El seguro de vida del S-80

Durante mucho tiempo, el programa S-80 ha sido analizado casi exclusivamente desde la perspectiva de sus problemas. Los retrasos, las modificaciones de diseño o los incrementos de coste han monopolizado gran parte del debate público, eclipsando una cuestión fundamental como es la capacidad que iba a aportar realmente este submarino a la Armada Española. Es rasgo diferenciador no es otro que la que le proporciona una autonomía real más allá de la que proporciona el combustible.
Estamos hablando de la Propulsión Independiente del Aire (AIP), que se ha empezado a probar embarcándolo en el S-83 Cosme García. No es sólo relevante para el sumergible sino para España, que se encuentra a punto de disponer de una capacidad submarina que cambia de manera sustancial el potencial operativo de la Armada.
El AIP es una tecnología que permite a los submarinos convencionales operar durante largos periodos bajo el agua sin necesidad de salir a la superficie o utilizar el tubo de snorkel para recargar sus baterías.
Conviene recordar que el objetivo del programa S-80 fue desarrollar un submarino oceánico propio, con un elevado grado de autonomía tecnológica y equipado con el AIP, capaz de situarlo entre los submarinos convencionales más avanzados del mundo. Como se ve, una meta mucho más ambiciosa que meramente sustituir a la serie S-70.
Es precisamente en este punto donde el AIP adquiere toda su relevancia. En la realidad tangible, la principal limitación de cualquier submarino convencional es su dependencia energética. Por muy silencioso que sea, por muy sofisticados que sean sus sensores o por muy potente que sea su armamento, tarde o temprano necesita recargar baterías. Y cada vez que un submarino debe emerger a la superficie aumenta exponencialmente el riesgo de ser detectado.
La guerra submarina moderna sigue girando alrededor de una idea tan simple como decisiva: quien ve primero, vence; quien es visto primero, pierde. La discreción continúa siendo el principal activo de cualquier submarino. Por eso la capacidad de permanecer sumergido durante semanas sin necesidad de subir a la superficie resulta de facto un multiplicador estratégico de primer orden.
A diferencia de otros sistemas de armas, el submarino ejerce gran parte de su efecto sin necesidad de actuar, funcionando como instrumento de disuasión. Basta con que exista la posibilidad de que se encuentre en una determinada zona para obligar al adversario a modificar sus planes, desplegar medios antisubmarinos o asumir riesgos adicionales. La incertidumbre que genera un buque que opera bajo el horizonte del mar es, en sí misma, una forma de poder militar. Y cuanto más tiempo puede permanecer oculto, mayor es esa incertidumbre.
Por ello el verdadero salto que representa el AIP no debe medirse únicamente en días adicionales de inmersión, sino también en términos de libertad de acción para la Armada. Un submarino con mayor permanencia bajo el agua puede vigilar más tiempo, recopilar más inteligencia, mantenerse más cerca de una zona de interés y hacerlo con menores probabilidades de ser localizado. Por tanto puede cumplir mejor las misiones que justifican la existencia de una fuerza de este tipo.
Es cierto que el S-80 seguirá siendo recordado como un programa complejo y accidentado. Probablemente será estudiado durante años como ejemplo de los riesgos inherentes a los grandes proyectos tecnológicos de defensa.
Con las pruebas del AIP está en juego la consolidación de una capacidad estratégica que determinará la eficacia de la fuerza submarina española durante las próximas décadas y que siente las bases del futuro programa S-90.
El programa S-80 empieza a demostrar que su verdadera aportación era dotar a la Armada convertir a la fuerza submarina española en una herramienta mucho más relevante para los desafíos del siglo XXI.



















