La Armada y los drones

La reciente cumbre de la OTAN celebrada en Ankara ha dejado el mensaje de que los drones se han convertido en una de las mayores amenazas de la Alianza Atlántica, pero también en una gran oportunidad.
No es casualidad que los treinta y dos miembros de la coalición hayan aprobado un programa de 40.000 millones de dólares destinado al desarrollo de tecnologías antidron durante los próximos cinco años. La experiencia de la guerra en Ucrania, los ataques en el mar Negro y la inestabilidad en el mar Rojo, han demostrado que un sistema no tripulado de bajo coste puede poner en jaque plataformas militares valoradas en cientos de millones de euros.
España no es ajena a esta realidad. La noticia de que las futuras fragatas F-110 incorporarán el sistema DRIS de protección antidron constituye una excelente decisión y demuestra que la Armada es consciente del cambio que está experimentando la guerra naval. Detectar, identificar y neutralizar drones mediante guerra electrónica e inteligencia artificial es una capacidad del futuro que se ha transformado en una necesidad del presente.
Sin embargo, el esfuerzo no debería limitarse únicamente a los buques de nueva construcción. La Armada Española cuenta con una flota mucho más amplia: las fragatas F-100, los Buques de Acción Marítima, el buque de proyección estratégica Juan Carlos I, los buques anfibios de la clase Galicia y numerosas unidades logísticas que podrían verse expuestas a ataques con drones en cualquier despliegue internacional.
Los conflictos recientes han cambiado por completo las reglas del combate naval. Siguen haciendo falta, por supuesto, radares y sofisticados misiles antiaéreos. Pero como hoy es posible saturar las defensas de un buque mediante enjambres de drones baratos o municiones merodeadoras que obligan a emplear sistemas de defensa mucho más costosos, es evidente que los sistemas antidron son un elemento imprescindible para garantizar la supervivencia de cualquier unidad naval, para luchar contra esa flagrante asimetria.
La inversión aprobada por la OTAN supone, además, una oportunidad para la industria española de defensa, de las que ya hemos hablado en estos artículos en alguna ocasión. Empresas nacionales ya participan en el desarrollo de estas tecnologías y podrían convertirse en actores relevantes dentro de los futuros programas de adquisición conjunta impulsados por la Alianza. Apostar por estos sistemas no solo reforzaría la seguridad de nuestros buques, sino que también impulsaría la innovación, el empleo cualificado y la autonomía tecnológica de España.
La incorporación del sistema DRIS a las F-110 es una magnífica noticia, y debe entenderse como el primer paso de una estrategia más ambiciosa. La amenaza de los drones no distingue entre un buque recién construido y otro que lleva años en servicio. Si la OTAN considera prioritario invertir miles de millones en esta capacidad, España no debería conformarse con proteger únicamente una parte de su flota.
La guerra naval está cambiando a una velocidad sin precedentes. Adaptarse es una obligación. Dotar progresivamente a todos los buques de la Armada de sistemas específicos de protección antidron no solo reforzará su capacidad de supervivencia, sino que garantizará que nuestros marinos puedan cumplir sus misiones con mayores garantías en un escenario cada vez más complejo e imprevisible.




















