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Opinión |
Martes, 01 de Marzo de 2011

Otra ocurrencia

Tengo un amigo socialista, de esos que se sonroja y se irrita cuando hablamos del gobierno, que me ha dicho, con amarga ironía, que lo de los 110 kilómetros por hora es "otra ocurrencia".

    Podría ser. ¿A quien se le ocurre obligar a la gente a ahorrar por decreto? Si no se trata de seguridad vial ni de evitar la contaminación, si no hay problema de abastecimiento de combustible, la verdad es que lo de los 110 resulta toda una ocurrencia. Debe ser parte del Plan Estratégico de Energía, ése que fijó la temperatura del aire acondicionado, que repartía bombillas en correos y que ahora nos obliga a no pasar de 110, mientras Blanco anuncia que reducirá la luz de las autopistas. La verdad es que como Plan Estratégico resulta sobrecogedor.

    Hay quien dice que la ocurrencia trata de levantar una cortina de humo para que hablemos de esas bobadas y no de las cosas serias y espinosas. No sé, la verdad.

    Lo que sí sé es que la cosa está improvisada porque las pegatinas, o los imanes, o lo que sea que se vaya a poner para tapar las actuales señales, cuestan 250.000 euros, lo que significa que habría que hacer un concurso público que, por procedimiento de urgencia, no estará resuelto antes de tres meses. Así que a ver cómo lo organizan para que el 7 de marzo tengamos nueva señalética. Aviso para listillos: fragmentar el encarguito entre las comunidades autónomas sería fraude de ley.

    El caso es que podría ser una ocurrencia, pero ya empiezo a pensar que no. Más bien se trata de un daño antropológico. Me explicaré: hay gente en la política que confunde el estado social con el estado providencia. El social busca la igualdad de los individuos; el estado providencia se arroga la facultad de proteger, conducir y decidir por los individuos hasta el punto de irrumpir en su vida privada y sustraerles poquito a poco su libertad. A cambio, eso sí, el estado providencia ayuda y subvenciona a troche y moche, acallando conciencias y narcotizando a la sociedad civil. Vamos, lo que hemos tenido aquí durante muchos años. Hasta que llega la crisis y ese estado protector salta por los aires porque ya no hay un euro para subvencionar. Pero a los gobernantes les gusta tanto que no pueden deshacerse del tic y, claro, continúan orientando las decisiones en la misma dirección: la de quitarle la libertad al individuo al mismo tiempo que se le convence de que es por su bien.

    Por eso, esto de la velocidad de las autovías me parece mucho más que una ocurrencia: es un estilo, una manera de entender la vida, el hombre y la sociedad. Ellos, la encarnación por excelencia del estado protector, se quedan tan anchos imponiéndome cómo me conviene ahorrar. No me extrañaría que acabaran diciéndome cuántos troncos tengo que poner en mi barbacoa; ese día agacharé la mirada, no sea que si la levanto vea el avión oficial que lleva a ZP a una reunión del partido en Málaga  y me pille tal rebote que le atice a alguien con el hierro de la lumbre.

    Dice el ministro de Industria que si a alguien se le ocurre un modo mejor de ahorrar gasolina, que lo diga. No, señor ministro, así no es como funciona: si no se le ocurre a usted y a su equipo, se nos larga, que verá como nadie sufre, ni le echa nadie de menos.

    Yo le decía a mi amigo socialista: y dado que ya no pueden fumar tabaco, ¿qué se habrán fumado estos chavalitos en el Consejo de Ministros? Y, él muy serio, creo que dolorido, me respondió: se habrán fumado los brotes verdes.
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