Embalsamando cadáveres
Te levantas de la cama como quien abandona la mortaja y cuando te diriges a la ducha tienes la sensación de que te encaminas al degolladero. Ya sabemos que despertarse cada día es morir poco a poco, pero como la alternativa consiste en no abrir los ojos, nos despertamos para sumirnos en la pesadilla cotidiana sin habernos desprendido todavía de las legañas. Poner la radio por la mañana es, en materia de contenidos, como hacerlo por la noche. La diferencia estriba en que el estado de vigilia previo al inicio de la jornada laboral conlleva que las alertas, siempre activadas, sean más sensibles a lo que nos llega por las ondas. Y lo que nos llega a través del éter es lo más parecido a los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero con publicidad comercial.
El caso es que desde que nos incorporamos del ataúd hasta que volvemos a acostamos estamos instalados en el pánico y rodeados de ajos para ahuyentar los malos espíritus. La única duda es por dónde nos va a venir la siguiente bofetada pese a que, a lo mejor, las perspectivas no han sido tan desastrosas como se vislumbraba el día anterior. Por aquello del efecto mariposa hemos vivido acojonaditos medio verano debido la presunta quiebra de los Estados Unidos que se nos anunció con fecha fija en el calendario si republicanos y demócratas no alcanzaban un acuerdo. Lograron el consenso tras semanas de encarnizada batalla, pero solo para que una de esas agencias de calificación con nombre en inglés e intereses en esperanto rebajara la calidad de la deuda del país más poderoso del mundo y dejara el parqué y las esperanzas mundiales hechos unos zorros.
Ha habido muchos otros ejemplos durante la crisis que nos embarga de que las medidas que implementan las autoridades monetarias y políticas no son necesariamente balsámicas. Más bien al contrario ya que, al parecer, en la economía como en la física rige el principio que postula que a toda acción se opone una reacción igual pero en sentido contrario. Por estos pagos, PSOE y PP acordaron un reforma exprés de la Constitución para conjurar el déficit del Estado con vistas a 2020 y a serenar a los desconfiados y hambrientos mercados, lo cual ha generado una cascada de malestar que ha contribuido a caldear un poco más un otoño que ya se esperaba con temperaturas superiores a las normales. Pues bien, ha bastado que la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Cristine Lagarde, advirtiera que la recesión mundial era inminente para que las bolsas saltaran en pedazos y el supuesto efecto placebo de la metamorfosis de la Carta Magna se olvidara incluso después de que el presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso, negara la mayor, pusiera paños calientes y templara gaitas sobre el asunto.
En este contexto de sobresaltos no es extraño que Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy parezcan más una pareja de embalsamadores de cadáveres que los candidatos de los dos principales partidos políticos a la presidencia del Gobierno. Parece lógico que ambos miren con recelo su participación en los mítines de cara a las elecciones generales de noviembre. A juzgar por su lenguaje gestual, en el que el primero ha perdido la sonrisa y el segundo ya no saca pecho, seguramente estarán barajando cómo darnos el pésame.
El caso es que desde que nos incorporamos del ataúd hasta que volvemos a acostamos estamos instalados en el pánico y rodeados de ajos para ahuyentar los malos espíritus. La única duda es por dónde nos va a venir la siguiente bofetada pese a que, a lo mejor, las perspectivas no han sido tan desastrosas como se vislumbraba el día anterior. Por aquello del efecto mariposa hemos vivido acojonaditos medio verano debido la presunta quiebra de los Estados Unidos que se nos anunció con fecha fija en el calendario si republicanos y demócratas no alcanzaban un acuerdo. Lograron el consenso tras semanas de encarnizada batalla, pero solo para que una de esas agencias de calificación con nombre en inglés e intereses en esperanto rebajara la calidad de la deuda del país más poderoso del mundo y dejara el parqué y las esperanzas mundiales hechos unos zorros.
Ha habido muchos otros ejemplos durante la crisis que nos embarga de que las medidas que implementan las autoridades monetarias y políticas no son necesariamente balsámicas. Más bien al contrario ya que, al parecer, en la economía como en la física rige el principio que postula que a toda acción se opone una reacción igual pero en sentido contrario. Por estos pagos, PSOE y PP acordaron un reforma exprés de la Constitución para conjurar el déficit del Estado con vistas a 2020 y a serenar a los desconfiados y hambrientos mercados, lo cual ha generado una cascada de malestar que ha contribuido a caldear un poco más un otoño que ya se esperaba con temperaturas superiores a las normales. Pues bien, ha bastado que la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Cristine Lagarde, advirtiera que la recesión mundial era inminente para que las bolsas saltaran en pedazos y el supuesto efecto placebo de la metamorfosis de la Carta Magna se olvidara incluso después de que el presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso, negara la mayor, pusiera paños calientes y templara gaitas sobre el asunto.
En este contexto de sobresaltos no es extraño que Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy parezcan más una pareja de embalsamadores de cadáveres que los candidatos de los dos principales partidos políticos a la presidencia del Gobierno. Parece lógico que ambos miren con recelo su participación en los mítines de cara a las elecciones generales de noviembre. A juzgar por su lenguaje gestual, en el que el primero ha perdido la sonrisa y el segundo ya no saca pecho, seguramente estarán barajando cómo darnos el pésame.





















