El peor de los mundos
Me duelen esas imágenes de un hambre y de una sed que no cumplen con el mandato evangélico de saciar al necesitado. Me apenan también porque estoy convencido de que hay soluciones objetivas, y me llenan de pesar porque aún hay muchos más criterios subjetivos para que esto no suceda.
Creo que lo que comunica en un ser humano es su pasión, su mirada, su corazón a través del rostro, pero ¿cómo comunicar cuando uno está entregado físicamente, mentalmente, espiritualmente, cuando la muerte asoma irremediablemente?
Se habla de cifras de muertos, que lo son ya, de posibles muertos, de infinitos muertos, de cifras que dan escalofríos, que me devoran por dentro y me envuelven por fuera con la impotencia de las contradicciones del ser humano.
No entiendo por qué se calcula lo evitable, por qué no se para la maquinaria de la muerte cuando las soluciones a las carencias o deficiencias existen en otras partes del globo terráqueo. No comprendo la ignominia que nos rodea por la acción u omisión a la hora de evitar todo esto.
Espanta que estemos en la Luna, que viajemos en máquinas que valen miles y miles de millones de euros, que paguemos lo intangible del sistema financiero con interminables cantidades que saben a locura, y, sin embargo, las gentes, los niños, los más débiles, mueren de hambre, de sed, de falta de medicinas, de la soledad doble que supone dejarnos a un destino cruel que nadie se ha ganado, que, ni siquiera a sabiendas, nadie se podría o se debería ganar.
Entretanto, mientras hablamos, mientras escribimos, siguen muriendo, siguen palideciendo, siguen cayendo en las redes de una Parca que encuentra demasiados aliados en estas pesadillas de un Valle de Lágrimas consentidas y estériles.
Sí, mueren, y ya no sabe uno qué hacer o qué decir, excepto que todos somos conscientes de que este mundo sin ellos, sin los que hemos condenado injustamente, es bastante peor. Bastante.
Creo que lo que comunica en un ser humano es su pasión, su mirada, su corazón a través del rostro, pero ¿cómo comunicar cuando uno está entregado físicamente, mentalmente, espiritualmente, cuando la muerte asoma irremediablemente?
Se habla de cifras de muertos, que lo son ya, de posibles muertos, de infinitos muertos, de cifras que dan escalofríos, que me devoran por dentro y me envuelven por fuera con la impotencia de las contradicciones del ser humano.
No entiendo por qué se calcula lo evitable, por qué no se para la maquinaria de la muerte cuando las soluciones a las carencias o deficiencias existen en otras partes del globo terráqueo. No comprendo la ignominia que nos rodea por la acción u omisión a la hora de evitar todo esto.
Espanta que estemos en la Luna, que viajemos en máquinas que valen miles y miles de millones de euros, que paguemos lo intangible del sistema financiero con interminables cantidades que saben a locura, y, sin embargo, las gentes, los niños, los más débiles, mueren de hambre, de sed, de falta de medicinas, de la soledad doble que supone dejarnos a un destino cruel que nadie se ha ganado, que, ni siquiera a sabiendas, nadie se podría o se debería ganar.
Entretanto, mientras hablamos, mientras escribimos, siguen muriendo, siguen palideciendo, siguen cayendo en las redes de una Parca que encuentra demasiados aliados en estas pesadillas de un Valle de Lágrimas consentidas y estériles.
Sí, mueren, y ya no sabe uno qué hacer o qué decir, excepto que todos somos conscientes de que este mundo sin ellos, sin los que hemos condenado injustamente, es bastante peor. Bastante.





















