Diálogo de sordos
La madre de todos los debates, que como su propio nombre indica debería encarnar el Debate del Estado de la Nación, ha quedado reducida, siguiendo una tradición no reglada, a una suerte de escaramuza en la que los principales contendientes, PSOE y PP -los demás partidos quedan reducidos a convidados de piedra pese a su capacidad decisoria derivada de la debilidad gubernamental- se dedican a tirarse los trastos a la cabeza con mayor fruición de la empleada en los enfrentamientos precedentes en el Congreso de los Diputados o en el Senado.
Trastos viejos, en cualquier caso, porque al reiterado y titánico intento de José Luis Rodríguez Zapatero de convencer con una cascada de datos y porcentajes a sus señorías, y mediante ellas, a los ciudadanos, de que las medidas implementadas por el Gobierno y las que le restan por poner en circulación van en la buena dirección, los populares contraponen siempre el mismo mantra. Sin exhibir abiertamente sus cartas, esas que no tendrán más remedio que mostrar de aquí a las elecciones generales y después de que las urnas emitan su veredicto, Mariano Rajoy se limita a reclamar la marcha del actual presidente, a quien identifica con el culpable de todos los males que aquejan al país, y el adelanto electoral. Es una reedición del célebre “váyase señor González” que acuñó para José María Aznar su director de Comunicación Miguel Ángel Rodríguez y que se convirtió a fuerza de repetición en una salmodia que , junto al “cuaderno azul”, integra el legado político más pedestre del ex líder del PP y actual dirigente de FAES.
Gracias a la que está cayendo hemos aprendido a situar a Grecia en el mapa y hasta haciendo un pequeño esfuerzo de concentración somos capaces de deletrear el nombre del primer ministro islandés. Pero también se nos ha confirmado por vía interpuesta que en un país que convierte un debate trascendental en un diálogo de sordos es impensable el consenso. Aquí priman los posicionamientos estratégicos de cara al corto o medio plazo, como hemos podido comprobar a raíz de la aprobación por los pelos de la reforma de la negociación colectiva.
Así las cosas, es lógico que el resultado en titulares periodísticos de la primera jornada del debate haya quedado resumido en las especulaciones sobre si Zapatero se va o no antes de tiempo y en torno a si su emotiva despedida escénica era una señal o un brindis. ¿Y nos extrañamos cuando el Centro de Investigaciones Sociológicas nos muestra en su barómetro la desafección de los ciudadanos respecto a la política y a los políticos?
Trastos viejos, en cualquier caso, porque al reiterado y titánico intento de José Luis Rodríguez Zapatero de convencer con una cascada de datos y porcentajes a sus señorías, y mediante ellas, a los ciudadanos, de que las medidas implementadas por el Gobierno y las que le restan por poner en circulación van en la buena dirección, los populares contraponen siempre el mismo mantra. Sin exhibir abiertamente sus cartas, esas que no tendrán más remedio que mostrar de aquí a las elecciones generales y después de que las urnas emitan su veredicto, Mariano Rajoy se limita a reclamar la marcha del actual presidente, a quien identifica con el culpable de todos los males que aquejan al país, y el adelanto electoral. Es una reedición del célebre “váyase señor González” que acuñó para José María Aznar su director de Comunicación Miguel Ángel Rodríguez y que se convirtió a fuerza de repetición en una salmodia que , junto al “cuaderno azul”, integra el legado político más pedestre del ex líder del PP y actual dirigente de FAES.
Gracias a la que está cayendo hemos aprendido a situar a Grecia en el mapa y hasta haciendo un pequeño esfuerzo de concentración somos capaces de deletrear el nombre del primer ministro islandés. Pero también se nos ha confirmado por vía interpuesta que en un país que convierte un debate trascendental en un diálogo de sordos es impensable el consenso. Aquí priman los posicionamientos estratégicos de cara al corto o medio plazo, como hemos podido comprobar a raíz de la aprobación por los pelos de la reforma de la negociación colectiva.
Así las cosas, es lógico que el resultado en titulares periodísticos de la primera jornada del debate haya quedado resumido en las especulaciones sobre si Zapatero se va o no antes de tiempo y en torno a si su emotiva despedida escénica era una señal o un brindis. ¿Y nos extrañamos cuando el Centro de Investigaciones Sociológicas nos muestra en su barómetro la desafección de los ciudadanos respecto a la política y a los políticos?





















