La princesa está triste
Para qué negarlo, siempre he querido ser princesa. Siendo pequeñita les escribí a los Reyes Magos la siguiente carta: Queridos Reyes Magos: quiero una corona de princesa.
Para que los reyes supieran exactamente cómo la quería, debajo del texto hice el dibujo de una princesa rubia, -algo así como la infanta Cristina, pero en guapa-, vestida con un pomposo vestido rosa y, en la testa, una corona de puntas rematadas con perlas, lucía dorada a más no poder.
Como por aquel entonces no existían los chinos ni los roscones de reyes, mis padres me hicieron una de cartón que cubrieron con brillante papel dorado. Ha sido uno de los regalos más fascinantes de mi vida.
Ya coronada, seguí preparándome para ser princesa de múltiples formas: coloqué un guisante debajo del colchón para comprobar mi sensibilidad principesca, me tumbé con los ojos cerrados durante horas y horas esperando un beso, comí manzanas hasta el desmayo, rogué para que los pies no me crecieran pues tenían que entrarme en un zapato de cristal de reducido tamaño y me estudié al dedillo el álbum de Sissí de mi madre.
Todos esos esfuerzos para que primero viniera la princesa Corinna a fastidiarme viva con sus cacerías y sus enchufes de postín y, segundo, me remataran cual elefante en Botsuana, la infanta Cristina y sus trapicheos a medias con su príncipe azul.
Por eso, la princesa, o sea, yo, está triste, bueno, más que triste, mosqueada, bueno, teniendo en cuenta que Urdangarín anduvo empalmado y su señora luce imputada, lo mío lo dejaré en 'emputada'.
Sí, ya sé que 'emputada', suena raro en mi boca de fresa, pero es que las princesas ya no somos lo que éramos.
![[Img #13907]](upload/img/periodico/img_13907.jpg)
La emperatriz Isabel de Austria (Sissí) con estrellas de diamantes en su pelo, 1864, de Franz Xaver Winterhalter.
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Para que los reyes supieran exactamente cómo la quería, debajo del texto hice el dibujo de una princesa rubia, -algo así como la infanta Cristina, pero en guapa-, vestida con un pomposo vestido rosa y, en la testa, una corona de puntas rematadas con perlas, lucía dorada a más no poder.
Como por aquel entonces no existían los chinos ni los roscones de reyes, mis padres me hicieron una de cartón que cubrieron con brillante papel dorado. Ha sido uno de los regalos más fascinantes de mi vida.
Ya coronada, seguí preparándome para ser princesa de múltiples formas: coloqué un guisante debajo del colchón para comprobar mi sensibilidad principesca, me tumbé con los ojos cerrados durante horas y horas esperando un beso, comí manzanas hasta el desmayo, rogué para que los pies no me crecieran pues tenían que entrarme en un zapato de cristal de reducido tamaño y me estudié al dedillo el álbum de Sissí de mi madre.
Todos esos esfuerzos para que primero viniera la princesa Corinna a fastidiarme viva con sus cacerías y sus enchufes de postín y, segundo, me remataran cual elefante en Botsuana, la infanta Cristina y sus trapicheos a medias con su príncipe azul.
Por eso, la princesa, o sea, yo, está triste, bueno, más que triste, mosqueada, bueno, teniendo en cuenta que Urdangarín anduvo empalmado y su señora luce imputada, lo mío lo dejaré en 'emputada'.
Sí, ya sé que 'emputada', suena raro en mi boca de fresa, pero es que las princesas ya no somos lo que éramos.
![[Img #13907]](upload/img/periodico/img_13907.jpg)
La emperatriz Isabel de Austria (Sissí) con estrellas de diamantes en su pelo, 1864, de Franz Xaver Winterhalter.
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