El cordobés Francisco Ocón durante una de sus actuaciones.Hay noches en las que el aire de la comarca del Mar Menor parece detenerse para escuchar el lamento y la quiebra de una voz. En el sagrado recinto del Festival Internacional Cante de Lo Ferro, la edición de 2026 ha escrito una de sus páginas más brillantes tras coronar a Francisco Ocón Cuadrado como el gran triunfador del certamen. El cantaor se alzó con el venerado 'Melón de Oro 2026', la distinción máxima que lo sitúa en la estirpe de los intérpretes más completos, aquellos capaces de dominar los secretos de la fragua, la mina y el compás con igual maestría.
Bajo la atenta mirada de un público entregado y sobre las tablas donde el flamenco se despoja de artificios, la velada alcanzó uno de sus picos de mayor emoción poética con el fallo del trofeo 'Fosforito'. El codiciado galardón, destinado a premiar la mejor ejecución de la ferreña —el cante matriz y seña de identidad de este rincón murciano—, viajó en esta ocasión hasta tierras andaluzas de la mano de la jienense Julia Moreno Herrador. Su interpretación, mecida por el respeto a la estrofa y una sensibilidad que sobrecogió al auditorio, la encumbró como reina indiscutible del cante de la tierra.
El veredicto del jurado continuó desgranando el talento de una nómina de finalistas de finísimo calibre técnico. En el apartado de 'Cante Aflamencado', el pellizco y la elegancia de Emilio Chaparro Serrano le valieron el reconocimiento en una modalidad que exige tanta ductilidad como temple. Por su parte, la pureza y el rigor de María González García se impusieron en la categoría de 'Cantes Básicos', rindiendo honores a los cimientos más solemnes y ancestrales del arte jondo. La fiesta y la cadencia tuvieron también su justo tributo en las manos y la garganta de Susana Romero Alonso, quien con un dominio impecable del compás se adjudicó la distinción en los 'Cantes de Ritmo'.
Con el eco de los aplausos aún resonando en la madrugada ferreña y los trofeos alzados al cielo, esta edición no solo corona a sus nuevos maestros, sino que vuelve a certificar la vitalidad inagotable del flamenco: un arte antiguo que encuentra en Lo Ferro el templo idóneo para seguir renaciendo año tras año.











