¿Sumamos afortunados?
Fíjense que trato de ser optimista. Nunca lo he sido, lo admito. Soy de los que prefiere prepararse para lo peor y que, luego, todo lo positivo será recibido como una auténtica bendición.
Es decir, creo que jamás he sufrido de esa intolerancia a la frustración; una definición que los psicólogos dan a una parte del problema que siempre hemos reconocido en los niños malcriados.
La razón es que posiblemente nunca tuve más que lo estrictamente necesario. No soy ejemplo de nada, pero sí sé lo que es echar la mano en una empresa -trabajar diría yo- los veranos para disponer de mis propios recursos para el siguiente año. La empresa, lo digo, era un taller de carpintería donde me habían empleado. Eso sí, tenía 14 años. Y arrancar lo que era entonces el BUP con unos duros para echar una mano con los libros, la cazadora que pudiera gustarme o pagarme la entrada del cine te llenaba de orgullo.
Así se sucedieron algunos años.
Incluso ya vistiendo uniforme (era la época en la que aún se hacía la mili -¡cuánto bien dejó de hacerse cuando se suprimió!-) trataba de estirar aquellas, creo recordar, doscientas pesetas al mes que nos daban.
Coño (con perdón), me estoy volviendo abuelo cebolleta.
No tenías entonces mucha mayor preocupación que estudiar (algunos aún no podían hacerlo) y aprovechar la situación para encontrar tu primer empleo, tu coche, tu piso de alquiler, tus amigos, tu novia, luego tu hipoteca…
¿Le propongo un pequeño ejercicio? Mire en derredor. ¿Qué encontramos?..
Posiblemente un joven sin la posibilidad siquiera de ganarse cinco mil pesetas (30 euros) a la semana para sus gastos (ese era mi sueldo en aquella carpintería); sin futuro, sin apenas esperanza, frustrado (por malcriado o no), con mínima posibilidad de encontrar un empleo, con un presidente (Rajoy) que le dice: tenga paciencia, que en 2019 bajará la tasa de paro del 15%.
Y lo oímos con resignación.
Claro que hoy otra forma de hacer las cosas.
Hace años que algunos, entonces muy pocos, ya decíamos y escribíamos que el celo por el recorte, el recorte y el recorte no era solución.
¿Acaso está mejorando la situación y la esperanza y la previsión de futuro? ¿Qué hacemos con los 'cadáveres' de aquí a entonces? ¿Qué esperanza les damos, no a quien espera ganarse unos euros en un trabajo de verano, si no a quién se está formando?
Vive Dios que me dan ganas de agarrar la maleta y huir dejando muy evidente un corte de mangas a quien nos ha arrastrado hasta aquí y a quien es incapaz de solucionarlo.
Si no lo hago -la única razón- es porque aún hay quien como usted nos sigue, nos da su confianza, nos presta unos minutos cada día y hay anunciantes que creen en usted -cada día más, gracias a Dios- y en nosotros.
Es decir, creo que jamás he sufrido de esa intolerancia a la frustración; una definición que los psicólogos dan a una parte del problema que siempre hemos reconocido en los niños malcriados.
La razón es que posiblemente nunca tuve más que lo estrictamente necesario. No soy ejemplo de nada, pero sí sé lo que es echar la mano en una empresa -trabajar diría yo- los veranos para disponer de mis propios recursos para el siguiente año. La empresa, lo digo, era un taller de carpintería donde me habían empleado. Eso sí, tenía 14 años. Y arrancar lo que era entonces el BUP con unos duros para echar una mano con los libros, la cazadora que pudiera gustarme o pagarme la entrada del cine te llenaba de orgullo.
Así se sucedieron algunos años.
Incluso ya vistiendo uniforme (era la época en la que aún se hacía la mili -¡cuánto bien dejó de hacerse cuando se suprimió!-) trataba de estirar aquellas, creo recordar, doscientas pesetas al mes que nos daban.
Coño (con perdón), me estoy volviendo abuelo cebolleta.
No tenías entonces mucha mayor preocupación que estudiar (algunos aún no podían hacerlo) y aprovechar la situación para encontrar tu primer empleo, tu coche, tu piso de alquiler, tus amigos, tu novia, luego tu hipoteca…
¿Le propongo un pequeño ejercicio? Mire en derredor. ¿Qué encontramos?..
Posiblemente un joven sin la posibilidad siquiera de ganarse cinco mil pesetas (30 euros) a la semana para sus gastos (ese era mi sueldo en aquella carpintería); sin futuro, sin apenas esperanza, frustrado (por malcriado o no), con mínima posibilidad de encontrar un empleo, con un presidente (Rajoy) que le dice: tenga paciencia, que en 2019 bajará la tasa de paro del 15%.
Y lo oímos con resignación.
Claro que hoy otra forma de hacer las cosas.
Hace años que algunos, entonces muy pocos, ya decíamos y escribíamos que el celo por el recorte, el recorte y el recorte no era solución.
¿Acaso está mejorando la situación y la esperanza y la previsión de futuro? ¿Qué hacemos con los 'cadáveres' de aquí a entonces? ¿Qué esperanza les damos, no a quien espera ganarse unos euros en un trabajo de verano, si no a quién se está formando?
Vive Dios que me dan ganas de agarrar la maleta y huir dejando muy evidente un corte de mangas a quien nos ha arrastrado hasta aquí y a quien es incapaz de solucionarlo.
Si no lo hago -la única razón- es porque aún hay quien como usted nos sigue, nos da su confianza, nos presta unos minutos cada día y hay anunciantes que creen en usted -cada día más, gracias a Dios- y en nosotros.





















