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Opinión |
Martes, 11 de Diciembre de 2012

Deconstrucción

Ferrán Adrià deconstruyó la tortilla de patata pasándola del plato Duralex a la copa de Martini sin que el orden de los factores alterara el producto final. Años después, el papa Benedicto XVI ha deconstruido el belén, pero modificando sus ingredientes. El buey y la mula han sido desahuciados de la humilde morada, donde operaban como fuente de energía alternativa. La estrella que coronaba el portal en el imaginario popular alimentado por la Iglesia, que siempre ve el rebaño como un ejército de niños de San Ildefonso, se ha convertido en una supernova. Y los reyes magos que la siguieron creyendo que era una señal divina en lugar de un fenómeno cósmico no llegaron de Oriente sino de Andalucía, como el gazpacho y el alcornoque.

Ratzinger se ha deconstruido además a sí mismo abriendo cuenta en Twitter, lugar mágico cuya entrada le hubiera reportado hace unos siglos la condena a la hoguera. En vez de eso, el libro que recoge sus revelaciones se vende en España como churros y su pastoral presencia en una red que nada tiene que ver con  la que manejaba magistralmente su antecesor San Pedro alcanzaba esta semana decenas de miles de mensajes de bienvenida sin que todavía hubiera escrito una sílaba. Si Galileo levantara la cabeza...

Dentro del proceso de deconstrucción en el que estamos sumidos, en materia gastronómica habría que añadir los huevos fritos con patatas igualmente fritas que se sirven a precios desorbitados en restaurantes de relumbrón. Y en la vertiente educativa al ministro Wert, que se define como un auténtico miura que se crece ante el castigo que le propinan los picadores de esta fiesta nacional que es la política patria por lances como la consideración de la enseñanza de la religión dentro de la enésima reforma que está a punto de saltar al ruedo. Pero, sobre todo, se impone incluir la Constitución, en cuyo marco conmemorativo mostró los pitones el afamado morlaco, según cuentan las crónicas elaboradas a partir de los tradicionales corrillos periodísticos que hacen las veces de chiqueros o confesonarios.

Ocurrre, sin embargo, que la Carta Magna puede ser deconstruida en poco más de un mes para incorporar a su articulado el pago de la deuda estatal como precepto de estricta observancia, pero el proceso de cocción y su posterior presentación en la mesa se alarga indefinidamente cuando de lo que se trata es de garantizar a los convidados de piedra -usted y el arriba firmante entre otros- el cumplimiento a machamartillo de lo que prescribe el texto alumbrado hace la friolera de treinta y cuatro años en un pesebre al que acudieron los entusiasmados pastorcillos para depositar sus presentes en forma de votos plebiscitarios. Muchos de esos trabajadores que a consecuencia de la crisis vagan por el erial en el que se han convertido las verdes praderas que en tiempos no tan lejanos regaban ríos de leche y miel se preguntan ahora qué hay de lo mío.

Qué pasa con aquello tan hermoso de la igualdad ante la ley, rumia el ciudadano escrupulosamente atento a sus obligaciones con Hacienda frente una amnistía fiscal para millonarios delincuentes. Qué ocurre con el sacrosanto derecho al trabajo, cavila el desempleado en la cola de los servicios públicos del ramo a la que le abocó, pongamos por caso, una reforma laboral teóricamente pensada justo para lo contrario. Qué diantres hago aquí, se autoinquiere un desalojado de su vivienda porque no pudo afrontar al pago de la hipoteca que tenía con el banco de la esquina, el mismo que le ofrecía el oro y el moro en el tránsito hacia la propiedad inmobiliaria.

Se deconstruye o se demuele el Estado de bienestar tal y como lo habíamos concebido. Pero el documento legal que lo consagra solo muta en el tiempo y la forma requeridos cuando se quiere dar confianza a unos mercados que nos gobiernan sin haberles votado. En este contexto catastrófico, donde lo único que sobra es la desilusión, la depresión y la desconfianza, la Constitución empieza a ser lo más parecido a un villancico cantado tras una ingesta masiva de anís El Mono: Una algarabía en la que la música va por un lado y la letra por el otro. Y, encima, con el buey y la mula en el zoo. En esta línea, Fabra también se suma a la deconstrucción y da un repaso a su gabinete relevando consellers y suprimiendo consellerias. La duda es si en el fondo no estará aplicando la máxima lampedusiana del Gatopardo que propugnaba cambiarlo todo para que no cambie nada.

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