Máster gratis
Cuando uno sigue el rastro zigzagueante que dejan los políticos que en su momento influyeron de manera decisiva en el devenir del país y, por lo tanto, en las vidas y haciendas de sus habitantes, y les localiza en su comedero actual, cada vez tiene más la sensación de que en el fondo les ha estado pagando un máster en relaciones supranacionales y locales que a la postre les ha reportado pingües beneficios. El ejercicio de su actividad pública presuntamente dirigida al bien común y al interés general les ha supuesto tal número de conexiones y tan abundante cantidad de influencias que al final, cuando se apartan de su noble cometido asumido a sabiendas de que tenía fecha de caducidad, en vez de poner proa hacia el retiro espiritual en olor de sabiduría orientan sus pasos hacía un jolgorio de lo más material.
Los casos de los dos ex presidentes que continúan -uno menos que otro- en pleno uso de sus facultades mentales son significativos. José María Aznar se mueve como pez en el agua en el consejo de administración de Endesa y su predecesor en el cargo, Felipe González, chapotea en el de Gas Natural. ¿Les querrán ambas compañías por los conocimientos en materia energética que han acumulado en cursillos acelerados de capacitación o por el entramado de vínculos perpetuos y amistades interesadas que establecieron durante sus dilatadas carreras políticas? ¿Les pagarán las abultadas nóminas que perciben porque ellos solitos se las apañarán con sus asesorías para resolver la penuria de recursos que soporta el país o porque sus agendas en cuero repujado, que estrenaron cuando desembarcaron en la política, están ahora plagadas de números de teléfonos que alternan presidentes de grandes corporaciones internacionales con primeros o ex primeros ministros, reyezuelos y dictadorzuelos?
Pero hay más. Manuel Marín, que cuando se quedó a verlas venir en el PSOE tras pasar por la Presidencia del Congreso de los Diputados y por la Comisión Europea apostó brevemente por el regreso a la Universidad, vela armas como mandamás de la Fundación Iberdrola, ente que uno no sabe muy bien para qué sirve como no sea para engordar una nómina de trabajadores de lujo a los que luego acabamos pagando entre todos con el recibo de la luz. O el ex ministro de Defensa Narcís Serra, cuya aportación consejeril también al sanedrín de Gas Natural lleva a pensar en estos tiempos convulsos que lo que mueve montañas no es la fe sino el power, que diría el cuate de Bush con acento de Texas en alguna de sus conferencias magistrales.
O Eduardo Zaplana, ex ministro, ex alcalde, ex portavoz parlamentario, ex jefe de la Generalitat Valenciana, inventor del transfuguismo como obra de arte y ejecutor de parques temáticos ruinosos, que una vez defenestrado por Mariano Rajoy tras perder éste las primeras elecciones en las que optaba como cabeza de cartel, y después de asegurar con su habitual aplomo que iba a seguir siendo un diputado de a pie, buscó acomodo en la división internacional de Telefónica, o algo así, para seguir manteniendo desde la hermosa ciudad de Praga el tono muscular y el bronce uva. Se ignora si ha hecho algo o no en beneficio de la misma empresa que abandonó el que fuera compañero de pupitre de Aznar, Juan Villalonga, con el riñón forrado en medio de un escándalo de notables dimensiones periodísticas y escasos efectos punitivos.
Sin duda que hay políticos con pedigrí que han vuelto a sus orígenes profesionales una vez que dieron por finiquitado su paso por la gestión pública, bien por la fuerza de la disciplina partidaria y por la lucha cainita que entraña la inclusión o exclusión en las candidaturas electorales, bien por decisión propia. Pero son raras avis cuyo discreto vuelo posterior queda ensombrecido por el majestuoso batir de alas de los compañeros que anidan en confortables riscos sin enemigos naturales y poniendo los huevos en cuantos más nidos, mejor.
Los casos de los dos ex presidentes que continúan -uno menos que otro- en pleno uso de sus facultades mentales son significativos. José María Aznar se mueve como pez en el agua en el consejo de administración de Endesa y su predecesor en el cargo, Felipe González, chapotea en el de Gas Natural. ¿Les querrán ambas compañías por los conocimientos en materia energética que han acumulado en cursillos acelerados de capacitación o por el entramado de vínculos perpetuos y amistades interesadas que establecieron durante sus dilatadas carreras políticas? ¿Les pagarán las abultadas nóminas que perciben porque ellos solitos se las apañarán con sus asesorías para resolver la penuria de recursos que soporta el país o porque sus agendas en cuero repujado, que estrenaron cuando desembarcaron en la política, están ahora plagadas de números de teléfonos que alternan presidentes de grandes corporaciones internacionales con primeros o ex primeros ministros, reyezuelos y dictadorzuelos?
Pero hay más. Manuel Marín, que cuando se quedó a verlas venir en el PSOE tras pasar por la Presidencia del Congreso de los Diputados y por la Comisión Europea apostó brevemente por el regreso a la Universidad, vela armas como mandamás de la Fundación Iberdrola, ente que uno no sabe muy bien para qué sirve como no sea para engordar una nómina de trabajadores de lujo a los que luego acabamos pagando entre todos con el recibo de la luz. O el ex ministro de Defensa Narcís Serra, cuya aportación consejeril también al sanedrín de Gas Natural lleva a pensar en estos tiempos convulsos que lo que mueve montañas no es la fe sino el power, que diría el cuate de Bush con acento de Texas en alguna de sus conferencias magistrales.
O Eduardo Zaplana, ex ministro, ex alcalde, ex portavoz parlamentario, ex jefe de la Generalitat Valenciana, inventor del transfuguismo como obra de arte y ejecutor de parques temáticos ruinosos, que una vez defenestrado por Mariano Rajoy tras perder éste las primeras elecciones en las que optaba como cabeza de cartel, y después de asegurar con su habitual aplomo que iba a seguir siendo un diputado de a pie, buscó acomodo en la división internacional de Telefónica, o algo así, para seguir manteniendo desde la hermosa ciudad de Praga el tono muscular y el bronce uva. Se ignora si ha hecho algo o no en beneficio de la misma empresa que abandonó el que fuera compañero de pupitre de Aznar, Juan Villalonga, con el riñón forrado en medio de un escándalo de notables dimensiones periodísticas y escasos efectos punitivos.
Sin duda que hay políticos con pedigrí que han vuelto a sus orígenes profesionales una vez que dieron por finiquitado su paso por la gestión pública, bien por la fuerza de la disciplina partidaria y por la lucha cainita que entraña la inclusión o exclusión en las candidaturas electorales, bien por decisión propia. Pero son raras avis cuyo discreto vuelo posterior queda ensombrecido por el majestuoso batir de alas de los compañeros que anidan en confortables riscos sin enemigos naturales y poniendo los huevos en cuantos más nidos, mejor.






















