Sube la tensión arterial
Demasiadas emociones fuertes para un país con la tensión arterial tan disparada como disparatada. La dieta que nos siguen imponiendo desde las cocinas de Palacio no pasaría el filtro de nutricionistas y médicos en general. Tampoco nuestras abuelas considerarían equilibrado un recetario basado casi exclusivamente en el chorizo, el ajo y determinadas legumbres que puestas en el puchero de la actualidad y cocidas al fuego lento de los fogones de la Justicia provocan en el comensal las sonoras aerofagias que causan, digo yo, esa pestilencia que impregna el ambiente.
Como quiera que cada día nos desayunamos con Luis Bárcenas y sus hilarantes querellas contra el partido que le amparó hasta anteayer, que almorzamos con la ministra Mato, su exmarido Luis Sepúlveda y los payasos que divertían a sus tiernas criaturas con cargo a la trama Gürtel, que merendamos con enervantes explicaciones orientadas sin pena ni gloria a explicar lo inexplicable y que cenamos rodeados de estrepitosos silencios en torno al monotema, no es de extrañar que, como las chicas de Almodóvar, estemos al borde de un ataque de nervios: con el colesterol por la nubes y los ánimos por los suelos.
Ni siquiera el ejercicio diario que recomiendan los galenos y al que obligan las manifestaciones organizadas contra las vigentes medidas recortatorias y recaudatorias tienen ya efecto alguno sobre nuestro organismo. Además, el prestigio de la dieta mediterránea está cayendo en picado gracias a que Valencia pelea heroicamente por mantenerse en el epicentro de las jornadas gastronómicas nacionales, bien como irradiador de asuntos sucios o sospechosos, bien como receptor de sucios o sospechosos asuntos. En este territorio todo gourmet que se precie ensaya su cocina creativa: desde un duque empalmado hasta varias princesas, aborígenes o europeas, encausadas, imputadas o involucradas en los tradicionales delitos que tarde o temprano suelen adornar el escudo heráldico de muchos de nuestros dirigentes.
Está claro que dada la magnitud del festín necesitamos con urgencia la carta con los platos que nos ponen y nos van continuar poniendo sobre el mantel y un cróquis con los asientos reservados a los principales invitados similar al que figura a la entrada de los salones de bodas. De no ser así no solo corremos el riesgo de perdernos, sino de que la agitación consiguiente haga saltar por los aires el tensiómetro que habíamos abonado religiosamente en la farmacia de la esquina.
Pero todavía es más evidente que precisamos medicación con una fórmula cualitativa diferente para no vernos abocados al desmayo, el infarto o el derrame por culpa de semejante potaje de bazofia. Sin embargo, las pastillas que nos suministran en la rebotica previo copago no han cambiado sus principios activos para hacerlas más efectivas en orden a despejar de adiposidades nuestras arterias. Al contrario, tal parece que en virtud del ahorro dictado por las autoridades económicas se han convertido en meros placebos de colores con forma de azucarillo.
Otros artículos de Jesús Alonso
Como quiera que cada día nos desayunamos con Luis Bárcenas y sus hilarantes querellas contra el partido que le amparó hasta anteayer, que almorzamos con la ministra Mato, su exmarido Luis Sepúlveda y los payasos que divertían a sus tiernas criaturas con cargo a la trama Gürtel, que merendamos con enervantes explicaciones orientadas sin pena ni gloria a explicar lo inexplicable y que cenamos rodeados de estrepitosos silencios en torno al monotema, no es de extrañar que, como las chicas de Almodóvar, estemos al borde de un ataque de nervios: con el colesterol por la nubes y los ánimos por los suelos.
Ni siquiera el ejercicio diario que recomiendan los galenos y al que obligan las manifestaciones organizadas contra las vigentes medidas recortatorias y recaudatorias tienen ya efecto alguno sobre nuestro organismo. Además, el prestigio de la dieta mediterránea está cayendo en picado gracias a que Valencia pelea heroicamente por mantenerse en el epicentro de las jornadas gastronómicas nacionales, bien como irradiador de asuntos sucios o sospechosos, bien como receptor de sucios o sospechosos asuntos. En este territorio todo gourmet que se precie ensaya su cocina creativa: desde un duque empalmado hasta varias princesas, aborígenes o europeas, encausadas, imputadas o involucradas en los tradicionales delitos que tarde o temprano suelen adornar el escudo heráldico de muchos de nuestros dirigentes.
Está claro que dada la magnitud del festín necesitamos con urgencia la carta con los platos que nos ponen y nos van continuar poniendo sobre el mantel y un cróquis con los asientos reservados a los principales invitados similar al que figura a la entrada de los salones de bodas. De no ser así no solo corremos el riesgo de perdernos, sino de que la agitación consiguiente haga saltar por los aires el tensiómetro que habíamos abonado religiosamente en la farmacia de la esquina.
Pero todavía es más evidente que precisamos medicación con una fórmula cualitativa diferente para no vernos abocados al desmayo, el infarto o el derrame por culpa de semejante potaje de bazofia. Sin embargo, las pastillas que nos suministran en la rebotica previo copago no han cambiado sus principios activos para hacerlas más efectivas en orden a despejar de adiposidades nuestras arterias. Al contrario, tal parece que en virtud del ahorro dictado por las autoridades económicas se han convertido en meros placebos de colores con forma de azucarillo.
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