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Opinión |
Beatriz Talegón
Viernes, 26 de Junio de 2026
Beatriz Talegón

Superar las dos Españas

Mi generación ha crecido en una España muy distinta a la de nuestros abuelos. Ellos sí estuvieron en bandos diferentes, algunos en el frente, otros en la retaguardia, unos vencedores, otros vencidos. Y, sin embargo, muchos eligieron el silencio después. No por indiferencia, sino por respeto: para no inocularnos el odio de la sinrazón ni la venganza heredada. Nos enseñaron, con su manera de callar, que el dolor no se transmite como legado, que el rencor no puede ser una forma de educación política.



Hoy, en cambio, vemos a dirigentes que hacen justo lo contrario: usan la Guerra Civil, la dictadura, las cárceles y los fusilamientos como munición retórica en el Congreso, con tal de debilitar al adversario y evitar hablar de lo que realmente los compromete, empezando por la corrupción sistémica que representan casos como el de las mascarillas. Mientras el Tribunal Supremo detalla comisiones, mordidas y una trama que se embolsa cientos de miles de euros en contratos públicos, la batalla política se desplaza a quién fue hijo de quién, quién tiene el abuelo “equivocado”, quién lleva más décadas de “pureza democrática”.
 

La gente de nuestra generación, que ha sabido entender que nuestros abuelos estuvieron en bandos enfrentados y que aun así decidieron convivir, no necesita que le expliquen con épica barata lo que fue la Guerra Civil. Lo que necesitamos, y exigimos, es conocer juntos la historia –toda, con sus luces y sus sombras– para sacar de ella una lección común: el odio no puede ser herramienta legítima de la política. Ni para blanquear nostalgias autoritarias, ni para tapar tramas de corrupción, ni para convertir cada caso judicial en arma de destrucción masiva contra la confianza en la justicia.
 

Si algo nos diferencia de quienes vivieron el 36 es que hemos socializado en democracia, con derechos, elecciones y pluralismo. Sabemos que el franquismo no fue “un periodo de orden” sino un régimen de represión y miedo, y a la vez sabemos que la democracia actual tiene fallos serios: corrupción, captura de instituciones, discursos extremos. Precisamente por eso queremos que la política se ponga a trabajar en lo que importa y deje de convertir el pasado en cortina de humo. Que se investigue y se sancione la corrupción; que se explique con claridad por qué alguien es condenado y otro se libra de la cárcel; que se reforme lo que haya que reformar en justicia y administración. Pero que se deje de usar el rencor histórico como tapadera de esa pereza moral.
 

España no necesita otra guerra de dos bandos; necesita una memoria compartida y una política adulta. Una memoria que cuente la verdad de lo que pasó –para que nadie quiera repetirlo– y una política que renuncie, de una vez, a utilizar el odio como combustible para campañas y tertulias. Lo contrario es traicionar el silencio digno de nuestros abuelos y la confianza que, con todas sus dudas, todavía tenemos en la democracia que nos hicieron posible.

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