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Opinión |
Viernes, 24 de Mayo de 2013

Agag: Amores que matan

La amistad que les unía entonces, según su propia declaración, fue el motivo que llevó al yerno del expresidente del Gobierno José María Aznar a aceptar como regalo de boda del presunto cabecilla de la trama Gürtel, Francisco Correa, el montaje de la iluminación del sarao que siguió a su enlace imperial con Ana Aznar Botella en el Monasterio de El escorial. De la horterada y desmesura de un evento al que acudieron como invitados algunos de los más influyentes y reputados personajes -Durao Barroso o Berlusconi, verbigracia- de la estratosfera política y social tanto de aquella época de vino y rosas como del depauperado momento actual, quedó constancia pormenorizada en las crónicas periodísticas. Sin embargo, hubo que esperar unos años para dar con la imagen de dos peculiares elementos que habían saltado al estrellato judicial gracias a su supuesta relación con un gran conglomerado clientelar vinculado al Partido Popular.

Tras expurgar cientos de fotografías tomadas en el patio de acceso a la basílica, ideada como todo el mazacote por Felipe II, allí estaban. Melena engominada y chaqué al viento en su condición de testigo, el uno. El otro, vistiendo traje ceñido de comensal en acatamiento de los severos cánones del pijerío militante y luciendo un colosal mostacho solo equiparable al veguero que exhibía con la displicencia del nuevo rico entre el índice y al anular de la mano diestra: el cabecilla de la banda y su delegado para la Comunidad Valenciana. Los dos tipos que más ríos de tinta han hecho correr hasta que apareció el contable Luis Bárcenas y sus circunstancias para disputarles un lugar bajo el radiante sol del escándalo.

Salvo que haya una coincidencia en los objetivos, ya sean mercantiles o de otra índole, con amigos así no hacen falta enemigos. Hay quien confunde el "afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato", que recoge en su diccionario la Real Academia para definir el término, con una mera relación contractual o con una patente de corso que permite actuar con impunidad. Al clan Aznar le han salido ranas algunos de sus más conspicuos amigos, como el que fuera compañero de piso del patriarca y posteriormente presidente de Cajamadrid, Miguel Blesa, enchironado hace unos días por su gestión al frente de la entidad y liberado pocas horas depués tras pagar una fianza de 2,5 millones. O Juan Villalonga, el vecino de pupitre que se enriqueció hasta la indecencia con las "stock options" cuando era el mandamás de Telefónica.

Por estos pagos, la amistad entre la parte contratante y la parte contratista también se ha convertido en la piedra angular de la política local y comunitaria. Como muestra puede valer el botón del presunto amaño del PGOU alicantino para favorecer supuestamente al omnipotente y omnipresente empresario Enrique Ortiz. Pero en plan resumen gráfico y sonrojante no queda otra que rebobinar la cinta en la que pudimos escuchar a todo un presidente de la Generalitat referirse como "amiguito del alma" al estrafalario individuo que, en reiteradas ocasiones y en los más variados foros, afirmó no conocer. Mayormente porque pese a su flagrante embuste el autor de la memorable y escatológica frase "te quiero un huevo" sigue representándonos y continúa disfrutando las dignidades y honores de carácter pecuniario reservados a quien ostentó el cargo. Su exculpación en la causa de los trajes, aunque matizada por el propio tribunal que analizó el recurso del PSPV, no le exime del pecado de la mentira. Venial para el común de la gente, pero mortal para un político.

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