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Opinión |
Martes, 05 de Noviembre de 2013

Contra la prostitución, contra todo

El ayuntamiento de Murcia dictó en algún momento una ordenanza donde se prohíbe a las prostitutas hacer las calles de la capital. Yo, como las prostitutas, desconocía la existencia de esa ordenanza, por otra parte tan agradable tanto a rancios como a progresistas, que tantas veces son lo mismo (ya decía Rubalcaba que la prostitución es un 'casi delito'). Ahora la autoridad municipal quiere recordar a las que hacen las calles el contenido de ese bando contra la prostitución, que ha tenido tan poca repercusión que yo lo que recuerdo más bien -y supongo que las prostitutas recuerdan exactamente lo mismo- es que, no hace tanto tiempo, el mismo ayuntamiento publicitaba descaradamente los bares de alterne en sus autobuses urbanos: el desaparecido club 'Pétalos' en pegatinas gigantes de tías del Este, a todo autobús.
 
Yo creía que lo de la 'doble moral' consistía en esa cosa socialdemócrata de promover por un lado la liberación de la mujer y por otro, cuando efectivamente la mujer cobra por su cuerpo al liberarse y no porque la tenga retenida contra su voluntad ninguna mafia de trata de blancas, decir que eso es casi delito mientras casi se arruga el morro. Pero no. El ayuntamiento de Murcia ha inventado algo mucho más definitivo en cuestiones de moral bífida: supongo que por cuestiones de competencia desleal, prohíben la venta callejera de lo que los autobuses urbanos vendían sobre su carrocería con la anuencia del Consistorio. Ya se hacía hace muchos años algo similar cuando por una parte el ayuntamiento montaba macrofestolines para la juventud donde todo consistía en llegar al coma y al tiempo advertía en los "mupis" callejeros sobre lo malo que es beber alcohol (o sea, la concejalía de festejos enmendaba la plana a la de Sanidad). Cuando estalló el "caso Pétalos" gracias al fácil escándalo que despertó entre esa Oposición de misa laica diaria, el Ayuntamiento (a mi ver con razón) se defendió diciendo que ese local figuraba como bar normal y que lo de la tía buena a todo lo largo del autobús no superaba en erotismo la publicidad habitual de otros productos. Era una normalización de la primera industria nacional, que a mí, que nunca he sido usuario del sector porque tiendo a la melancolía, me pareció bastante adecuada.
 
Pero últimamente el Ayuntamiento de Murcia se ha puesto rubalcabiano y pretende penalizar y perseguir hasta debajo del último cascote una realidad social con la que no ha podido acabar ni el Gobierno sueco. Se anuncia nada menos que "miembros del servicio de emergencia móvil y atención social del Ayuntamiento y agentes de la Policía Local de Murcia" (¿por qué no llaman directamente a los reservistas y a las señoras del Ejército de Salvación?) van a informar a las prostitutas y prostitutos en Murcia que no pueden hacer la calle, ni ofrecer servicios sexuales retribuidos, ni solicitar, negociar o aceptar servicios sexuales a cambio de un pago, ni realizar actos de divulgación o publicidad para promover el consumo y el mercado de la prostitución, así como la explotación y el turismo sexual, ni acercar a los clientes a los lugares donde se encuentran las personas en situación de prostitución (sic), agravándose dichas conductas cuando se realizan a menos de 300 metros de distancia de centros docentes, educativos y otros espacios con gran afluencia de público infantil y/o juvenil, así como de lugares de celebración de cualquier otro acto público con gran afluencia de personas. Han dicho.
 
Sólo cabe añadir a esta especie de "manifiesto contra el Todo" consistorial lo que decía el conde Agustín de Foxá de las siglas de la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista: "y de los grandes expresos europeos". Si fueran coherentes en el Ayuntamiento, con esta redacción de la dichosa ordenanza, donde imagino que son inconstitucionales hasta las preposiciones, hay más que de sobra no sólo para acabar con las putas en la calle sino para cerrar la entera vida nocturna en Murcia o de cualquier otro sitio, y decretar un moralizante, ejemplar y perpetuo toque de queda.  

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