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Opinión | El Periscopio
Sebastián Hidalgo
Jueves, 25 de Junio de 2026
Sebastián Hidalgo

De Trafalgar al siglo XXI

La relación entre España y el Reino Unido ha estado marcada durante siglos por una intensa rivalidad. Ese enfrentamiento entre la pérfida Albión, para los ibéricos, y la nación de la leyenda negra, para los isleños, ha tenido una de sus expresiones más importantes en el dominio de los mares.

 

Desde la expansión de ambos imperios entre los siglos XVI y XIX ese fue un elemento clave de su poder político, económico y militar. Episodios como la Armada Invencible o la Batalla de Trafalgar reflejan una competencia que contribuyó al ascenso de la Royal Navy como principal potencia naval mundial. Hoy, sin embargo, la comparación entre ambas marinas se centra menos en la hegemonía marítima y más en sus capacidades tecnológicas e industriales.

 

La principal diferencia entre ambas fuerzas navales radica en su misión estratégica. La Royal Navy mantiene una vocación global, heredera de siglos de tradición marítima y de los intereses internacionales del Reino Unido. Su estructura está diseñada para operar a gran distancia de sus bases, proteger rutas comerciales, participar en operaciones expedicionarias y garantizar la disuasión nuclear británica.

 

La Armada Española, por el contrario, centra sus esfuerzos en la defensa de los intereses nacionales, el Mediterráneo, el Atlántico y las operaciones aliadas dentro de la OTAN. Su objetivo no es competir en tamaño con las grandes marinas mundiales sino disponer de capacidades modernas y eficaces adaptadas a sus necesidades estratégicas.

 

Esta diferencia resulta especialmente interesante al analizar sus programas navales. A pesar de contar con un presupuesto muy superior, el Reino Unido ha experimentado dificultades en algunos de sus proyectos más innovadores. Los destructores Type 45, considerados entre los mejores buques de defensa aérea del mundo, sufrieron problemas de propulsión que obligaron a costosas modificaciones tras su entrada en servicio. Del mismo modo, los portaaviones HMS Queen Elizabeth y HMS Prince of Wales acumularon retrasos, sobrecostes y diversos problemas técnicos durante sus primeros años operativos.

 

España, en cambio, ha seguido una estrategia más pragmática. Con recursos más limitados, ha apostado por desarrollar plataformas altamente competitivas y ajustadas a sus necesidades operativas. El mejor ejemplo es la clase Álvaro de Bazán, cuyas fragatas equipadas con el sistema AEGIS situaron a la Armada Española entre las referencias mundiales en defensa aérea naval. Su éxito demostró que era posible desarrollar buques de primer nivel capaces de operar junto a las marinas más capaces del mundo.

 

Esta filosofía continúa con la ya tangible clase F-110. Diseñadas para la guerra antisubmarina y las operaciones en red, estas fragatas incorporarán tecnologías avanzadas como sensores de última generación, sistemas altamente automatizados y el concepto de gemelo digital. España ha apostado por la calidad antes que la cantidad, el tonelaje pesa menos que la tecnología.

 

Otro caso destacable es el submarino S-80. España logró superar todas las dificultades que surgieron sin cancelarlo y manteniendo el control sobre tecnologías extremadamente complejas. Gracias a ello se ha incorporado al reducido grupo de estados capaces de diseñar y construir submarinos avanzados de forma prácticamente autónoma, reforzando su base industrial y tecnológica.

 

La comparación entre ambas marinas se sustancia en que la Royal Navy sigue siendo una fuerza global con capacidades que España no posee, especialmente en el ámbito de los portaaviones y los submarinos. Sin embargo, la Armada Española ha conseguido situarse entre las marinas más avanzadas de Europa y desarrollar una industria naval capaz de competir internacionalmente. La distancia es hoy mucho menor de lo que muchos imaginan.

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