la mesa de dictadores mientras sus socios, supuestamente, blanqueaban los recursos saqueados de países repletos de recursos y gentes con más dignidad que cualquier de sus gobernantes. Zapatero ‘el austero’ guardaba en una caja fuerte un tesoro que ningún venezolano, ni los españoles, verán jamás.

 

Hoy, mientras en los estertores de una legislatura fallida se habla de amnistías y pactos, la Audiencia Nacional pondrá el acento en lo relevante. Zapatero lo negará, como ha hecho siempre. Dirá que todo es una campaña orquestada por la oposición política para desacreditarle, que su labor siempre fue humanitaria, que las joyas son legítimas. En su contra, los hechos objetivos -investigaciones policiales, tasaciones, testimonios- y las evidencias localizadas por la Inteligencia americana que dibujan un retrato muy distinto: el del socialista que se envolvía en santidad para poner en práctica los siete pecados capitales, el que usaba la necesidad ajena como palanca.

 

En España, donde la mayoría de la gente trabaja duro y paga religiosamente sus impuestos, estas historias generan más que indignación. Generan asco, rabia e incredulidad. ¿Cómo un expresidente que encarnaba la izquierda solidaria termina envuelto en un escándalo que mezcla presos venezolanos, oro ilícito y joyas de lujo sin justificar? La respuesta, quizá, esté en esa contradicción esencial del populismo de la izquierda que pasa por predicar igualdad y austeridad mientras vive en la opulencia de la casta.


Zapatero tiene derecho a presumirse inocente y defenderse. La Audiencia Nacional, decidirá. Pero la crónica negra ya está escrita en las agendas, en los lingotes y en esa caja fuerte que nunca pensó que se abriría. El hombre que, pontificaba con la humildad, atesoraba demasiado. Y lo guardaba mientras otros lo perdían todo. Ésa es, al final, la verdadera joya incómoda de este caso. La mezquindad y la avaricia convertidas en evidencias.

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