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Opinión |
Viernes, 21 de Enero de 2011

Los nuevos apestados

Los nuevos apestados se parecen a los exhibicionistas en que suelen llevar el cuello del abrigo o de la gabardina subido hasta las orejas. Eso sí, más para combatir el frío que para disimular su identidad. En jornada laboral se les ve arracimados o solos en las terrazas de los cafés, a resguardo de un a modo de paraguas flamígero seguramente ideado por alguna preclara mente cuya finalidad parece ser la de protegerles de la inclemente intemperie.
 
    Si disfrutan de interlocutor, hablan bajo y miran de soslayo, como buscando un guiño cómplice que les ponga en el cenicero una moneda de simpatía. Si, por el contrario, se abandonan a la soledad, dejan vagar sus pensamientos más allá de la mesa al aire libre en la que están confinados por ley. Observan el entorno sin acertar a comprenderlo, que es una manera como otra cualquiera de pasar desapercibidos, mientras se llevan a la boca el cilindro que en otros tiempos, qué tiempos aquellos, les permitía vivir en una nube de nicotina a la que invitaban generosamente sin que nadie se lo pidiera.

    Apuran el pitillo antes de que se les enfríe el cortado o se les caliente la cerveza, depende, para repetir deprisa y corriendo una operación convertida casi en clandestina. Encender otro cigarrillo e inhalar el humo en una primera y violenta calada es un acto de autoafirmación, una reivindicación que a menudo aborta un golpe de tos que se transforma en inoportuno esputo cuya evacuación por la comisura requiere el concurso de la lengua.

    Ahí, en su incapacidad para reprimirlo, o en su intento de hacerlo pasar por la manifestación auditiva de un contumaz resfriado, se aprecia la debilidad de los nuevos apestados.

    Expulsados del templo por los mercaderes, también frecuentan los quicios de las puertas, como aquel abuelo picador de Víctor Manuel que hacía equilibrios con su apagada picadura de Caldo entre los labios. A sus pies una alfombra de cadáveres rubios y negros, propios y ajenos, que la masacre no hace distingos entre Tucson y Sierra Leona. Y sobre sus cabezas las airadas quejas de un vecindario siempre dispuesto a hacer valer sus derechos. Faltaría más. Aparentemente ganada la batalla contra el botellón, sus baterías apuntan ahora hacia el pitillón que por las noches de jolgorio convierte las calles, dicen, en un aquelarre en el que los brujos y las brujas convocan al diablo Winston y a su sacerdotisa Fortuna mediante hogueras alimentadas con alquitrán, pegamento, nicotina y vaya usted a saber qué otros aditivos adictivos introducidos de rondón por la mano experta de las multinacionales tabaqueras que mecen la cuna del pernicioso vicio.

    En esta tesitura, al nuevo apestado le queda su casa. Pero, ay, solo si todavía no se ha convertido en un reducto familiar con niño al que apestar y visillos con una sorprendente capacidad adiposa. Su morada y la esperanza de que la llegada del buen tiempo le sirva de camuflaje entre la masa. Ese será su momento: cuando vuelvan las oscuras golondrinas podrá hacer un solemne corte de mangas a Sanidad al tiempo que reclama la calle como suya, que para eso se la ha ganado a pulso durante un crudo invierno en el que se sintió como un artículo más de las rebajas expuesto en el escaparate de un establecimiento comercial en trance de echar el cierre

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