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Opinión |
Jueves, 16 de Mayo de 2013

Parking

Ni tengo coche ni soy religiosa. Lo segundo nunca me ha impedido pedir asilo en sagrado en una iglesia, para guarecerme entre sus muros del verano o del ruido, pero jamás, repito, jamás, se me habría ocurrido hacer lo propio en un garaje.

Basta con ver una o dos películas americanas para saber que un garaje público es un sitio extremadamente peligroso donde te pueden violar, asesinar o atropellar, todo junto o por separado: de repente, unos faros se iluminan, como ávidas bocas del averno, y ya puedes darte por muerto.

Con la aprensión metida en el cuerpo, encaminé mis pasos hacia el aparcamiento Vibelsa, frente al palacio San Esteban, a ver “Parking”, una exposición comisariada por los galeristas Emilio Morales y José Fermín Serrano, que deben ser unos hombres muy valientes.

Para combatir el pánico, ante el umbral de la puerta del garaje, me fingí cruzado camino de Tierra Santa, luego, tuve que ser Dorothy y seguir un camino de rayas blancas. No mires atrás –me fui susurrando hasta que llegué a la sexta planta.

Una vez allí, me recibió el amigable y anacrónico ritmo azul de un woogie-boogie de Miguel Fructuoso, y, para mi tranquilidad, Ángel Haro, había puesto una enorme salida de emergencia; Dora Catarineu, por su parte, regentaba un fantástico restaurante desde cuyas ventanas casi se podían tocar las espléndidas bañistas de Esteban Linares; Manolo Belzunce me reconcilió con la patria y, Martínez Mengual, acabó por llevarme al huerto.

Al fin en casa –me dije con serena satisfacción, mientras por el rabillo del ojo, pude ver unos coches aparcados a traición por Pedro Guirao.

Vayan pronto a ver la exposición, el 30 de mayo se acabó lo que se daba.

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“Salida de emergencia”, de Ángel Haro.

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