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Opinión |
Jueves, 03 de Octubre de 2013

¡Anda, los donuts!

Me encantan los donuts y anoche me vi la trilogía entera de El padrino, y resulta que me encanta El padrino, desde su primera parte hasta su tercera. Sí, El Padrino y los donuts son dos buenas cosas por las que merece la pena vivir, te reconcilian, cada una a su manera, con el ser humano, unirlas sería fantástico; espero que esta huelga de los empleados de Panrico no dé al traste con mis planes.

A ver, también me encantan las huelgas, pero daba tanto gusto ver cómo moría gente en El padrino. Matar gente debe generar la misma adicción que comer donuts.

Cuarenta años –muy bien llevados, por cierto-, han tenido que pasar para que descubriera al padrino. ¿Por qué no me hablaron de él mientras me soltaban cándidas soflamas sobre la resistencia pacífica de Ghandhi? ¿Son conscientes de la cantidad de donuts que tengo que ingerir por entrar en conflicto moral cada vez que siento deseos de matar a alguien?

Pero esto se acabó, sí, ha nacido Doña Corleone, la madrina más dulce del crimen organizado, y mi familia serán los donuts, y los mandaré por correo postal certificado a todos aquellos que se crucen en mi camino, ya sean políticos, banqueros o particulares.

En lugar de sangre, dejaré un rastro de azúcar almibarado y grasas saturadas que acabará con la vida de mis víctimas por diabetes e infarto. Nada mejor que una muerte lenta.

Empiezo en cuanto acabe la huelga, que la Doña también tiene su código de honor.

[Img #18387]

Cecilia Corleone con sus chicos.

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