El amor 'propio'
La semana pasada hablaba de la necesidad que tiene la razón de verse apoyada por la intuición a la hora de tomar decisiones y, sobre todo, de evitar colapsarse con inmensas cantidades de información, la cual aquella individuamente es incapaz de gestionar de manera ágil y óptima, además de no suponerle incrementar su acierto sobre la elección final a escoger.
Pues bien, continuando por este exotérico camino, un tanto alejado de a lo que mi profesión de consultor me obliga y circunscribe, me gustaría añadir otro ingrediente a la pócima de la que se debe alimentar el empresario y que es el amor por lo que hace día tras día. Dice Howard Schultz, fundador de lo que ahora es Starbucks, no el original, que ya se lo encontró hecho, sino en lo que ha conseguido se convierta, que “las empresas que soñamos y que construimos de la nada son parte de nosotros y algo muy personal. Son nuestra familia.
Nuestra vida”. Es evidente que al introducir en su reflexión términos como “familia” y “vida”, creo está evocando el amor que por ella debemos tener y que, si bien, debemos entender es imposible alcance los niveles que ambos aspectos adquieren, si es necesario alcanzar esas mínimas dosis de sensibilidad y sentimiento, que despierten y mantengan la enorme motivación que implica el esfuerzo diario para la dirección y gestión diaria de nuestro negocio.
Según se desprende, este amor debe inundar todo lo que hacemos y conlleva que “nuestros sentimientos dirijan nuestras acciones, siendo este el mayor regalo y desafío al que se enfrenta el empresario cada día” (Howard Schultz). Sin embargo, a mí me gustaría empezar por el principio, el amor propio, es decir, por uno mismo y por lo que nuestra persona y obra significan, creo que este es el embrión de todo lo demás.
Acudiendo al Diccionario de la Lengua Española encontramos que amor propio tiene dos acepciones, la primera dice que es el que alguien se profesa a sí mismo y especialmente a su prestigio y, la segunda habla del afán de mejorar la propia actuación. Si atendemos a la primera podremos percibir que esta se encuentra muy cerca de la vanidad, pero quisiera huir de tal interpretación y acercarme más a la que implica el respeto por nuestra propia persona, sin el cual, es más que evidente que no adquiriremos la voluntad de cambio, mejora y superación a la que se refiere la segunda acepción y que es en la que nos debemos centrar y la que todo empresario debe poseer en suficientes dosis, especialmente grandes, dada la misión que tiene encomendada.
Volviendo a la parte más general del término, tenemos que amor “sin más”, en una de sus acepciones, significa sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o a algo, entendiendo ese algo como nuestra empresa y ese alguien como nuestros trabajadores y colaboradores, debemos reconocer que obrando con este sentimiento podemos ser mucho más capaces y alcanzar niveles de desempeño inimaginables, por lo que no nos queda otra que darle la razón al Sr. Howard Schultz y tratar de aplicar, con la misma eficacia, esta mágica y humana fórmula del éxito empresarial, que él sin duda ha conseguido.
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Pues bien, continuando por este exotérico camino, un tanto alejado de a lo que mi profesión de consultor me obliga y circunscribe, me gustaría añadir otro ingrediente a la pócima de la que se debe alimentar el empresario y que es el amor por lo que hace día tras día. Dice Howard Schultz, fundador de lo que ahora es Starbucks, no el original, que ya se lo encontró hecho, sino en lo que ha conseguido se convierta, que “las empresas que soñamos y que construimos de la nada son parte de nosotros y algo muy personal. Son nuestra familia.
Nuestra vida”. Es evidente que al introducir en su reflexión términos como “familia” y “vida”, creo está evocando el amor que por ella debemos tener y que, si bien, debemos entender es imposible alcance los niveles que ambos aspectos adquieren, si es necesario alcanzar esas mínimas dosis de sensibilidad y sentimiento, que despierten y mantengan la enorme motivación que implica el esfuerzo diario para la dirección y gestión diaria de nuestro negocio.Según se desprende, este amor debe inundar todo lo que hacemos y conlleva que “nuestros sentimientos dirijan nuestras acciones, siendo este el mayor regalo y desafío al que se enfrenta el empresario cada día” (Howard Schultz). Sin embargo, a mí me gustaría empezar por el principio, el amor propio, es decir, por uno mismo y por lo que nuestra persona y obra significan, creo que este es el embrión de todo lo demás.
Acudiendo al Diccionario de la Lengua Española encontramos que amor propio tiene dos acepciones, la primera dice que es el que alguien se profesa a sí mismo y especialmente a su prestigio y, la segunda habla del afán de mejorar la propia actuación. Si atendemos a la primera podremos percibir que esta se encuentra muy cerca de la vanidad, pero quisiera huir de tal interpretación y acercarme más a la que implica el respeto por nuestra propia persona, sin el cual, es más que evidente que no adquiriremos la voluntad de cambio, mejora y superación a la que se refiere la segunda acepción y que es en la que nos debemos centrar y la que todo empresario debe poseer en suficientes dosis, especialmente grandes, dada la misión que tiene encomendada.
Volviendo a la parte más general del término, tenemos que amor “sin más”, en una de sus acepciones, significa sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o a algo, entendiendo ese algo como nuestra empresa y ese alguien como nuestros trabajadores y colaboradores, debemos reconocer que obrando con este sentimiento podemos ser mucho más capaces y alcanzar niveles de desempeño inimaginables, por lo que no nos queda otra que darle la razón al Sr. Howard Schultz y tratar de aplicar, con la misma eficacia, esta mágica y humana fórmula del éxito empresarial, que él sin duda ha conseguido.
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