Andy Warhol: The Factory
A la mística y aristocrática Pitita Ridruejo además de aparecérsele la Virgen, se le apareció Andy Warhol, que también era muy devoto. El encuentro tuvo lugar en 1983, con motivo de la visita del artista a Madrid.
Cuenta la propia Ridruejo que quedó citada con Warhol para hacerle una entrevista en el hotel donde éste se alojaba y que, al entrar en la habitación del artista, descubrió que no había dónde sentarse ya que todos los muebles estaban tirados de cualquier manera por el suelo, pero como ella estaba muy versada en lo paranormal, se dejó caer elegantemente sobre el piso y empezó a hacerle preguntas.
Eso no les va a ocurrir si acuden a ver la muy recomendable exposición de Andy Warhol que hay en estos momentos en la galería La Aurora, de Murcia, pues, como pieza estrella, en el lugar más destacado, se señorea una silla de alto respaldo y tormentoso pasado, una silla eléctrica.
Explica el texto redactado por la galería, que se trata de un modelo auténtico de principios de siglo, que se encontraba en el estudio de Warhol, el cual la utilizó “como metáfora de la muerte y herramienta descontextualizada de la opresión política” en su serie “Desastres”; aunque, lo más jugoso, sin duda alguna, sea saber que Roman Polansky y Nico, frieron un filete para probar que funcionaba o que el propio Warhol se sentaba en ella para ver películas de miedo.
Es un poco difícil resistirse al morboso y perverso deseo de sentarse en ella, -está permitido hacerlo, y lo más importante, no está enchufada-, pero no dejen que su macabra presencia electrocute sus sentidos hasta el extremo de eclipsar al resto de las piezas, si lo consienten, se perderán la transformación de los símbolos de la cultura de masas en arte puro, la famosa lata de sopa Campbell´s, los glamurosos retratos de los iconos del siglo XX, como Mick Jagger, Marilyn Monroe, John Lennon, Frank Sinatra o Jimmi Hendrix, al propio Andy caracterizado, parodiándose, como una diva del celuloide mientras posa para Chris Makos, una Venus de Velázquez, pero que es de Warhol.
Sería una pena, aunque no de muerte, que la silla eléctrica subyugara su espíritu ávido de espectáculo y carnaza a niveles industriales, sería una pena, pero sería humano, total, cuando Andy Warhol, durante su estancia madrileña, fue a visitar el Museo del Prado, preguntó dónde estaba la tienda, se estuvo un buen rato mirando tarjetas con reproducciones de los cuadros que allí había expuestos, compró unas cuantas y, al preguntarle sus acompañantes: “bueno, ¿entramos ya?”, él contestó: “no, no, ya lo he visto. Es maravilloso, es un museo magnífico, me ha encantado”.
![[Img #19206]](upload/img/periodico/img_19206.jpg)
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Cuenta la propia Ridruejo que quedó citada con Warhol para hacerle una entrevista en el hotel donde éste se alojaba y que, al entrar en la habitación del artista, descubrió que no había dónde sentarse ya que todos los muebles estaban tirados de cualquier manera por el suelo, pero como ella estaba muy versada en lo paranormal, se dejó caer elegantemente sobre el piso y empezó a hacerle preguntas.
Eso no les va a ocurrir si acuden a ver la muy recomendable exposición de Andy Warhol que hay en estos momentos en la galería La Aurora, de Murcia, pues, como pieza estrella, en el lugar más destacado, se señorea una silla de alto respaldo y tormentoso pasado, una silla eléctrica.
Explica el texto redactado por la galería, que se trata de un modelo auténtico de principios de siglo, que se encontraba en el estudio de Warhol, el cual la utilizó “como metáfora de la muerte y herramienta descontextualizada de la opresión política” en su serie “Desastres”; aunque, lo más jugoso, sin duda alguna, sea saber que Roman Polansky y Nico, frieron un filete para probar que funcionaba o que el propio Warhol se sentaba en ella para ver películas de miedo.
Es un poco difícil resistirse al morboso y perverso deseo de sentarse en ella, -está permitido hacerlo, y lo más importante, no está enchufada-, pero no dejen que su macabra presencia electrocute sus sentidos hasta el extremo de eclipsar al resto de las piezas, si lo consienten, se perderán la transformación de los símbolos de la cultura de masas en arte puro, la famosa lata de sopa Campbell´s, los glamurosos retratos de los iconos del siglo XX, como Mick Jagger, Marilyn Monroe, John Lennon, Frank Sinatra o Jimmi Hendrix, al propio Andy caracterizado, parodiándose, como una diva del celuloide mientras posa para Chris Makos, una Venus de Velázquez, pero que es de Warhol.
Sería una pena, aunque no de muerte, que la silla eléctrica subyugara su espíritu ávido de espectáculo y carnaza a niveles industriales, sería una pena, pero sería humano, total, cuando Andy Warhol, durante su estancia madrileña, fue a visitar el Museo del Prado, preguntó dónde estaba la tienda, se estuvo un buen rato mirando tarjetas con reproducciones de los cuadros que allí había expuestos, compró unas cuantas y, al preguntarle sus acompañantes: “bueno, ¿entramos ya?”, él contestó: “no, no, ya lo he visto. Es maravilloso, es un museo magnífico, me ha encantado”.
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