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Opinión |
María Jamardo
Lunes, 06 de Julio de 2026
María Jamardo

Patria y honor

En los pueblos más aislados de la sierra granadina, en las carreteras secundarias que serpentean entre montañas en León, en las costas azotadas por el oleaje del Estrecho o en los puertos pesqueros de las rías gallegas donde se descargan los fardos de la miseria ajena, siempre están los hombres y mujeres que se visten el uniforme verde y, cada mañana, pese a la adversidad, las dificultades y la falta de medios, eligen la entrega a los demás, cumplir con el deber y la lealtad de una vocación que hace de la Guardia Civil una institución nacida del sacrificio y forjada en el honor.

 

“El honor es mi divisa”, reza su lema mientras el alma, el corazón y la vida entera se abandona “todo por la patria” en un latido que no se apaga ni cuando las tormentas políticas más crudas ensucian el uniforme desde la cúpula. Pese a los escándalos, las insidias y los intereses partidistas, la Benemérita sigue siendo, en 2026, el pilar silencioso de la seguridad de todos, la única referencia de muchos pequeños pueblos del medio rural y la garantía de las cosas bien hechas en la lucha contra la corrupción.

 

No importa si hablamos de agentes que se recorren miles de kilómetros cada jornada, lejos de cualquier apoyo inmediato; si pensamos en quienes se juegan el tipo en una lucha sin cuartel contra las narcolanchas de los traficantes, desmantelan laboratorios de drogas en naves industriales remotas; o si reconocemos el valor de quienes rescatan a los montañeros perdidos en condiciones extremas -que harían retroceder a cualquiera que no vistiese ese uniforme- y protegen el medio ambiente sin descanso. La UCO, el Seprona, la UEI, el malogrado GRECO o los GREIM han liderado en los últimos años la lucha contra el crimen organizado, superando el millar de operaciones, acumulando cientos de detenciones e incautando decenas de toneladas de cocaína y hachís en el campo de Gibraltar y en las costas andaluzas.

 

Lejos del éxito, de los números fríos y de las meras estadísticas, están los guardias que pasan meses de noches en vela, que dejan a sus hijos durmiendo para salir de madrugada hacia una entrada y registro, tras meses de seguimiento, que arriesgan su integridad física frente a bandas armadas o que se miden en lanchas frente a las gomas de los malos entre las olas del mar.

 

Hay agentes que han caído en acto de servicio a lo largo de los años, víctimas del terrorismo de ETA primero, y después, de bandas organizadas o de accidentes, muchos de ellos evitables, cumpliendo con su misión. Muchas madres, viudas y huérfanos siguen llevando el peso de una ausencia que la sociedad española apenas recuerda salvo en las fechas señaladas. Esa es la Guardia Civil de carne y hueso, la que trabaja, la que sangra y la que, aun así, mantiene la serenidad y la firmeza que exige su Código Ético, su Cartilla y su Reglamento interno.
El decálogo del Cuerpo no admite matices: honor, lealtad, sacrificio, disciplina y vocación de servicio por la patria y entrega a la defensa de la Constitución. No hay lugar para la componenda ni para el interés personal. El guardia civil que patrulla un pueblo de la España vaciada no se pregunta por el color político del alcalde, ni por la ideología del vecino en cuyo auxilio acude. Solo cumple y lo hace con la convicción profunda de que su uniforme representa algo superior a cualquier contingencia. Por encima de todo, la seguridad de los españoles y la integridad de las instituciones.

 

Por eso resulta especialmente doloroso -aunque necesario- señalar el contraste de los mandos salpicados de corrupción con los guardias civiles que siguen entregados a su misión con abnegación ejemplar, la diferencia entre quienes han accedido a los puestos de dirección por designación política protagonizando escándalos que manchan la imagen de la institución desde arriba, frente a quienes se avergüenzan de ellos. Y hay que decirlo en voz alta para salvar la imagen del Cuerpo, poner en valor la calidad de los mandos intermedios y ensalzar el compromiso inquebrantable de la tropa pese a que, en ocasiones, como ahora, la cúpula se ha convertido en foco de erosión del prestigio y de la confianza.

 

Sin embargo, lejos de desfallecer, la respuesta de la base ha sido admirable desde las comandancias provinciales hasta los tenientes que más presiones han recibido dentro de la Unidad Central Operativa (UCO). Todos han seguido trabajando con la misma profesionalidad y el mismo rigor, como si las turbulencias de los despachos no existieran, desencriptando las tramas de blanqueo más complejas.

 

La Guardia Civil ha demostrado, una vez más, que la fuerza moral de la institución reside en sus hombres y mujeres de a pie y no en los cargos más próximos al poder de turno para quienes “Patria y Honor” no parecen ser más que palabras vacías. La Guardia Civil de base mantiene el compromiso diario de quien sale de casa sin saber si volverá, de quien acompaña a una anciana en un pueblo olvidado por todos o de los que arriesgan la vida para que otros puedan vivir tranquilos. Ésa es la Guardia Civil que merece el reconocimiento de los españoles porque no se doblega ante las presiones políticas, ni negocia su integridad, ni olvida que la ley es la única esperanza de la civilización que aún llega a muchos rincones de España.

 

La Guardia Civil no pertenece a ningún gobierno. Pertenece a España. Y quienes la dirigen tienen la obligación moral -y legal- de preservar ese legado intacto.


Mientras en las carreteras, en los montes, en los puertos y en los cuarteles, los guardias civiles continúan sirviendo con entrega y honor a una Patria que, a veces, parece no merecerlos sólo cabe exigir que al frente de su dirección vuelvan a situarse profesionales de trayectoria intachable, ajenos a cuotas partidistas y a intereses espurios.

 

La verdadera Guardia Civil no está en las cloacas de algunos despachos. Está en el barro de los caminos, en el frío de las madrugadas, en el sinsabor de los años de plomo y en el coraje de quienes, cada día, por encima de todo y de todos, siguen firmes a su juramento solemne: «¡Sí, lo hacemos!». Que nunca se olvide, que nadie lo ensucie y que viva, siempre honrada, la Guardia Civil.​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​

 

 

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