Dos sucesos y un evento
Tal como en “Dos bodas y un funeral”… Los dos sucesos han ocurrido recientemente en España (pasan continuamente en todo el mundo) y son un par de muestras frescas de moral pervertida. El uno: A una ex profesora de religión le acaba de dar la razón el Tribunal Supremo en la improcedencia de su despido por parte de la Curia… tras diez largos años de apelaciones. Un pálido por tardío respaldo a su razón tras el ya ‘sinremedio’ de su perjuicio ocasionado. Su delito: estar casada por lo civil con un hombre divorciado. O sea, una creyente que, por estar enamorada, se le condena a unirse a su marido fuera del rito por el que quisiera pero al que su propia iglesia la obliga, y luego la despide precisamente por ello. Una muy hipócrita incongruencia. Después, con el cinismo característico comparece el enviado eclesial con rango de epíscopo declarando que vale, que sí, que bueno, pero que el Código Canónico por el que se rige la ecclesiam suam dice lo contrario, y que, como su reino no es de este mundo, aunque se aprovechen de este mundo y del otro, el Código Civil, como el Penal, se lo pasan por las sacras aleluyas, y a ‘joerse’ hermana lega…
El otro: paralelamente en el tiempo, a un cura menorquín y pederasta se le descubre un pufo –otro más– de abusos a menores. Se había pasado por su sotana hecha sótano de santa lobreguez a un par de tiernos escolapios monagos –al menos por denunciados– si bien ambos canticoros alegan que fueron muchos más los pasados por el ara del soez sacrificio. Pero aquí, el ocasional portavoz de igual rango pontifical, sale a la palestra aludiendo al mismo Código Canónico que antes, pero esta vez no habla de condena ni de castigo, si no de comprensión y de perdón. Y que, una vez cumplido el retiro capitular y corrector, será destinado a otra parroquia en la que no sea conocido el pobre pecador descarriado y asotanado. Como ven, dos varas de medir tan totalmente distintas como absolutamente injustas. La sangrante diferencia entre un laico que vive su vida familiar sin más tacha que la no concebida por unilateral sacramentalización de su iglesia, y un religioso de esa misma iglesia que vive en probada y manifiesta pedofilia.
Lo que clama al cielo es que el/los gobierno(s) de un país como el nuestro, que por más inri se declara aconfesional en su Constitución, aún mantenga la vigencia de un Concordato con tal iglesia. Concordato que beneficia descaradamente a esa misma iglesia. Es tan inconsecuente como incongruente. Tan incomprensible como vergonzoso. Y, siento decirlo, pero también parecemos y aparecemos ante el resto de las naciones tan patéticamente acomplejados como trágicamente cómplices de su trasnochado absolutismo.
En cuanto al evento, es la también reciente beatificación de Juan Pablo II. Es la primera vez en toda la historia de la iglesia en que un Papa beatifica a su inmediato anterior en el puesto. Aunque éste haya cometido errores de tamaña enormidad como tapar el monstruoso comportamiento del tristemente famoso cardenal Marcial Maciel, patrono y maestro de los pedófilos. Pero es que corre verdadera prisa enterrar los últimos rastros de un Concilio Vaticano II del que se han ocupado con fruición el borrar todo recuerdo y referencia, a fin de recuperar el catolicismo más arcáico, rancio, retrógrado y anticristiano. Su lema es: jamás aplicarlo y siempre olvidarlo. Y lo están haciendo. Y lo están cumpliendo. Y lo están consiguiendo. Por eso el papado es cada vez más cavernícola y oscurantista, y por eso se justifican unos a otros, y se conciliabulan, y se amasan, y se enmafian, y se beatifican mutuamente, y se santifican entre sí… y entre legiones de gentes que no quieren ver, no quieren pensar, no quieren saber… ‘Posquenosaprovecheatos’.
El otro: paralelamente en el tiempo, a un cura menorquín y pederasta se le descubre un pufo –otro más– de abusos a menores. Se había pasado por su sotana hecha sótano de santa lobreguez a un par de tiernos escolapios monagos –al menos por denunciados– si bien ambos canticoros alegan que fueron muchos más los pasados por el ara del soez sacrificio. Pero aquí, el ocasional portavoz de igual rango pontifical, sale a la palestra aludiendo al mismo Código Canónico que antes, pero esta vez no habla de condena ni de castigo, si no de comprensión y de perdón. Y que, una vez cumplido el retiro capitular y corrector, será destinado a otra parroquia en la que no sea conocido el pobre pecador descarriado y asotanado. Como ven, dos varas de medir tan totalmente distintas como absolutamente injustas. La sangrante diferencia entre un laico que vive su vida familiar sin más tacha que la no concebida por unilateral sacramentalización de su iglesia, y un religioso de esa misma iglesia que vive en probada y manifiesta pedofilia.
Lo que clama al cielo es que el/los gobierno(s) de un país como el nuestro, que por más inri se declara aconfesional en su Constitución, aún mantenga la vigencia de un Concordato con tal iglesia. Concordato que beneficia descaradamente a esa misma iglesia. Es tan inconsecuente como incongruente. Tan incomprensible como vergonzoso. Y, siento decirlo, pero también parecemos y aparecemos ante el resto de las naciones tan patéticamente acomplejados como trágicamente cómplices de su trasnochado absolutismo.
En cuanto al evento, es la también reciente beatificación de Juan Pablo II. Es la primera vez en toda la historia de la iglesia en que un Papa beatifica a su inmediato anterior en el puesto. Aunque éste haya cometido errores de tamaña enormidad como tapar el monstruoso comportamiento del tristemente famoso cardenal Marcial Maciel, patrono y maestro de los pedófilos. Pero es que corre verdadera prisa enterrar los últimos rastros de un Concilio Vaticano II del que se han ocupado con fruición el borrar todo recuerdo y referencia, a fin de recuperar el catolicismo más arcáico, rancio, retrógrado y anticristiano. Su lema es: jamás aplicarlo y siempre olvidarlo. Y lo están haciendo. Y lo están cumpliendo. Y lo están consiguiendo. Por eso el papado es cada vez más cavernícola y oscurantista, y por eso se justifican unos a otros, y se conciliabulan, y se amasan, y se enmafian, y se beatifican mutuamente, y se santifican entre sí… y entre legiones de gentes que no quieren ver, no quieren pensar, no quieren saber… ‘Posquenosaprovecheatos’.




















