Vuelta al cole
Parece que fue ayer cuando los colegios cerraron sus puertas y, mira por dónde, ya están a punto de abrirlas de nuevo. En el imaginario colectivo fue ayer, anteayer a lo sumo, cuando los colegios echaron el candado a un curso marcado como el anterior por las movilizaciones de padres, alumnos y profesores contra los tijeretazos sin precedentes que registra el sistema educativo y, qué cosas, estamos a vuelta de hoja de calendario del momento procesal en el que la chiquillería calentará el pupitre al comienzo de otro periodo docente que se anuncia atiborrado de protestas por la anorexia contable inducida desde las administraciones que aflige al entramado educativo sin otros precedentes que los mencionados un par de líneas más arriba. La vuelta al cole es como el día de la marmota, pero con horario lectivo y recreo.
A los progenitores de los tiernos infantes que en el transcurso de unas pocas horas pasarán de chapotear en la piscina a bucear en las agitadas aguas de las restas y las divisiones -las sumas y las multiplicaciones quedan para la siguiente reforma- y a conjugar a pulmón libre el imperativo del verbo recortar les cuesta la broma formativa alrededor de 670 euros. Es decir, un capitalito para unos tiempos en los que gran parte del parvulario que ya peina canas recuerda con añoranza aquella época en la que el mileurismo no era un neologismo salarial generalizado entre los jóvenes, sino una afrenta, y el mileurista un paria que al menor descuido te ponía ante las narices su título de doctor en Física Cuántica para demostarte hasta dónde llegaba la riada del despropósito. "Quién lo pillara", se lamenta ahora el flamante doctor masterizado al que está a punto de expirarle el contrato que le habilitó como camarero de un chiringuito playero al inicio de la temporada turísica alta.
También parece que fue ayer -bueno, la semana pasada, para no ponernos drámaticos, que diría Floriano- cuando Rajoy finiquitó provisionalmente su particular curso/calvario tras una apoteósica intervención ante el claustro del Congreso que solo convenció a quienes ya estaban convencidos previamente -de forma sincera o impostada, depende- de la inocencia e ingenuidad infantiles que viene exhibiendo el PP para regodeo de los humoristas y monologuistas más reputados con tal de desmarcarse de las correrías del extesorero mayor del reino Luis Bárcenas.
El presidente del Gobierno vuelve al cole con tal número de suspensos en la mochila que si se le aplicara la ley Wert no pasaría de nivel. Pero como es el enchufado de la clase, no solo se le permite que no haga los deberes de asignaturas tan "marías" como la crisis -"que se hunda España, que ya la salvaremos nosotros", Montoro dixit- o la bronca interna suscitada a raiz de la contabilidad opaca de su partido - "Nadie podrá probar que no son [Bárcenas y Galeote] inocentes", pronosticó el líder del PP antes de que se levantará el telón del espectáculo- sino que, encima, se le prorrogan la vacaciones con una apretada agenda exterior que más parece una hoja de ruta sobre la práctica de los novillos escolares.
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A los progenitores de los tiernos infantes que en el transcurso de unas pocas horas pasarán de chapotear en la piscina a bucear en las agitadas aguas de las restas y las divisiones -las sumas y las multiplicaciones quedan para la siguiente reforma- y a conjugar a pulmón libre el imperativo del verbo recortar les cuesta la broma formativa alrededor de 670 euros. Es decir, un capitalito para unos tiempos en los que gran parte del parvulario que ya peina canas recuerda con añoranza aquella época en la que el mileurismo no era un neologismo salarial generalizado entre los jóvenes, sino una afrenta, y el mileurista un paria que al menor descuido te ponía ante las narices su título de doctor en Física Cuántica para demostarte hasta dónde llegaba la riada del despropósito. "Quién lo pillara", se lamenta ahora el flamante doctor masterizado al que está a punto de expirarle el contrato que le habilitó como camarero de un chiringuito playero al inicio de la temporada turísica alta.
También parece que fue ayer -bueno, la semana pasada, para no ponernos drámaticos, que diría Floriano- cuando Rajoy finiquitó provisionalmente su particular curso/calvario tras una apoteósica intervención ante el claustro del Congreso que solo convenció a quienes ya estaban convencidos previamente -de forma sincera o impostada, depende- de la inocencia e ingenuidad infantiles que viene exhibiendo el PP para regodeo de los humoristas y monologuistas más reputados con tal de desmarcarse de las correrías del extesorero mayor del reino Luis Bárcenas.
El presidente del Gobierno vuelve al cole con tal número de suspensos en la mochila que si se le aplicara la ley Wert no pasaría de nivel. Pero como es el enchufado de la clase, no solo se le permite que no haga los deberes de asignaturas tan "marías" como la crisis -"que se hunda España, que ya la salvaremos nosotros", Montoro dixit- o la bronca interna suscitada a raiz de la contabilidad opaca de su partido - "Nadie podrá probar que no son [Bárcenas y Galeote] inocentes", pronosticó el líder del PP antes de que se levantará el telón del espectáculo- sino que, encima, se le prorrogan la vacaciones con una apretada agenda exterior que más parece una hoja de ruta sobre la práctica de los novillos escolares.
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