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Opinión |
Martes, 19 de Noviembre de 2013

El infierno merece un juicio justo

Entrevisté hace unos días al abogado que defiende a alguno de los técnicos del Ayuntamiento capitalino imputados en el 'Caso Umbra', Muñoz Clares, quien puede paralizar ese importante proceso judicial sobre calificaciones de terrenos al norte de la ciudad. Recibí del abogado una soberana lección de relativismo: "Hay mucha corrupción del PP en Murcia", me denunció poniendo voz de fondo de tinaja. A continuación me anunció que dos días después se querellaría contra el juez y el fiscal del caso Umbra que investigan la corrupción del PP en Murcia.
 
¿Contradictorio? Al contrario. Muñoz Clares ha llevado la deontología profesional a sus últimos confines, y ya no sólo está dispuesto a defender a los malos, sino que probablemente defendería con absoluta convicción al juez y al fiscal del "Umbra" ahora que él mismo los ha denunciado. No son negocios, es sólo algo personal: todos merecen un juicio justo. En efecto, un abogado "top" (como aquél Jacques Vergès que defendía a todo gran diablo internacional que lo requiriera, del nazi Klaus Barbie pasando por el terrorista Carlos y acabando en George Bush, "pero a condición de que se declare culpable") debe poder asumir con entusiasmo los derechos de alguien que sabe que no los debería tener, y poder denunciar a aquellos con los que ideológicamente puede estar de acuerdo. Y todo con los mismos argumentos, expuestos con pasión, implacable sintaxis y algunas risillas.
 
Curiosamente, Muñoz Clares, que es público y notorio debelador de la derecha murciana, puede convertirse en quien más ha hecho en favor de la imagen del Partido Popular en la Región de Murcia (como que indirectamente, o, pero qué coño, muy directamente, tal vez haya salvado en los juzgados al alcalde de la capital y secretario general del Partido). Una cosa no quita a la otra. "Ten a los amigos cerca, pero a los enemigos aún más cerca": tan cerca que representes los intereses de esos enemigos en los juzgados. Qué abogado se ha perdido, yo qué sé, el destripador de York, o sus víctimas, da igual.
 
Hace muchos años que Muñoz Clares me viene hablando sobre la cuestión judicial española. Es un asunto que le ha desvelado numerosas noches, y que al somatizarlo le abocó a la pérdida de la fe en la existencia de Dios ("como que ya no es verdad ni la Feria del Libro", argumenta sardónico). Pero, al tiempo, hizo que llegase a especular con convertirse en "unabomber", aquél filósofo antisocial que a mediados de los 90 enviaba paquetes explosivos a respetables instituciones estadounidenses, desde su escondrijo en los montes de Montana. El escepticismo no lo ha hecho más pasota, sino más peligroso.
 
"Muchacho, a tí y a mí nos fusilarán en la misma tapia por motivos diametralmente iguales", me tiene dicho. A mí se me ha pasado ya la edad de que me fusilen: eso cuando era joven y arrojado. Clares siempre ha querido salvar al mundo de las asechanzas jurisprudentes, aunque para ello, dado que toda guerra tiene sus daños colaterales, tenga ahora que salvar al PP.  Para hacer el bien a veces hay que ser malo. Qué gran verdad lo que decía Federico García Lorca: "la vida no es buena, ni noble, ni sagrada". Y en ocasiones hay que limpiarse las manos en las cortinas. O, siendo de izquierdas de toda la vida y además queriéndote presentar en la lista electoral de "Ciudadanos", encontrarte con que PP de Murcia ha incorporado tu nombre de abogado a sus letanías del Santo Rosario.

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