Atrapados en la red
Las redes sociales conforman un panal de rica miel al que acuden como moscas muchos políticos golosos para morir presas de patas en él. Paradójicamente también son inmensos contenedores de basura en los que tienden a verter toda suerte de residuos sólidos, líquidos y gaseosos que quedan atrapados en la tupida malla para dejar constancia perenne de sus limitaciones en unos pocos caracteres. El abuso que hacen de estos sistemas de comunicación que han revolucionado el concepto de la transmisión de informaciones para democratizarlo hasta límites tan peligrosos como inimaginables hace solo unos años convierte su ansia de notoriedad en temerarios ejercicios de redacción infantil en los que, al calor del debate, escriben con las vísceras o intentan la vía del chascarrillo para lograr situarse, en la mayoría de las ocasiones contra su voluntad, como "trending topic", que es a Twitter lo que el número uno a los Cuarenta Principales.
Las redes son el nuevo purgatorio laico en el que hacen escala dirigentes y cargos de mayor o menor fuste que viajan desde el limbo en el que viven antes de sumirse en las tinieblas del infierno por culpa de sus irreflexivas anotaciones o a causa de inenarrables meteduras de pata. Cuando se dice que fulano o mengano ha "incendiado la red" con alguna ocurrencia es que ha entrado directamente en las calderas de Pedro Botero para cocerse a fuego lento en las críticas de los internautas, animosos e inflexibles censores que a cambio de nada cubren con una espesa salsa de ridículo o de reproche al reo hasta forzar su arrepentimiento.
Pedir perdón una vez desencadenado el siniestro redero suele ser, con matices, el colofón a una secuencia que se produce en tiempo real. Mientras resulta inverosímil que el prodigio de la disculpa pública se opere en la vida cotidiana por más años que transcurran, la cosa virtual tiene otro ritmo. Dependiendo del número de usuarios que salten a la yugular del menda puede darse el caso de que una hora después de su irrupción en el espacio cibernético, que diría un conocido, se vea en la necesidad de plegar velas, humillándose hasta el masoquismo si fuera preciso para frenar el castigo impuesto por el pecado cometido, cuyo conocimiento, además, pasa a ser objeto de tratamiento y universalización por parte los medios considerados convencionales.
El principio acción-reacción-acción se cumple escrupulosamente en este arte de pesca de errores que son las redes sociales. La vicesecretaria general del PSOE Elena Valenciano tuvo que buscar urgentemente la absolución después de llamar "feo" al jugador del Bayern de Munich Franck Ribéry en Twitter al ignorar que si tenía la cara sembrada de cicatrices era porque sufrió un accidente de tráfico en su infancia. También el alcalde de Callosa de Segura, Javier Pérez, se ha disculpado en Facebook recientemente, siquiera de manera parcial, tras llamar "mierdas" a los catalanes por los abucheos registrados al himno español durante la inauguración de los mundiales de natación de Barcelona. Y el concejal del PP en Toledo, Diego Vivas, se vio obligado a recular en su cuenta personal nada más acusar al PSOE de haber "robado, secuestrado, matado y enterrado gente en cal viva".
Son solo tres ejemplos dentro de la legión de besugos con sueldo salido del erario, o con un puesto relevante cuyo ejercicio implica ejemplaridad, que pican el cebo envenenado por su propia incontinencia. Hay maestros como el diputado del PP valenciano Esteban González Pons que caen en el anzuelo una y otra vez. Pero nadie como su paisano de UPyD Toni Cantó, cuyo pasado de actor le impulsa a hacer bises sin parar en el escenario de la política. El último gag de su señoría ha sido imitar por escrito la dicción defectuosa de Mariano Rajoy para disculparse a renglón seguido. Con semejantes prácticas no solo siguen devaluándose como políticos sino que además, por reiterativas, devalúan el objetivo de las disculpas, que para serlo deben implicar propósito de enmienda. Al parecer, la penitencia del descrédito social y personal les resbala.
Otros artículos de Jesús Alonso.
Las redes son el nuevo purgatorio laico en el que hacen escala dirigentes y cargos de mayor o menor fuste que viajan desde el limbo en el que viven antes de sumirse en las tinieblas del infierno por culpa de sus irreflexivas anotaciones o a causa de inenarrables meteduras de pata. Cuando se dice que fulano o mengano ha "incendiado la red" con alguna ocurrencia es que ha entrado directamente en las calderas de Pedro Botero para cocerse a fuego lento en las críticas de los internautas, animosos e inflexibles censores que a cambio de nada cubren con una espesa salsa de ridículo o de reproche al reo hasta forzar su arrepentimiento.
Pedir perdón una vez desencadenado el siniestro redero suele ser, con matices, el colofón a una secuencia que se produce en tiempo real. Mientras resulta inverosímil que el prodigio de la disculpa pública se opere en la vida cotidiana por más años que transcurran, la cosa virtual tiene otro ritmo. Dependiendo del número de usuarios que salten a la yugular del menda puede darse el caso de que una hora después de su irrupción en el espacio cibernético, que diría un conocido, se vea en la necesidad de plegar velas, humillándose hasta el masoquismo si fuera preciso para frenar el castigo impuesto por el pecado cometido, cuyo conocimiento, además, pasa a ser objeto de tratamiento y universalización por parte los medios considerados convencionales.
El principio acción-reacción-acción se cumple escrupulosamente en este arte de pesca de errores que son las redes sociales. La vicesecretaria general del PSOE Elena Valenciano tuvo que buscar urgentemente la absolución después de llamar "feo" al jugador del Bayern de Munich Franck Ribéry en Twitter al ignorar que si tenía la cara sembrada de cicatrices era porque sufrió un accidente de tráfico en su infancia. También el alcalde de Callosa de Segura, Javier Pérez, se ha disculpado en Facebook recientemente, siquiera de manera parcial, tras llamar "mierdas" a los catalanes por los abucheos registrados al himno español durante la inauguración de los mundiales de natación de Barcelona. Y el concejal del PP en Toledo, Diego Vivas, se vio obligado a recular en su cuenta personal nada más acusar al PSOE de haber "robado, secuestrado, matado y enterrado gente en cal viva".
Son solo tres ejemplos dentro de la legión de besugos con sueldo salido del erario, o con un puesto relevante cuyo ejercicio implica ejemplaridad, que pican el cebo envenenado por su propia incontinencia. Hay maestros como el diputado del PP valenciano Esteban González Pons que caen en el anzuelo una y otra vez. Pero nadie como su paisano de UPyD Toni Cantó, cuyo pasado de actor le impulsa a hacer bises sin parar en el escenario de la política. El último gag de su señoría ha sido imitar por escrito la dicción defectuosa de Mariano Rajoy para disculparse a renglón seguido. Con semejantes prácticas no solo siguen devaluándose como políticos sino que además, por reiterativas, devalúan el objetivo de las disculpas, que para serlo deben implicar propósito de enmienda. Al parecer, la penitencia del descrédito social y personal les resbala.
Otros artículos de Jesús Alonso.





















