Contra la mediocridad
Un día escuché decir a un propio que le era imposible prosperar en la vida porque no tenía un apellido ilustre, reflexión que remataba enumerando a unos cuantos miembros de “la Murcia de toda la vida” que habían logrado un mejor estatus que él por supuestos favores de cuna. No le repliqué, supongo que por respeto a lo que entonces pensaba era relación de amistad, que su afirmación no solo obviaba los méritos que pudieran haber acumulado esos que presuntamente lo tuvieron tan fácil” por ser hijos de papá sino que además era la típica justificación del mediocre.
Y es que el mediocre nace, pero sobre todo se hace a conciencia. Es un ser de toxicidad altamente contagiosa contra la que no hay antídoto. Un profesional del conformismo, un discapacitado para la motivación. Un rebelde de pacotilla que se parapeta en la barra de algún bar y pide lo de siempre: dos terceras partes de envidia, una más de cobardía y unas gotitas de pura amargura. Todo agitado o batido, que para el caso es lo mismo.
No es de extrañar que en España sigamos sumidos en esta crisis que nadie, por experto que sea, sabe cuándo va a acabar. La mediocridad ha sustituido a méritos y valores como puerta de acceso a la promoción. En los años previos a la crisis, nuestro país se comportó como un nuevo rico hortera incapaz de asumir que tenía los bolsillos llenos, preocupado de vivir como si no hubiera mañana. Acabado el sueño, la realidad nos pilló como al lobo del cuento, con la barriga demasiado llena para levantarse.
Huérfanos de líderes más allá del deporte, que proporciona ese orgasmo anestesiante que abstrae de otras realidades, nos vemos metidos en un agujero del que no sabemos salir solos. Y eso hace que nos indignemos, que carguemos la culpa sobre quienes tenían la responsabilidad de guiarnos y de gestionar la riqueza que durante muchos años fue capaz de generar esta España en bancarrota económica y espiritual.
Pero esa búsqueda permanente de evasiones no oculta las carencias de un país perdido en luchas de identidad que nos hacen lucir aún más feos en el exterior. Queremos que la gente venga a nuestra fiesta y a cambio les recibimos con cualquier trapito, las bebidas calientes y las bandejas vacías, y así no vuelven las visitas.
Es muy fácil hacer clichés y el nuestro lo fabricó, muy a nuestro pesar, The New York Times. En España se ha traspasado ya el umbral de la pobreza y vivimos con la cabeza metida en los contenedores. Las imágenes que dieron la vuelta al mundo serían más o menos exageradas, pero la realidad es que los pobres son más pobres, la clase media también se ha empobrecido y los ricos siguen siendo ricos. Presumimos de riqueza de contrastes, pero volvemos la mirada ante el principal.
España es ahora mismo un enfermo con respiración asistida al que rodea un amplio equipo de médicos muy pendiente de la más ligera variación de su estado. Le queda poco más que la honrilla, esa que se salva cuando te han metido cinco y haces el gol del honor.
Me ha inspirado este artículo la imagen del presidente de Méjico firmando un Pacto de Estado junto a su oposición política, con propósito de enmienda y ganas de mejorar. No sabemos en qué quedará luego el acuerdo y si se materializará o será sustituido por la típica reyerta de bandos, pero la mera escenificación de esa apelación al orgullo patrio me pareció digna de mención.
Es impensable que suceda lo mismo en esta nación de pandereta y sin alma que, como mi ex amigo, culpa a los demás de su mediocridad. Y cuyo proyecto común es ahora mismo una maqueta de cartón piedra que arde por los cuatro costados.
Y es que el mediocre nace, pero sobre todo se hace a conciencia. Es un ser de toxicidad altamente contagiosa contra la que no hay antídoto. Un profesional del conformismo, un discapacitado para la motivación. Un rebelde de pacotilla que se parapeta en la barra de algún bar y pide lo de siempre: dos terceras partes de envidia, una más de cobardía y unas gotitas de pura amargura. Todo agitado o batido, que para el caso es lo mismo.
No es de extrañar que en España sigamos sumidos en esta crisis que nadie, por experto que sea, sabe cuándo va a acabar. La mediocridad ha sustituido a méritos y valores como puerta de acceso a la promoción. En los años previos a la crisis, nuestro país se comportó como un nuevo rico hortera incapaz de asumir que tenía los bolsillos llenos, preocupado de vivir como si no hubiera mañana. Acabado el sueño, la realidad nos pilló como al lobo del cuento, con la barriga demasiado llena para levantarse.
Huérfanos de líderes más allá del deporte, que proporciona ese orgasmo anestesiante que abstrae de otras realidades, nos vemos metidos en un agujero del que no sabemos salir solos. Y eso hace que nos indignemos, que carguemos la culpa sobre quienes tenían la responsabilidad de guiarnos y de gestionar la riqueza que durante muchos años fue capaz de generar esta España en bancarrota económica y espiritual.
Pero esa búsqueda permanente de evasiones no oculta las carencias de un país perdido en luchas de identidad que nos hacen lucir aún más feos en el exterior. Queremos que la gente venga a nuestra fiesta y a cambio les recibimos con cualquier trapito, las bebidas calientes y las bandejas vacías, y así no vuelven las visitas.
Es muy fácil hacer clichés y el nuestro lo fabricó, muy a nuestro pesar, The New York Times. En España se ha traspasado ya el umbral de la pobreza y vivimos con la cabeza metida en los contenedores. Las imágenes que dieron la vuelta al mundo serían más o menos exageradas, pero la realidad es que los pobres son más pobres, la clase media también se ha empobrecido y los ricos siguen siendo ricos. Presumimos de riqueza de contrastes, pero volvemos la mirada ante el principal.
España es ahora mismo un enfermo con respiración asistida al que rodea un amplio equipo de médicos muy pendiente de la más ligera variación de su estado. Le queda poco más que la honrilla, esa que se salva cuando te han metido cinco y haces el gol del honor.
Me ha inspirado este artículo la imagen del presidente de Méjico firmando un Pacto de Estado junto a su oposición política, con propósito de enmienda y ganas de mejorar. No sabemos en qué quedará luego el acuerdo y si se materializará o será sustituido por la típica reyerta de bandos, pero la mera escenificación de esa apelación al orgullo patrio me pareció digna de mención.
Es impensable que suceda lo mismo en esta nación de pandereta y sin alma que, como mi ex amigo, culpa a los demás de su mediocridad. Y cuyo proyecto común es ahora mismo una maqueta de cartón piedra que arde por los cuatro costados.





















