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Opinión |
Jueves, 13 de Diciembre de 2012

En busca de 'Las Mercedes' perdidas

Hay que revivir las horas pasadas, lo exclamó un francés con su gangoso y poético acento, e incluso escribió miles de cuartillas buscando ese tiempo que entre todos miserablemente se ha perdido de siglo en siglo. Y para gozo de muchos, y sorpresa de la inmensa mayoría, parte de ese tiempo memorable lo podemos recuperar acuñado en doblones de oro y plata en nuestra Cartagena murciana. En una época, donde las malas noticias se imponen -y de qué manera- es muy gratificante comprobar cómo también surgen de las profundidades marinas y de los pasillos matritenses no buenas sino excelentes nuevas. Y desde hace unos días en Cartagena, y toda Murcia, se habla sin recato de tesoros, pecios, fragatas y sueños... Pero también de náufragos y operaciones crucero.

Por fin, tenemos derecho a soñar entre tantas pesadillas que turban nuestras noches...  A los parados que encallan en nuestras costas, cuyas únicas monedas tintinean en los bolsillos temerosas de ser las últimas, no sé si les sirve de consuelo. Se cuentan por cientos de miles, y nadie les rescata... Y ya no les queda ni tiempo que perder. Aunque espero y deseo que su tesoro en forma de trabajo les llegue mañana, o cuanto antes; quizá cuando, de una vez, encontremos un mañana, lejos, muy lejos, de aquella perversión de los años corrompidos y de los hombres sin escrúpulos que encabezaban una época estéril de lujuriosa bonanza. Una era sin valores; un reloj de arena, que parecía de oro.

Ahora, entre la calderilla de la actualidad que a diario recontamos hasta la saciedad quienes escribimos o hablamos en los medios, debemos redescubrir el brillo de unos valores humanos que de tan escasos parecen legendarios. Necesitamos con toda urgencia hallar puntos de referencia, que nos hagan creer en el futuro, si no queremos perder definitivamente el juicio... Y personas que colgaban leones disecados, leopardos, antílopes, búfalos, cabezas de elefante y otros enseres extravagantes en sus mansiones demuestran hasta qué punto estábamos -y estamos- al borde mismo de la locura. Ellos, por mucho que se lo creyeran, no podían ser referencia de nada, pese a que se sintieran irresistibles con sus posaderas bien asentadas en la sima-retrete del mundo. Y que uno de los suyos presidiera la patronal de los patronos no constituye sino la cruel metáfora de nuestro tiempo mancillado, cada vez más putrefacto. Ninguno de ellos, bajo ningún concepto, hubiera contratado consigo mismo, ni volado en sus propias cometas, o avioncitos de papel para viajeros desesperados. La soberbia no llega a tales límites.
 
Los principales imputados en la Operación Crucero ya han pasado algunas noches entre rejas. A estas horas, quién sabe si harán frente al pago de las fianzas más altas de la dubitativa historia judicial de nuestro país. Cincuenta millones, para Ángel de Cabo, dueño de Marsans; treinta millones a Díaz Ferrán, doctor honoris causa por Elche, ex presidente de CEOE y antiguo propietario de aquellos viajes a ninguna parte; treinta también para Iván Losada, la mano derecha tan torcida de De Cabo. Estas fianzas pueden deslumbrar por su enormidad a unos 45 millones de españolitos que guarda Dios en esta tierra apesadumbrada; mas, en los parámetros ocultos en los que se mueven tales personajes, todo es nada, y nada es todo. Y, por supuesto, todo es posible. Hasta que les rebajen la fianza... e incluso queden en libertad. De momento, algunos ya están recurriendo, que es gerundio.

El juez Eloy Velasco les acusa de insolvencia punible, alzamiento de bienes, estafa procesal concursal, falsedad documental y blanqueo de capitales... Y de alguna nimiedad más, que acabará por aflorar, posiblemente se les acuse más adelante. Ya antes de su ingreso en la prisión, Díaz Ferrán tuvo el glamuroso honor de comparecer ante otro juez para aclarar  la consecución de los préstamos de más 26 millones y medio que le concedió Caja Madrid entre 2005 y 2009, cuando casualmente era miembro de su consejo de administración. Según Manos Limpias, se utilizó como garantía al Grupo Marsans que ya se encontraba en quiebra. Para Díaz Ferrán no había nada extraordinario, y además alegó que devolvió hasta el último céntimo del crédito tras la venta de la concesión de transporte de autobuses de Alcalá de Henares.

Con antelación, a su vez, el ex presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, generosamente había prestado declaración, que es otra forma de prestar a muy bajo interés, a tan bajo, que sostuvo impávido que el consejo de administración fue informado escrupulosamente de la operación, y que recibió la oportuna  autorización de la Comunidad de Madrid. Y se quedó tan satisfecho, hasta esbozó una tenue sonrisa. Don Gerardo, aquel apóstol que preconizaba trabajar más y cobrar menos, también debió quedarse muy gratamente impresionado, casi tanto como cuando Hacienda le devolvió 2.000 euros de la declaración de la renta del 2010.

Después de acontecimientos de tan oscuros colores y pestilentes aromas, me estremezco al pensar en lo que podrían haber hecho con el Tesoro de La Mercedes, bucaneros como Díaz Ferrán o Del Cabo, o alguno de sus lugartenientes. Medio millón de piezas de preciosos metales, que nos remiten a los reinados de Carlos III y Carlos IV, hubieran supuesto una tentación irresistible para quienes almacenan botines y trofeos de caza de todas las especies. Alicatar mil y un baños en los palacios del reino del disparate hispánico con bruñidas monedas de oro y plata constituiría su más sublime ocurrencia, la culminación a toda una vida de lujos sin fin. Imagínense... 208 años de travesía para terminar en el excusado de unos piratas de cuello blanco. Hasta el propio Odissey hubiera salido despavorido. En años de escasez, sólo encuentro consuelo en las hipérboles, metáforas pobres en busca del tiempo perdido, más perdido cada día.  

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