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Opinión |
Miércoles, 20 de Febrero de 2013

No es esto, no es esto

Tengo un buen amigo con el que llevo hablando años acerca de uno de los problemas más graves que ambos seguimos creyendo que arrastran España y la sociedad española: La carencia de una sociedad civil fuerte, independiente, indominable, no penetrada hasta la médula por la política, los políticos y ciertos grupos de opinión, económicos y financieros interesados en llevar siempre el agua a su propio molino. Una sociedad capaz de hacer frente a las manipulaciones de las élites que históricamente han pensado que la piel de toro es una finca en la que pueden hacer y deshacer a su antojo, al margen de quienes la habitamos.

Aunque ya lo expresó muy bien José Ortega y Gasset en su libro La España invertebrada, en el primer tercio del Siglo XX, y pese a que  desde entonces ha llovido mucho por estos lares, y hasta en ocasiones han caído chuzos de punta,  todo parece continuar igual. 

No existe en España esa sociedad civil fuerte, agrupada en instituciones u organizaciones de todo tipo y condición que la vertebre y encauce su infinita energía de una forma constructiva. Esa sociedad independiente de las opiniones, a veces intoxicadoras, de partidos políticos y lobbys, que sea capaz de pensar por sí misma y de oponerse  a las iniciativas de esas élites cuando tales iniciativas vayan solo en beneficio de unos pocos. Una oposición respetuosa, democrática, pero firme.

Ayer, con palabras lúcidas y certeras, delimitaba el problema en una entrevista periodística el escritor Antonio Muñoz Molina. “Estamos de acuerdo –decía el escritor- en que el principal problema de España es la falta de controles independientes, diversos grados de control… Y el último de esos controles es el de una opinión pública que no sea cautiva… España no es nada individualista. Mentira. Es una sociedad en la que el debate público es imposible. El debate público verdadero. Lo que se hace es el ladrido agresor. Todo está lleno de eso”.

Muchos de los que empezábamos nuestra vida profesional en los años de la llamada Transición política soñábamos con una España diferente a la que dejábamos atrás, una España verdaderamente libre, democrática, socialmente sólida, al estilo de las democracias más consolidadas de Occidente. O íbamos en esa dirección o volvíamos a las cavernas, pensábamos.

Hoy, viendo a lo que hemos llegado por acciones de unos y omisiones de otros, no puedo evitar acordarme con frecuencia de aquellas palabras de Ortega y Gasset durante la II República: “No es esto, no es esto”. Estoy convencido de que no es esto que tenemos lo que muchos españoles queríamos entonces y lo que muchísimos seguimos queriendo ahora.

Nunca he sido pesimista. Ni biológica ni intelectualmente pesimista. Tiendo a ver la botella medio llena, aunque a veces tenga que repetírmelo demasiado para creérmelo. 

Sigo pensando, como decía Churchill, que la democracia es el menos malo de todos los regímenes. No soy de los que dicen que todos los políticos son iguales, cantinela con la que ahora algunos nos machacan un día sí y otro también. Ellos sabrán que pretenden con eso. Pero no es verdad. Hay políticos corruptos y hay políticos honrados. En la derecha y en la izquierda. Como hay empresarios corruptos y empresarios honrados. Aunque demasiadas veces parezca que no es así, porque los que más ladran, los que con más frecuencia están en las primeras páginas de los periódicos o en las pantallas de la televisión no sean los mejores.

Mantengo la esperanza –no sé si soy algo ingenuo, tal vez- de que de esta crisis surja una sociedad menos cautiva, más reivindicativa, menos conformista, más organizada, más vertebrada en fin, a la que esas élites que nos dominan y controlan le tengan más respeto. Y hasta un cierto miedo escénico, si me apuran ustedes.

Eso será bueno para todos los españoles, no nos quepa duda alguna. Por ahí estaremos iniciando la imprescindible regeneración de nuestra sociedad. Regeneración política, social, económica y ética. Porque la causa última de lo que nos sucede es una razón ética. Con mayúscula.
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