Calidad total, una receta inmejorable
Habían estado trabajando todo el día para reparar una conducción de agua. Con sus taladradoras habían picado la acera, removido la tierra y embarrado el lugar. Pero la avería se resistía y no quedaba otro remedio que continuar al día siguiente. Podían haber dejado las cosas así, en completo desorden, porque, total, era una noche y, la verdad, por aquella calle suburbial de Munich no debía de pasar ni el Tato. Pero eran alemanes, así que a las seis en punto, en vez de irse tan frescos, los dos emplearon un cuarto de hora en acabar bien el trabajo: hicieron montoncitos con toda aquella tierra desparramada, agruparon los bloques de losetas que podrían haber entorpecido el paso, pusieron luces para que nadie cayera en la zanja, limpiaron con la manguera y hasta barrieron. Y luego sí; luego se fueron a casa como si aquella perfección, aquel cuidado de los detalles fuera la cosa más normal del mundo.
Me quedé allí, como un pasmarote, sin encajar mi sorpresa y admirándoles en silencio. Siempre se ha dicho que los alemanes trabajan como bestias, pero no es verdad. Trabajan con esmero y con tesón lo que convierte su ejemplo en algo mucho más interesante.
La semana pasada conversaba en Madrid con un colega, consultor de empresas, experto en "calidad total". Fue entonces cuando me vino a la cabeza la escena de los albañiles alemanes, porque sin duda aquello que hacían era trabajo de calidad. Pensé en lo que podrían progresar mis empresas, mi ciudad, mi región y mi país si cada uno de nosotros, si cada eslabón de la cadena productiva -por pequeño que sea- introdujera en su trabajo diario el concepto de calidad total. Me pareció una magnífica receta contra la crisis, fácil de cumplir puesto que la calidad de nuestro trabajo depende sólo de nosotros, y de la que todos obtendríamos muchas satisfacciones.
El experto seguía dando ideas: había que intentar conseguir un número de errores igual a cero; cuidar con mimo de artesano los detalles del propio trabajo; empezar con perfección y acabar con perfección, es decir, poner las últimas piedras; buscar la recompensa no sólo en el sueldo o en los ingresos, no sólo en las palmaditas en la espalda que nos pueda dar el jefe, sino en el simple gusto por el trabajo bien realizado; pensar que la motivación de los que trabajan con nosotros aumenta si nosotros trabajamos bien; pensar que detrás de cada papel, de cada ladrillo, de cada hectárea, en suma, detrás de cada hora de trabajo hay siempre personas a las que podemos y debemos complacer y servir porque -remató- el trabajo tiene siempre una dimensión social.
El que hablaba -insisto- es hoy un reputado consultor, buen conocedor del marketing y de los recursos humanos. Lo digo porque sus palabras no sonaron en absoluto a sermón moral ni mucho menos religioso; hablaba pura y simplemente de empresa y de cómo hacer frente a la crisis sin esperar a que sean los gobiernos los que nos saquen de ésta.
La idea de la calidad total puede ser una idea religiosa en la medida en que la santidad tiene bastante que ver con la calidad. Pero es ante todo un concepto profundamente humano, al que cada uno de nosotros debería aferrarse para mejorar su entorno y sentirse más feliz. De paso, como beneficios colaterales, el trabajo bien hecho aumenta la calidad de vida, disuelve las crisis y engrandece los pueblos. Lo dicho: una receta inmejorable.
Me quedé allí, como un pasmarote, sin encajar mi sorpresa y admirándoles en silencio. Siempre se ha dicho que los alemanes trabajan como bestias, pero no es verdad. Trabajan con esmero y con tesón lo que convierte su ejemplo en algo mucho más interesante.
La semana pasada conversaba en Madrid con un colega, consultor de empresas, experto en "calidad total". Fue entonces cuando me vino a la cabeza la escena de los albañiles alemanes, porque sin duda aquello que hacían era trabajo de calidad. Pensé en lo que podrían progresar mis empresas, mi ciudad, mi región y mi país si cada uno de nosotros, si cada eslabón de la cadena productiva -por pequeño que sea- introdujera en su trabajo diario el concepto de calidad total. Me pareció una magnífica receta contra la crisis, fácil de cumplir puesto que la calidad de nuestro trabajo depende sólo de nosotros, y de la que todos obtendríamos muchas satisfacciones.
El experto seguía dando ideas: había que intentar conseguir un número de errores igual a cero; cuidar con mimo de artesano los detalles del propio trabajo; empezar con perfección y acabar con perfección, es decir, poner las últimas piedras; buscar la recompensa no sólo en el sueldo o en los ingresos, no sólo en las palmaditas en la espalda que nos pueda dar el jefe, sino en el simple gusto por el trabajo bien realizado; pensar que la motivación de los que trabajan con nosotros aumenta si nosotros trabajamos bien; pensar que detrás de cada papel, de cada ladrillo, de cada hectárea, en suma, detrás de cada hora de trabajo hay siempre personas a las que podemos y debemos complacer y servir porque -remató- el trabajo tiene siempre una dimensión social.
El que hablaba -insisto- es hoy un reputado consultor, buen conocedor del marketing y de los recursos humanos. Lo digo porque sus palabras no sonaron en absoluto a sermón moral ni mucho menos religioso; hablaba pura y simplemente de empresa y de cómo hacer frente a la crisis sin esperar a que sean los gobiernos los que nos saquen de ésta.
La idea de la calidad total puede ser una idea religiosa en la medida en que la santidad tiene bastante que ver con la calidad. Pero es ante todo un concepto profundamente humano, al que cada uno de nosotros debería aferrarse para mejorar su entorno y sentirse más feliz. De paso, como beneficios colaterales, el trabajo bien hecho aumenta la calidad de vida, disuelve las crisis y engrandece los pueblos. Lo dicho: una receta inmejorable.





















