¿De dónde nos han sacao?
Uno de los grandes obstáculos que tenemos los españoles para progresar como colectivo es el convencimiento de que lo que es de todos no es de nadie. Si a eso le sumamos nuestra proverbial espontaneidad latina, lo que no es de nadie me lo puedo cargar. El resultado es sencillamente devastador.
Cuando lo que es público -la res-pública- solo me da derechos y no tengo responsabilidad alguna porque me resulta indiferente, son los demás los que tienen que hacerme la vida agradable mientras yo hago sencillamente lo que me peta.
Puedo ser funcionario y, como tal, llegar una hora tarde al trabajo, tomar un café de media mañana que dure cuarenta minutos y salir a las dos. Total, es público y, por tanto, ni es de nadie ni a nadie le importa.
Puedo llamar por teléfono a mi prima la de Londres todas las mañanas con absoluta impunidad. El teléfono es de la empresa, lo que supongo que significa que lo pagan los angelitos. Bueno, y si lo paga el empresario, pues que se joda.
Puedo tirar las latas o las bolsas de basura en mitad del campo, porque ya se sabe que el campo es muy grande. Yo, que he vivido en el norte muchos años, no puedo evitar escandalizarme al ver la cantidad de desperdicios que se acumulan en el las cunetas murcianas, en los pinares, en las calles de nuestros pueblos… Dice una campaña del Ayuntamiento que Murcia es una de las ciudades más limpias de España. ¡Venga ya! Ya vale de mirarse el ombligo: hay que viajar más...
Ahora que todavía no hemos estrenado los nuevos tramos del tranvía puede usted hacer una prueba que le va a sacar los colores de la murcianía; vamos, que se me va a poner no colorao sino carmesí cuando se fije en el césped artificial del tranvía en Juan de Borbón. No son solo los papeles, botellas y latas que saltan a la vista, sino los miles de colillas que ya se acumulan en el césped artifical y que solo pueden estar allí porque los conductores las arrojan desde sus vehículos. ¡Es a-lu-ci-nan-te! Pero, claro, el tranvía también es de todos y, como la calle, de nadie.
Podemos aparcar en doble fila mientras no venga el poli, y si el tipo que ha estado esperando a que volviéramos para sacar su coche se queja, pues le decimos que "no ha sido pa' tanto, que fueron solo cinco minutos". Qué exigencias, como si la calle no fuera de todos…
Uno va al fútbol y ve como quedan las gradas después de un partido y cree que han jugado los vikingos. También puede ir a un botellón, esos que organiza la generación más formada de la historia de España con el consentimiento de las autoridades-busca-votos, y apreciar el grado de sensibilidad por lo público que tienen nuestros vástagos. Aprenderían de la exministra Carmen Calvo cuando dijo "estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie". Ahhhh, leche, ahora me cuadran todos los EREs de Andalucía y las recalificaciones de por aquí y las contratas de por allá.
¿Más ejemplos? Los gritos callejeros por las noches, las pintadas, los contenedores abiertos a pleno sol, los viajes particulares en los coches oficiales, la parsimonia de las oficinas públicas, lo que desaparece de las oficinas públicas, los papeles en el suelo de los bares, los chicles en las aceras, ¡Las cacas de los perros en las aceras!… ¡Por Dios! ¿Pero de dónde nos han sacao?
Siento mucho escribir esto pero es una evidencia constatable: cuanto más hacia el norte vas, más cuidado tiene cada uno por lo que es público. Y ahora no vale enfadarse: toca convencerse de que la honradez y el respeto hacia lo que es de todos son imprescindibles para vivir en sociedad, toca explicarlo mejor a nuestros hijos y toca predicar con el ejemplo cambiando los propios comportamientos.
Cuando lo que es público -la res-pública- solo me da derechos y no tengo responsabilidad alguna porque me resulta indiferente, son los demás los que tienen que hacerme la vida agradable mientras yo hago sencillamente lo que me peta.
Puedo ser funcionario y, como tal, llegar una hora tarde al trabajo, tomar un café de media mañana que dure cuarenta minutos y salir a las dos. Total, es público y, por tanto, ni es de nadie ni a nadie le importa.
Puedo llamar por teléfono a mi prima la de Londres todas las mañanas con absoluta impunidad. El teléfono es de la empresa, lo que supongo que significa que lo pagan los angelitos. Bueno, y si lo paga el empresario, pues que se joda.
Puedo tirar las latas o las bolsas de basura en mitad del campo, porque ya se sabe que el campo es muy grande. Yo, que he vivido en el norte muchos años, no puedo evitar escandalizarme al ver la cantidad de desperdicios que se acumulan en el las cunetas murcianas, en los pinares, en las calles de nuestros pueblos… Dice una campaña del Ayuntamiento que Murcia es una de las ciudades más limpias de España. ¡Venga ya! Ya vale de mirarse el ombligo: hay que viajar más...
Ahora que todavía no hemos estrenado los nuevos tramos del tranvía puede usted hacer una prueba que le va a sacar los colores de la murcianía; vamos, que se me va a poner no colorao sino carmesí cuando se fije en el césped artificial del tranvía en Juan de Borbón. No son solo los papeles, botellas y latas que saltan a la vista, sino los miles de colillas que ya se acumulan en el césped artifical y que solo pueden estar allí porque los conductores las arrojan desde sus vehículos. ¡Es a-lu-ci-nan-te! Pero, claro, el tranvía también es de todos y, como la calle, de nadie.
Podemos aparcar en doble fila mientras no venga el poli, y si el tipo que ha estado esperando a que volviéramos para sacar su coche se queja, pues le decimos que "no ha sido pa' tanto, que fueron solo cinco minutos". Qué exigencias, como si la calle no fuera de todos…
Uno va al fútbol y ve como quedan las gradas después de un partido y cree que han jugado los vikingos. También puede ir a un botellón, esos que organiza la generación más formada de la historia de España con el consentimiento de las autoridades-busca-votos, y apreciar el grado de sensibilidad por lo público que tienen nuestros vástagos. Aprenderían de la exministra Carmen Calvo cuando dijo "estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie". Ahhhh, leche, ahora me cuadran todos los EREs de Andalucía y las recalificaciones de por aquí y las contratas de por allá.
¿Más ejemplos? Los gritos callejeros por las noches, las pintadas, los contenedores abiertos a pleno sol, los viajes particulares en los coches oficiales, la parsimonia de las oficinas públicas, lo que desaparece de las oficinas públicas, los papeles en el suelo de los bares, los chicles en las aceras, ¡Las cacas de los perros en las aceras!… ¡Por Dios! ¿Pero de dónde nos han sacao?
Siento mucho escribir esto pero es una evidencia constatable: cuanto más hacia el norte vas, más cuidado tiene cada uno por lo que es público. Y ahora no vale enfadarse: toca convencerse de que la honradez y el respeto hacia lo que es de todos son imprescindibles para vivir en sociedad, toca explicarlo mejor a nuestros hijos y toca predicar con el ejemplo cambiando los propios comportamientos.






















