El Corredor y la marmota
Esta película ya la hemos visto. En blanco y negro. En color. Remasterizada. Con distintos protagonistas. En multicines. En la tele. En grandes salas de proyección de las que ya apenas quedan. Con subtítulos. Doblada al español. Con palomitas y Coca-Cola. Sin palomitas ni Coca-Cola. Se llama Atrapado en el tiempo, aunque es más conocida como El día de la marmota. Ya saben, esa cinta en la que Bill Murray encarna a un reportero condenado a vivir la misma historia un día tras otro. La hemos visto tantas veces que el hastío que sentimos los espectadores es similar al que agobiaba al protagonista ante la previsibilidad de lo que le iba a suceder nada más levantarse de la cama.
Sustitúyase el nombre del roedor alpino que pasa más de la mitad de su vida durmiendo plácidamente bajo tierra por el de Corredor Mediterráneo y tendremos una nueva entrega por capítulos de las interminables series que se ruedan en los estudios de Valencia y Murcia a propósito de cualesquiera de los proyectos de interés general que acaban convirtiéndose en alimento altamente rico en colesterol y triglicéridos dentro de la tradicional dieta mediterránea que prescribe la confrontación entre los principales partidos.
El pretendido consenso que debía presidir la reclamación ante la Comisión Europea de un trazado ferroviario que incluyera a Alicante y Murcia en su recorrido hacia la frontera geográfica del norte peninsular ha durado, minuto arriba, minuto abajo, lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio. Normal, por lo demás, si nos atenemos a la circunstancia nada casual de que nuestros dirigentes suelen mostrar un lamentable nivel de parvulario a la hora del cierre de filas para la búsqueda del bien común y de todas esas otras memeces argumentales con las que se llenan la boca cinco minutos antes de que la balanza se incline hacia el latido partidario.
La peli que estamos viendo en las últimas semanas a propósito del enfrentamiento entre socialistas y populares en Valencia es una burda copia de otros largometrajes como el del agua o, en su momento, el del Tren de Alta velocidad, en los que siempre ha primado la táctica cortoplacista sobre la estrategia de amplio espectro, la víscera sobre el cerebro, la chinchorrería sobre la reflexión y la disciplina militante sobre el sentido común.
En consecuencia, el frente amplio que reclamó el ministro de Fomento José Blanco en su reunión con representantes de las autonomías hace un par de meses para llevar una sola voz, alta y clara, con el fin de que las instancias supranacionales mudaran de criterio y se avinieran a la propuesta española se ha convertido en una batalla de trincheras en la que cada cual hace la guerra por su cuenta y riesgo utilizando un fuego graneado que, ciertamente, movería a risa si no fuera porque en esta versión ni los unos ni los otros se quedan con la chica.
Sustitúyase el nombre del roedor alpino que pasa más de la mitad de su vida durmiendo plácidamente bajo tierra por el de Corredor Mediterráneo y tendremos una nueva entrega por capítulos de las interminables series que se ruedan en los estudios de Valencia y Murcia a propósito de cualesquiera de los proyectos de interés general que acaban convirtiéndose en alimento altamente rico en colesterol y triglicéridos dentro de la tradicional dieta mediterránea que prescribe la confrontación entre los principales partidos.
El pretendido consenso que debía presidir la reclamación ante la Comisión Europea de un trazado ferroviario que incluyera a Alicante y Murcia en su recorrido hacia la frontera geográfica del norte peninsular ha durado, minuto arriba, minuto abajo, lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio. Normal, por lo demás, si nos atenemos a la circunstancia nada casual de que nuestros dirigentes suelen mostrar un lamentable nivel de parvulario a la hora del cierre de filas para la búsqueda del bien común y de todas esas otras memeces argumentales con las que se llenan la boca cinco minutos antes de que la balanza se incline hacia el latido partidario.
La peli que estamos viendo en las últimas semanas a propósito del enfrentamiento entre socialistas y populares en Valencia es una burda copia de otros largometrajes como el del agua o, en su momento, el del Tren de Alta velocidad, en los que siempre ha primado la táctica cortoplacista sobre la estrategia de amplio espectro, la víscera sobre el cerebro, la chinchorrería sobre la reflexión y la disciplina militante sobre el sentido común.
En consecuencia, el frente amplio que reclamó el ministro de Fomento José Blanco en su reunión con representantes de las autonomías hace un par de meses para llevar una sola voz, alta y clara, con el fin de que las instancias supranacionales mudaran de criterio y se avinieran a la propuesta española se ha convertido en una batalla de trincheras en la que cada cual hace la guerra por su cuenta y riesgo utilizando un fuego graneado que, ciertamente, movería a risa si no fuera porque en esta versión ni los unos ni los otros se quedan con la chica.





















