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Opinión |
Martes, 16 de Abril de 2013

De cuerpo presente

Stalin borraba de las fotos a sus enemigos tras tacharlos físicamente del padrón de habitantes. En consecuencia, la historia gráfica oficial de la revolución soviética está llena de huecos por los que circula, como a través de un agujero negro, el antes y el después. Pese a que en aquellos lejanos tiempos no había Photoshop, la instantánea resultante les quedaba de lo más apañada a los autores de la mutilación, tal vez porque en la pulcritud de la tarea les iba su propia imagen. Sin embargo, el temible Koba no fue el único político empeñado en subvertir el paisaje a base de pervertir el paisanaje. La tentación de intentar eliminar de los libros de texto y de las hemerotecas y videotecas a incómodos testigos o a elementos que pueden hacer sombra a quien en ese momento tiene la sartén por el mango es consustancial a los más tremendos dictadores, aunque también caen en ella con estrépito dirigentes sometidos al imperio del sufragio universal.

Mariano Rajoy, por ejemplo, ha reducido a la categoría de ectoplasma anónimo a Luis Bárcenas con su empecinamiento en no pronunciar en público su nombre. Debe pensar el líder popular que el hecho de no mentar la soga en casa del ahorcado supone para el extesorero del PP un castigo insoportable que cabalga a lomos del desprecio más absoluto. Rajoy niega la existencia a su otrora empleado ejemplar sin advertir que el muerto está en plena forma, como evidencian sus entradas y salidas a paso atlético de los juzgados, bien para demostrar a su señoría que no se ha marchado a hacer heliesquí a Canadá o para responder en su condición bipolar de demandado y querellante.

Y si Bárcenas es para el presidente del Gobierno un borrón en el daguerrotipo, Francisco Camps resulta un incordio en color sepia para su sucesor Alberto Fabra. Al menos eso puede deducirse del escaso entusiasmo con el que el segundo ha acogido la definitiva absolución del primero en el rocambolesco asunto de las dádivas de la trama Gürtel, una de cuyas derivadas -su afirmación de que no conocía ni de lejos a "El Bigotes"- le ha convertido, confirmación documental mediante, en un consumado embustero. Siguiendo la impronta rajoyana, el jefe del Consell expresó con la boca pequeña durante la peregrinación al caserío de la Santa Faz su satisfacción por la decisión del Tribunal Supremo, pero no pronunció ni el nombre ni el apellido del conmilitón que le cedió el cetro por una causa de fuerza mayor tan aplastante como tener que sentarse en el banquillo de los acusados para ajustar cuentas con la Justicia.

Pero el actual inquilino del Palau, en un alarde de refinamiento torturador que puede significar lo mismo hastío que odio o inseguridad y que fue matizado con poca fortuna a renglón seguido por el intérprete de cabecera José Císcar, no se conformó con hacer desaparecer a Camps del listín telefónico. Caña de romero en ristre dio un paso hacia el más allá del triunfante exculpado y le administró los santos óleos en loor de multitudes al asegurar que estaba apartado de la política, obviando de manera clamorosa su provisional estatus de diputado autonómico. «En su día se entregó en cuerpo y alma» a la Comunitat, dijo el oficiante del viático a modo de epitafio a sabiendas de que le estaba convirtiendo en uno de esos cadáveres que todavía no saben que lo son y que conocemos por zombis. O peor todavía, en un cataléptico de cuento de Edgar Allan Poe que oye aterrorizado cómo la tierra golpea sobre la tapa del ataúd trasformado en un traje cortado a la medida del último viaje.

En esta retórica de cementerio a la que se incorporó raudo el PSPV con la chinchorrería propia del perdedor para reclamar la resurrección del fiambre y su reincorporación a la dignidad perdida en detrimento de Fabra, han entrado también los amigos del alma de Camps. El parlamentario Andrés Ballester afirmó de manera tan elocuente como escatológica que "hasta el martes había un muerto en el congelador. El Supremo lo ha sacado, se ha descongelado y ahora está muy vivo» al hilo del anuncio de fiesta-velatorio que han organizado sus fieles en plan acto de desagravio. La duda es si después de los brindis de rigor jugarán a la güija, harán vudú, verán la postrera cabalgada de Charlton Heston en la película El Cid Campeador o celebrarán una misa de difuntos con la canción "Adiós con el corazón" como colofón antes de darse fraternalmente la mano.

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