
Apenas es 1 de julio y la campaña de abonados del Real Murcia ha arrancado a un ritmo frenético, superando ya la barrera de los 3.000 fieles y con una tendencia al alza que demuestra que el murcianismo está más vivo que nunca. Tras 13 años alejados del fútbol profesional, la ilusión no se ha desgastado; al contrario, se palpa en cada rincón de la ciudad.
El optimismo no es casualidad. A diferencia de otros veranos marcados por la improvisación, la dirección deportiva ha hecho los deberes temprano. Con la pretemporada a escasas dos semanas de comenzar, gran parte de la estructura de la plantilla ya está muy avanzada, lo que permitirá al nuevo técnico trabajar con un bloque sólido desde el primer día de entrenamientos. El encargado de dirigir esta nave hacia el ansiado fútbol profesional es Sergi Guilló. El joven y estratega técnico se pone al frente del banquillo grana con la difícil, pero estimulante misión de armar un equipo competitivo, valiente y con la identidad necesaria para ser el gran ogro de la categoría.
El objetivo es único, claro y sin paños calientes: el asalto definitivo a la Segunda División. Trece años de espera son demasiados para un club histórico, y este verano, la comunión entre plantilla, cuerpo técnico y una afición volcada invita a pensar que, esta vez sí, el Real Murcia está listo para volver al lugar que le corresponde.









