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Opinión |
Jueves, 12 de Septiembre de 2013

Bajo el mar

Si servidora fuera Ana Botella, que no lo es, porque lamentablemente no tiene su gracia salerosa ni sus pelos indescriptibles ni un marido con tableta de chocolate en lugar de la típica barriguita cuarentona de mi churri; si servidora fuera Ana Botella, decía, me habría colgado del cuello la bola esa del último videoclip de Miley Cyrus y me hubiera lanzado con ella al mar y en lugar de un mensaje en una botella sería una Botella a secas –cosa bastante difícil de conseguir en el líquido elemento-, o sea, sin mensaje; a cambio estaría a salvo de las chuflas sin cuartel que la pobre está teniendo.

Por seguir hablando en términos marineros, se dice que su carrera política zozobra que es un primor y tiene más goteras que el nuevo techo del Congreso y, en realidad, lo único que ha impedido que se lance al mar, sería el nefasto efecto de la humedad sobre esos rebeldes pelos suyos.

Fuentes cercanas, -a saber, su profesora de inglés-, han comentado en una red social que de hecho Ana Botella -en un intento descabellado por quedarse bajo el mar sin que se le encresparan los pelos-, podría ser la misteriosa mujer que el lunes pujaba en la sala de RM Auctions por el coche submarino que James Bond utilizó para escapar en una escena de la película “La espía que me amó”.

Lamentablemente la vida no sonríe a Ana y un comprador anónimo, que ofertó por teléfono, acabó levantándole la liebre por 643.500 machacantes del mismo modo que Tokio le levantó los Juegos Olímpicos. C´est la vie.


[Img #17851]
Aquí estaría Ana la mar de bien.

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